Una vez, siendo niña, sentí la soledad de su resplandor, aquel brillo perdido en la inmensa oscuridad, sólo quebrada por el leve fulgor de las estrellas, sus eternas compañeras. Aunque nunca negué su belleza, no pude evitarlo, me compadecí tanto de aquel extraño destierro que en mi inocencia, fui haciendo mío y me imaginé que era una mujer...

jueves, 19 de enero de 2012

UNA BATALLA MÁS.

Bueno, una pausa más...

He presentado este relato a un concurso y me apetecía compartirlo con vosotros. Espero que os guste.




Finalmente el calor del pecho de su amante acarició sin piedad su espalda desnuda.

Minutos antes se había imaginado cómo sucedería, planificando hasta el último detalle. No, esta vez no se declararía perdedora en su juego, no se entregaría sin más al estremecimiento que producía aquel soplo abrasador sobre su nuca y cuando él la mordió el hombro anunciando el filtro, el veneno que la haría arder en sus entrañas, se rebeló ante su propio deseo.

Combatiendo con fuerza, consiguió girarse y situarse de cara a su contrincante, mostrando su frente erguido. A pesar de la provocación que aquel cuerpo la inspiraba, intentó que su mirada no revelara la oscura pretensión que albergaba en su interior y con un beso líquido, casi mortal, consiguió distraerle el tiempo necesario para imponerse y hacerle caer sobre la cama.

Solo dispondría de unos segundos antes de que él descubriera sus planes, así que poniendo fin a aquel bocado voraz, sus labios, impregnados de lujuria, comenzaron a deslizarse sobre el cuello de su oponente al tiempo que, alzándose ligeramente, comenzó a marcar la distancia entre los dos, el espacio necesario para que al resbalar sobre su torso, él pudiera sentir sobre su piel el sutil, el leve y endiablado roce de sus pechos.

Percibió la voluntad de sus manos calientes queriendo acariciarlos, anhelando atraparlos, pero con brusquedad las apartó y descendió aún más lascivamente, mostrando que esta vez sería su lengua la que le venciera, perdiéndose en su vientre, buscando los recovecos de su placer hasta llegar a su sexo y convertirlo en prisionero.

Tan solo se detuvo un segundo para apartar su cabello y recrearse contemplando su rostro percibiendo en los ojos de su enemigo que, sin duda, ella le derrotaría con su fuerza para matarle de placer.

En el goce de aquel momento su cara dibujó la malicia y el orgullo al tiempo que su boca comenzaba a acercarse amenazando aún más aquel instante. Sintiendo su contracción, al empuñar firmemente con una mano el cetro, el báculo carnal, sin ningún tipo de piedad le entregó su aliento y le cubrió con su humedad.

Le oyó gemir y se declaró vencedora, mientras notaba como su piel se erizaba con dolor y otra humedad comenzaba a luchar entre sus piernas, la suya propia. No, no pudo evitarlo y llenando su boca una y otra vez, saboreando su dulce victoria, oyéndole, escuchando su respiración entrecortada, se sintió aún más excitada. No habría pudor y sabiendo que él la observaba, que era imposible que apartara su mirada, sin detener su hazaña, descendió su mano lentamente hasta llegar a su propio sexo, demorándose en la entrada, dilatando con caricias aquel suplicio para el deleite de ambos.

Se masturbó mientras le sentía palpitando, latiendo enteramente entre sus labios, dándose por fin cuenta de que aquella batalla también la había perdido y cuando él consiguió liberarse y atraerla hacia sí, agarrándola violentamente por la cintura. para penetrarla de nuevo, ella esbozó una sonrisa...

“Quizás perder no era tan malo…”

domingo, 15 de enero de 2012

RELATOS DE LA TIERRA 2. EN AQUELLA CARRETERA.




“Si algún día las montañas cambiaran de lugar sin avisarme y los ríos decidieran atravesar nuevas tierras, yo volvería a aquella carretera por la que paseábamos y bajo aquella luna acariciaría con las yemas de mis dedos tu cabello. Sería verano de nuevo, tú nos contarías alguna historia divertida y sin que te dieras cuenta amaría tu boca y el brillo de tus ojos.

Si algún día se perdiesen los momentos por culpa del tiempo y los segundos retrocedieran a favor de los que una vez pidieron segundas oportunidades, yo amarraría mi vida, por miedo a perderte otra vez, al instante en el que te diste cuenta de que me amabas. Sería octubre y simplemente oiría tus pasos detrás de los míos…”

No podré olvidar nunca el momento en el que comenzó a hablarme. Siempre supe que estaba de paso, un hombre que amaba la tierra que pisaba, una tierra sin límites, sin fronteras y aunque al principio fue lo que me enamoró de él, entendí que llegaría el tiempo en el que tendría que dejarle ir.

Cómo aprisionar a alguien, cómo hacer que renuncie a sus sueños. Yo pensé que podría, pero en el fondo siempre sentí con dolor que mi anhelo era imposible. Surqué con él los más hermosos océanos, incluso alquilé un globo y viajamos durante un tiempo atravesando nubes, pero no, no podía impedírselo.

Detuvimos el tiempo de nuestro amor con un último beso y él juró, a pesar de nuestras lagrimas y de mi miedo, llevarme siempre en su bolsillo.

Hace años supe que había visitado aquellas grandes montañas de las que tantas veces me habló, tan cerca de su quimera.

A pesar de que mi vida ha cambiado, no hay un día que no pase por esa carretera y me detenga. Le contemplo de nuevo llenando sus pulmones con el olor de mi tierra. Sí, no hay un día que no piense en él y recuerde aquella noche; era domingo y supe que sería capaz de renunciar a su alma por mí. Pero no pude permitírselo.

Hoy me llegó su carta. Lo extraño es que la escribió antes de irse, antes de aquel beso.

“Si algún día las montañas cambiaran de lugar sin avisarme y los ríos decidieran atravesar nuevas tierras…”

jueves, 12 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 1. CUÉNTAME UN CUENTO III



¿Un cuento de hadas?

Despertó con los primeros rayos de un tímido sol, sintiendo en su piel el anuncio de que pronto saborearía el néctar de una temprana primavera.

Con su primer pestañeo retiró el manto bordado con las últimas hojas de un otoño ya pasado, el abrigo caduco con el que se había arropado durante la noche y descubrió su desnudez intemporal.

Con el segundo, poniéndose de píe, permitió que la brisa fría de la mañana peinara sus cabellos, ondeando su hermosa melena y enjuagó con gracia su rostro en gotas de rocío impregnadas sobre el árbol, bajo el que aquella noche había dormido.

Decidiendo que aquel día que prometía estar lleno de belleza no se preguntaría por qué no podía recordar sus sueños, comenzó a respirar llenando su cuerpo de aquellos aromas que siempre le resultaban familiares.

Aún con los ojos cerrados, simplemente percibiendo esos suaves perfumes, hubiera fácilmente adivinado en qué lugar se encontraba. Pero la fragancia de aquella mañana era única, extraordinaria, pues era la de la tierra que le había dado la vida y percibiendo aquella emoción, comenzó a caminar acariciando con su pies la suave textura de aquella superficie poblada de árboles, de plantas, de seres que también habían despertado escuchando el reclamo de la vida; que habían advertido en aquel sol la revelación mágica de que las hadas de nuevo caminaban entre ellos.

Cerca del gran claro del bosque vio aparecer también a sus hermanas pero, a pesar de la alegría del encuentro, cierta tristeza tiñó el brillo de sus ojos. En medio de aquel lugar, un árbol agonizaba. No había podido soportar aquel duro invierno y abrazada a él la hermana más anciana esperaba el momento para entregar su vida.

Mientras todas la rodeaban, respetando aquel momento, conteniendo las lágrimas, escucharon sus últimos latidos al tiempo que ella les dedicaba su sonrisa más dulce. Y en el último, todas, cerrando los ojos, contuvieron la respiración. El árbol y su guardiana habían muerto.

Pero antes de que abandonaran aquel lugar escucharon un pequeño pálpito sepultado en aquella tierra y juntando sus manos cerraron de nuevo sus ojos.

El sol no dejó de brillar aquel día, pronto nacería otra hada y no importaba no poder recordar los sueños, pues respirar la vida era el mejor de todos.

miércoles, 11 de enero de 2012

LOS RELATOS DE AGUA 13. EL SIGNIFICADO DEL AGUA.


Caía la tarde lentamente.

Mientras releía el relato que ponía fin a su trabajo, se acordó de él. Estaría a punto de terminar su jornada y como cada día, aparcaría el taxi cerca de su casa y caminaría hasta aquel bar donde siempre imaginó encontrarse con él.

Al entrar, el camarero sin esperar a que tomara asiento en la barra, sacaría de la nevera su cerveza favorita y se dirigiría a él, “¿Qué tal el día Max?”.

Él tomaría un gran trago que saciara la sed acumulada y respirando, contestaría “Otro más que ha pasado”.

Evocándole, no pudo evitar pensar cuál hubiera sido su respuesta si le hubiera preguntado qué significaba para él el agua. Sin duda hubiera comenzado a divagar, preguntándola sin parar, hasta que fuera ella la que al final revelase el valor que ella misma le daba.

“Mi querida señorita, no es lo mismo un vaso de agua que un océano, que un río. Podría ser comienzo, cuna, limpieza, claridad, pureza, aunque ahora prefiero mi cerveza. Dígame ¿En qué trabaja?”.

Sí, imaginándole, no pudo evitar sonreír con cierta nostalgia.

Aquel día que se conocieron él le habló de su vida…

“¿Sabe? De niño, mi madre inventaba cuentos para mí, pero de eso hace tanto tiempo que al final crecí, aunque a veces añoro aquel pasado. No he tenido una vida fácil pero he conseguido sobrevivir. Lo único que no he logrado y sigo anhelando es encontrar el sentido de la vida, algo que realmente rompa la monotonía de los días que se suceden sin gloria. No, no le hablo de Dios, es algo más complicado, quizás como yo, como mi persona. Y ahora dígame ¿Por qué escribe?”.

Nunca llegó a contestar esa pregunta. Quizás hubiera bastado algo sencillo como que le gustaba hacerlo, pero a estas alturas era obvio que era algo más, algo, algo que como el agua formaba parte de ella y que necesitaba cada día…

“Mi querido Max:

¿Sabe? Casi al final encontré la perfecta analogía.

Sí, hoy, en mi último relato descubrí que quizás para mí escribir es como el agua. Un comienzo porque nunca sé dónde acabaré, la cuna de hermosos sueños, de sentimientos.

Pero también me di cuenta que, a veces, escribiendo depuro lo que llevo dentro hasta quedarme de nuevo vacía, pues hay veces que en las palabras que vierto doy demasiado de mí. Pero qué importa si en cada relato nuevo renazco. Ayer fue un leviatán y casi muero.

Sí, quizás, como un océano inmenso, que me llevará toda la vida recorrer…

Si hoy estuviera allí brindaría con usted con esa cerveza que tanto le gusta y le daría las gracias, pues sin darse cuenta, sin percatarse, encontró un significado para mí.

Y ahora he de dejarle, aunque pronto le volveré a escribir.

Cuídese mucho, mi querido amigo."

martes, 10 de enero de 2012

LOS RELATOS DEL AGUA 12: LEVIATÁN.




¿No escuchaste mi advertencia? Allá tú, pero te aconsejaría que te apartes de mi camino, de esta orilla y de este mar que hoy conquisto y hago mío sumergiendo en él toda mi ira, todo mi odio, tiñendo de rojo y negro sus aguas.

He conseguido por fin liberarme del abismo de soledad en el que me confinaron y nadie podrá detenerme ahora, nadie podrá impedir que rasgue mi pecho y vierta por fin en estas aguas la ponzoña negra que recorre mis entrañas.

Huye, porque pronto cegaré mis ojos cuando comiencen a derramar las últimas lágrimas de sangre. No recordaré aquella visión de antaño, no escucharé tus plegarias ni temeré el brillo de tu espada fría.

Hoy renazco y, en mi tormenta, estallaré en grandes olas que lo asolen todo, hasta mi propia existencia. Pues en este huracán, lejos de desiertos, soy libre para morir gritando el delirio que me merezco, la locura que las cadenas quisieron aniquilar, haciendo que este mar ruja mi fuerza mientras mi cómplice muestra su faz más oscura.

¿Todavía estás aquí?

No habrá piedad, no caeré en la tentación de quien una vez tuvo alma y seré capaz de prender fuego al agua.

Aunque duela, en un instante, me habré olvidado de su luz porque estoy hambrienta y sedienta de mis propios latidos.

Olvídate de mi bondad y aléjate, por favor aléjate,  pues estoy a punto de abrir las puertas del infierno que me ha perseguido.

Huye, márchate, porque hoy solo por mí me convierto en Leviatán...

domingo, 8 de enero de 2012

LOS RELATOS DEL AGUA 11. TU VOZ ES EL AGUA.



Escuché como gritaba, como reprendía mi silencio tratando de despertarme.

Igual que la lluvia que se inicia en mitad de una tormenta, sacudió el letargo de palabras en el que me había sumergido durante tanto tiempo, desgarrando sin piedad los reflejos de mi río en calma.

Y con palabras cristalinas derramó su verdad ante mi rostro: ERA VIDA, que algunos trataban de confinar en el tiempo, bañándose una y otra vez en ella, tratando de beber su eternidad sin gloria ni acierto.

Dime ¿qué viste tú en el agua?

Yo por momentos busqué en ella un refugio de paz, y sumergiéndome en ella me entregué sin cautela al más perfecto mutismo, cubriendo mis oídos. "Quizás mañana, Quizás mañana..."

Pero no pude silenciar mi alma.

He contemplado tantas veces la luz de mis lunas reflejada en los más oscuros océanos, he vislumbrado la muerte flotando en pequeñas velas como flores de loto hermosas, me he ahogado tantas veces en mi tristeza...

Sí, por momentos me olvidé de su verdad.

Ayer acaricié tus lágrimas. ¿Sabes? Hubo un tiempo en el que maté las mías y juré que nadie contemplaría como esta mujer lloraba. Lo he contado tantas veces en mis cuentos...

Hoy, escuchándote, aprendo que hasta en la más pequeña lágrima palpita su belleza, su fuerza, mi agonía.

Y decido en este instante:

QUE HOY POR TI DESATO MIS TORMENTAS MÁS TEMIBLES, REMOVIENDO LAS AGUAS BRAVAS QUE TAN BIEN SUPE CALMAR, TIÑENDO EL SOSIEGO CON MI MÁS TERRIBLE FURIA, FLUYENDO, BUSCANDO MI PROPIO RUMBO, PORQUE NECESITO GRITAR AL FINAL DE ESTE VIAJE TU VERDAD...

QUE EL AGUA ES VIDA…

QUE YO ESTOY VIVA...



"Dedicado con mucho cariño a Esther"

jueves, 15 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 10. REFLEJOS



Creí ver en el agua la verdad transparente, tu alma, la fe que ocultaban con destreza tus ojos. Y no dejé de acariciar cada gota que nos envolvía en nuestro tiempo, aquél que por momentos detuvo la realidad.

Ahora, aprendo que el agua puede ser encubridora de los trucos del mejor mago y como tú, trato de mostrarme día a día serena, maquillando mi rostro, ocultando las sombras confusas de mis noches.

Pensé envolverme con una burbuja brillante, pero no puedo engañarme. No, aquellas gotas no detuvieron el tiempo y a nuestro alrededor todo continuaba, derribando los sueños que no se cumplirían a pesar de la ilusión que depositamos en ellos.

No hay lugar en el agua para el arrepentimiento, tan sólo es un instante de lluvia. Y tarde o temprano comprobarás que sigue su curso, rompiendo y estallando su verdad. ¿La nuestra?

Aunque he intentado atraparla en mis manos, olvidando todo, tratando de quebrar las reglas, no lo he conseguido y he sido testigo de cómo resbalaba entre mis dedos. Tan solo he podido rozar el sosiego de aquel riachuelo en calma, olvidando las mareas, las olas batiendo con furia, pues hasta el agua sabe perder magistralmente su paz.

El murmullo del agua…

Creí escuchar tu voz como un eco eterno que siempre me acompañaría. Silencié el viento, amordacé la brisa que te anunciaba, para no perderla, sin darme cuenta que tus palabras ya se habían ocultado en mis labios.

Ahora aprendo que el agua me ha mentido, o yo a ella, creyendo escuchar en los susurros que vertía a su paso por mi vida, una poesía que no fue creada para mí.

Pensé taparme los oídos, abandonar este lugar en el que vivo para no escuchar jamás el río que rodea mi casa. Pero no, no puedo engañarme, no puedo vivir sin agua aunque aún no entienda su lenguaje.

Quizás aquel beso fue la más perfecta poesía, y cada uno de tus susurros, versos derramados que hoy encubro, como un mago.

Hoy aprendo que es mi voz la que rompe los silencios y que el agua algún día quizás te lleve mis palabras en su mayor engaño, mi verdad, porque hoy fui al río y al contemplarme solo vi mi reflejo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 9. LA ESCRITORA DEL AGUA.



Erase una vez una mujer que se declaró a sí misma escritora del agua. Pero no, no es que escribiera acerca del líquido elemento, como estoy haciendo yo en estos relatos, no, ella escribía sobre el agua y allí donde sus ojos captaban aunque fuera una sola gota, sacaba su pluma, su bote de tinta del color del cielo y comenzaba a escribir en la frágil superficie con gran habilidad y destreza.

¿Lo probasteis alguna vez? Yo, al de saber de esta dama, confieso que lo intenté sin acierto, ni gloria, pues mi tinta acaba diluida formando extrañas figuras que ni por asomo parecían letras.

Dicen que una vez escribió un poema de amor en un charco, y quién pasó caminando cerca de él, procuró no pisarlo, deteniéndose para leerlo. Hasta los niños, con sus botas de agua de colores, respetaron aquellas palabras, preguntándose con asombro quién había logrado que flotaran de una forma tan hermosa.

Muchos aún recuerdan aquella poesía a pesar de que aquel charco terminó evaporándose. Será porque hay palabras que, como el agua, brotan y enriquecen la senda por la que discurren, o porque hasta un charco puede llenarse de belleza (quizás, por eso, aquella escritora le regaló uno de sus mejores poemas).

Una vez la preguntaron por qué no escribía como todos los escritores para que su obra no se perdiera, y ella simplemente contestó que hacerlo así era su sueño, un sueño que derramaba con aquella tinta (me pregunto de dónde la sacaría).

También dicen, que la casa en la que vivía estaba llena de vasijas planas, platos, fuentes y los más variados recipientes con agua. Ella los llamaba su gran novela, y quien la visitó juró no haber leído una historia igual.

El día que puso fin a esa obra, abandonó aquel lugar y mientras escribía palabras en las gotas de una lluvia que en aquella despedida la acompañó, supo cuál sería su siguiente reto: escribir un mar entero, llenando las olas de cuentos.

Allí se fue, a su mar, donde no quiso aceptar que las olas no querían historias sobre su piel, que por ese motivo huían veloces, llevándose fragmentos incompletos…

Así supe de ella pues, aún hoy, allí continúa en aquella orilla tratando de escribir su gran obra.

Este verano iré por fin a conocerla, aunque a lo mejor cuando llegue, ya haya conseguido su objetivo y no esté.

Me pregunto cuál será su siguiente sueño…

lunes, 12 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 8. ROCÍO INVERNAL. OTRO DÍA.


Otro día.

Después de pelearme con las sábanas, tratando de decidir si me levantaba o me quedaba acurrucada entre los sueños que la noche había bordado entre ellas, pensé que sí, que había que levantarse.

Descalza, en mi realidad, agradecí haber puesto este año la chimenea, pues mis pies no sintieron frío, y pudieron andar libres

Qué acogedor es el calor de la chimenea. Decididamente es una compañía agradable en estos días en los que el invierno, gélido y húmedo, parece que quiera, cada mañana, robar ese sol que tanto me gusta.

Sin meditarlo mucho, solo lo justo, lavé mi cara con agua fresca, como no podía ser de otra forma, dándole una última bofetada a la pereza que últimamente siempre me reta en el despertar de mis días.

Despierta por fin, ante el espejo, secándome la cara, tratando de aplastar un poco mis rizos declarados en rebeldía, me repetí, “Es otro día”. Una vez que me siento por fin yo, no puedo pararme, aunque mientras preparaba el té, traté de no pensar (últimamente creo que lo hago demasiado). 

Con la taza en la mano, desperté al remolón de mi perro. A él sí que no le gusta nada el invierno, y aunque luego, cuando por fin le convenzo de que salga al jardín, mueve contento su cola, entra de nuevo en casa, me hace alguna carantoña y vuelve a su rincón para acurrucarse de nuevo. Hoy salí con él, y aunque no había llovido, el suelo estaba mojado, y las hojas que, aún hoy caen de mis árboles, se habían pegado a él, formando un mosaico hermoso con rojos, verdes y ocres brillantes…

Un cuento…

“Una mañana de invierno todo amaneció cubierto de un manto de agua brillante.

Busqué una lluvia que la noche hubiera traído, pero no había charcos en el suelo y supe que era, simplemente, el rocío que el invierno regalaba; un rocío frío pero hermoso.

Algunas gotas tímidas sobre la corteza de los árboles desnudos, temblaban ante la idea de desprenderse de aquella superficie que las había visto nacer. Me fije que, con cierta añoranza, contemplaban a las afortunadas que habían nacido sobre hojas de hermosos colores y a aquellas que, sobre el jazmín, se mostraban orgullosas como él, que siempre sale vencedor de todos sus inviernos.

Pobres gotas. No podían evitar sentir el miedo de no saber dónde acabaría su viaje una vez que abandonaran aquel fugaz hogar. No se daban cuenta que ellas, en su recorrido, con un poco de suerte se posarían, sin quebrarse, quizás, sobre aquella hoja roja del cerezo, para colmarla en su hermosura.

Tan frágiles y al mismo tiempo tan fuertes.

Si hubiera tenido un frasco de cristal en ese momento, las hubiera recogido a todas, pero no lo hice, ni siquiera lo busqué, porque si lo hubiera hecho, aquellas gotas hubieran perdido la magia de ese instante.

Hoy antes de irme, pasé cerca del ciruelo, y una resbaló cayendo sobre mi rostro…”

viernes, 9 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 7. MIS ÚLTIMAS LÁGRIMAS



Siempre hubo muchos cuentos en los que estuviste presente, muchos, pero nunca te dediqué ninguno…

No, no es una despedida. Tú y yo nunca podremos despedirnos.

No sé en qué momento empecé a esconder mis lágrimas. Muchas brotaron ocultas tras un juego de palabras, de luz y sombras, que un día me inventé, mientras trataba de romper en mi vida un silencio que cada día se iba tornando más frío.

Y yo más fría…

Y tú más frío…

Una vez fuiste tú el que me contó un cuento ¿Lo recuerdas? Aquella noche llovía y me hablaste de un hombre que, enamorado, buscaba una lluvia perfecta para regalarle a su gran amor.

Durante años, cada vez que llovía, me preguntaba, abrazada a ti, si aquella lluvia era la nuestra.

No sé, si la llegamos a alcanzar alguna vez o nos engañamos, pero todavía, a veces, cuando llueve por la noche, recuerdo a aquella mujer que pensaba que realmente no necesitaba de lluvias si te sentía a su lado.

Nuestro amor fue grande. Sí que lo fue a pesar de las lágrimas, esas que tú te negabas a contemplar. Y hoy que llegaron las últimas, ya no sé si son las mías o las tuyas, olvidadas de amargura, y bañadas en una dulzura que me acompañará el resto de mi vida, porque recordaron un sentimiento que un día lo fue todo.

Siempre te querré, mi compañero, mi hermano, mi padre, mi amigo…

Así que, a pesar de nuestra decisión firme, a pesar del dolor de esta despedida, no renunciemos a un sueño, a un ideal y sigamos buscando lluvias perfectas.

Y yo menos fría…

Y tú menos frío…

jueves, 8 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 6. EL LENGUAJE DEL AGUA.



Sí, quizás soy un poco rara. Pero eso ya lo sabes.

Hoy te sorprenderé aún más. Sé escuchar el lenguaje de las gotas de agua, aunque todavía no he conseguido descifrarlo del todo.

No te rías ¿No sabías que hablan entre ellas?

Era niña. Una tarde de invierno, en la vieja casa de mis padres, comenzó a llover. Estaba aburrida, me acerqué a la ventana y vi como el cristal empezaba a mojarse. Me sorprendí al comprobar que las más pequeñas, al caer sobre el vidrio, emitían un leve murmullo, como si se presentaran pronunciando su nombre.

Me giré para ver si mi madre también las escuchaba pero ella continuaba planchando y al darse cuenta de que la miraba lo único que dijo, algo enojada, fue “Siempre que limpio las ventanas, llueve”.

No, creo que solo yo percibí aquellas voces.

De nuevo, asombrada con mi descubrimiento, apenas sin pestañear, observé como al resbalar silenciaban por un instante el movimiento hasta que en su viaje se unían con otras gotas y en su caricia se saludaban fundiendo su rumor, convirtiéndolo en una suave tonada, que iba aumentando su intensidad al tiempo que otras se enlazaban en la melodía.

Casi a punto de comenzar a tararear con ellas, mi madre me llamó. La cena estaba preparada y con cierta tristeza me tuve que despedir, abandonando aquella armonía dulce. Aunque aquel amargor duró muy poco tiempo. Yo sabía que habría otras lluvias, otras canciones, otras armonías y no me equivoqué.

Con el tiempo he descubierto algo más: El agua sólo tiene voz cuando se desliza y viaja rompiendo su propio silencio, completando vacíos. Aquellas gotas de lluvia tenían la de una niña…

Pero por hoy está bien. Otro día te contaré como es la del río que discurre cercano a mi casa, o la melodía de las cascadas de las grandes montañas, o el canto del mar en mis noches de verano, aunque creo que de él ya te hablé en alguno de mis cuentos. Incluso trataré de explicarte cómo es la sinfonía de mis grifos, cada uno tiene una especial, o el solo de aquella gota de rocío.

Hay tantas voces escondidas en el agua, casi tantas como silencios, y yo aún sigo intentando descifrarlas...

jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 5. DESNUDA BAJO LA DUCHA II.



Otra vez desnuda bajo la ducha. Pero en esta ocasión no te hablaré de mis miedos. No, hoy no seré delicada y me olvidaré de sutilezas. ¿Por qué? Quizás porque hay momentos en los que no soy ni tan refinada, ni tan elegante, ni tan tímida.

Lo confieso, así, sin preámbulos, a veces me gusta demorar el momento en el que me doy bajo el agua. Me detengo astutamente en cada uno de los detalles, rodeando mi ritual de una intensidad cercana al dolor.

No puedo evitar pensarte y entonces, te convierto en agua, en agua tibia que trata de esperar paciente, observando cada uno de mis movimientos.

En mi juego de provocación, silencio mis ganas mientras elijo la música que envolverá el momento, y abro el grifo, suavemente.

Dejándome cautivar, tu sonido, el ritmo, hipnotiza mis sentidos.

Como una caricia que se desliza tímidamente por piel ajena, comienzo a desnudarme sorprendiéndome en un escalofrío, que recorre todo mi cuerpo.

Hoy mojaré mi pelo.

No. No puedo evitar pensarte y entonces, convierto tus manos en agua caliente que cae sobre mí, deslizándose por mi contorno, por mi cintura.

Estás conmigo y siento en mi boca las ganas de besarte mientras abro los labios y dejo que el agua acaricie mi lengua.

Pero hoy, entregándome, olvido la estrategia programada, y mientras entro en tu espacio decido que hoy seré yo la que apoye mis manos en la pared notando como las gotas se deslizan sin piedad por mi espalda tratando de reavivar el nuevo tatuaje que tus besos dejaron cerca de mi nuca.

Y sí, me declaro, nuevamente, perdedora de mi juego asumiendo que hoy no podré resistirme a ti, aunque mañana…

miércoles, 30 de noviembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 4. DESNUDA BAJO LA DUCHA




“Erase una vez una mujer que pensó que el mundo en el que vivía estaba tan lleno de dolor, que consiguió encerrar en la profundidad de un espejo quien era, por miedo a sufrir.

A veces, acudía a él y se contemplaba durante horas, pero a su voz, no pudo encerrarla y frente aquel reflejo podía oír su alma gritando la cobardía a la que se había aferrado.

Tanto se acostumbró a su apariencia incompleta que, cuando sentía que alguien se acercaba a ella, empuñaba ferozmente la idea de que nadie podría contemplar cómo era realmente.

Que equivocada estaba, pues sus ojos revelaban siempre su interior, hasta el punto de que nunca hubo una mujer que mostrara con tanta claridad lo que albergaba su corazón.

Si tan solo hubiera tenido valentía…

Un día, aquel espejo se rompió en mil pedazos, y aquella mujer agonizó el resto de su vida, intentando unir aquellos pequeños fragmentos, pensando que nunca se encontraría…”


Hoy me desperté de nuevo con esa extraña sensación. Mirándome en el espejo me sentí confusa.

¿Sabes? Sería capaz de observar durante horas mi mirada para tratar de averiguar si de verdad soy quien soy.

Sentí el amanecer, un nuevo día y mientras seguía allí, frente a mí misma, no dejé de repetirme “tienes que ser valiente” porque no quiero que mi reflejo quede atrapado en un espejo.

Lo sé, a veces, me cuesta decir quién soy, compartir mis miedos y, en ocasiones, finjo mi valentía porque no quiero que nadie se preocupe por mí, porque no quiero que contemple que no soy tan audaz, ni tan fuerte…

Hoy me desnudé y en la ducha dejé que el agua empapara mi rostro, mi cuerpo. Debajo del agua creo que todo es posible, intento no pensar evadiendo mi realidad, pero hoy ni siquiera sus gotas agotaron mi silencio.

No soy fuerte, no lo soy, pero hoy aceptándolo, completamente mojada, encontré el valor para dejar mis miedos; se deslizaron sobre mi piel con las últimas gotas…

jueves, 15 de septiembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA. 3 ¿SER DE AGUA?



Siempre supe que él no era un ser de agua, quizás por el fuego que escondía en la palma de sus manos, o por esa extraña profundidad en su mirada que parecía hacerle inmune a mis lágrimas.

Aún sabiéndolo, en mis sueños, le inventé. Cambié el color de sus ojos por el azul del agua de aquella cascada que una vez dibujé siendo niña. Sus caricias, en mi piel, se tornaron en la suavidad del lago en el que un día pesqué con mi padre en silencio. Y hasta su voz se convirtió en la del agua infinita de aquella fuente de piedra. Nunca escuché un manantial tan hermoso.

Pero de nada sirvieron mis fantasías.

Completamente despierta, un atardecer, por fin le convencí y le llevé a mi playa, pero permaneció alejado de la orilla, mientras yo, descalza, dejaba que las olas jugaran traviesas con mi piel.

Recuerdo que en un momento me giré hacía él y me pareció ver como hacía malabares con esferas de fuego.

Sin duda, no era un ser de agua.

Pero no me rendí, y frente al océano, con los ojos cerrados, formulé un deseo: que por lo menos amase el mar.

Los deseos, a veces, son extraños. El mío se cumplió, pero cuál fue mi sorpresa al abrir los ojos y sentir, como mi cuerpo comenzaba a transformarse. Allí estaba yo, convertida en sirena mientras él me contemplaba primero con asombro, luego con tristeza.

Todos los jueves viene a verme, y aunque todavía no he conseguido que nade conmigo, a veces me sorprende apagando su fuego mientras trata de acariciarme de nuevo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

LOS RELATOS DEL AGUA 2. BAUTISMO.


“Sin poder evitarlo, vi a lo lejos como se sumergía en aquel mar, sintiéndose libre al fin".

Nunca lamenté mi pecado pues lo viví intensamente, con toda la sinceridad que mi alma me concedió.

Devoré el tiempo con la codicia de no sentirme culpable y, saciando mi egoísmo, me olvidé quizás de más de una norma impuesta, que no virtud, pues fue justicia mostrar la honestidad de mi corazón.

No, no entendí jamás las reglas de la providencia, aunque hoy por fin he aprendido que, en el juego, hay almas que mueren y renacen, como el tiempo, como la vida, incluso como las estrellas, la luz de la luna, o como las gotas de agua…

Así, perdiéndome en divagaciones sobre si fue providencia o fatalidad, me siento afortunada de haber sentido, aunque mi alma agonice.

Las gotas de agua…

Un océano repleto de ellas me aguarda, y lentamente, desnuda, le ofrendaré todo este sufrimiento para que mi fe de nuevo nazca.

No temeré que su frialdad erice mi piel, ni que al sumergir mi rostro escuche con tristeza, en el silencio, la fragilidad de mis recuerdos.

Dejaré que el agua purifique mi pecado, bañando en sus profundidades mi cuerpo, entregando sin miedo a la oscuridad mi olvido.

Sí, al final puede ser que sí exista el destino.