jueves 23 de febrero de 2012

LOS RELATOS DEL FUEGO 4. CONDENADOS A ARDER




“Arrebataré en tus sueños la luna con la que te vistes para respirar de nuevo tu verdadera piel”


No importaba que él la contemplara…

Aquella noche se desnudó en su propia hoguera, despojándose lentamente de la túnica que encubría, con fervor, los tatuajes grabados en su piel.

Mientras observaba como ardía ante sus píes, lenguas de fuego besaron sus tobillos, enredándose en  sus muslos, en sus piernas, vistiéndolas de deseo sin lastimarla.

Una caricia en su vientre… y prendiéndose la única rosa, comenzó a desatarse una pasión ancestral, una furia contenida que gritaría al silencio.

Nadie volvería a atar sus muñecas pronunciando su nombre. Nadie trataría de contenerla encadenándola a su ingenuidad.

La luna y ella se habían envuelto en llamas y no existiría ningún ser capaz de extinguir aquel fuego.

Preparando su cadera, su cintura y sus pechos para quemar el agravio, castigaría con su pasión el sufrimiento, entregando toda su ira de una sola vez.

No, no sería un sacrificio, pues ya no existía inocencia en ella.

Y desatando su melena,  avivó aún más aquellas llamas enjaulando con sus mechones, sobre sus hombros, el vuelo de su dulce nostalgia.

Con su fuego, con su néctar, quemándola en su interior, ella sería el castigo de todos los engaños, de todas las mentiras consentidas. 

Permitiría que él desnudara con su lengua las invenciones hasta saborear cada centímetro  de su piel. 

Y aunque se encendieran aún más sus tatuajes, le haría creer que su boca moriría, correspondiéndole en cada uno de sus besos, arqueando su espalda, alzando  con sabio orgullo su sexo, perdiéndose y hundiéndose en el de él.

No. No importaba que él la contemplara pues ambos aquella noche estaban condenados a arder…

martes 21 de febrero de 2012

LOS RELATOS DEL FUEGO 3. UN BESO DE FUEGO






Fue un beso que ardió en sus labios quemándolos, torturándolos, demostrando que no todo lo que arde termina convirtiéndose en cenizas.

Un beso que fundió aquel instante previo al amanecer y que hizo desvanecer las palabras que expresaban el temor por el ayer, envolviendo a la luna en llamas, rompiendo la ingenuidad de su luz pura y alba, quebrando las sombras de sus ocasos.

Perdieron la razón, el juicio, la soledad y fueron como niños que gritaban en veranos de sombrillas y castillos de arena sin acordarse del invierno que vendría.

Perdieron los temores, los anhelos, las ilusiones y fueron como amantes fieles que de nuevo se encontraban más allá de la vida sin importarles el horizonte.

Lo perdieron todo, su hogar, sus recuerdos y no fueron nada…

Y aunque en el fondo sabían que al hacerlo estarían más cerca de su final, descubrieron que un segundo se puede sentir infinito, engañando al tiempo, olvidando el lamento de los años malgastados el uno sin el otro.

Y aunque en el fondo sabían que solo sería eso, un segundo, rompieron todos los relojes condenándolos al olvido, encerrando sus almas en aquellas llamas sin importarles que el humo se desvaneciera con la brisa de la mañana.

lunes 20 de febrero de 2012

LOS RELATOS DEL FUEGO 2. RESPIRANDO FUEGO




La única verdad es que nunca temió al fuego,  a pesar de las quemaduras que su piel mostraba con orgullo, pues una vez, siendo niña, lo respiró tan hondamente, frente a los fogones de su hogar, que el espíritu que habitaba dormido en ella despertó hambriento de llamas y ya no pudo controlarlo.

Mientras todos dormían, ella abandonaba su dormitorio y caminaba por la playa en busca de hogueras olvidadas, persiguiendo ascuas prendidas para poder caminar descalza sobre ellas.

 Y qué placer sentía…

No fue fácil aprender a ocultar sus llagas, a disimular su ambición, su deseo, pues nadie que la quisiera lo hubiera entendido.

Pero quién es capaz de resistirse a sus sueños. Y sin embargo ella sentía que no lograba ni tan siquiera alcanzarlos.

Un día un circo llegó a la ciudad y sin saber por qué acudió. Era domingo.

Nunca le habían gustado mucho los números circenses, pero de pronto se vio entre el público expectante mientras un hombre en la pista central comenzaba a escupir fuego.

Se enamoró sin poder evitarlo y aquella misma noche su corazón se rompió en mil pedazos, o eso creyó.

Una vez que acabó la representación, ella le buscó desesperadamente entre los carromatos hasta que por fin le encontró. No tenía muy claro que iba a decirle, incluso sintió miedo unos segundos antes de golpear la puerta. Pero una vez que le tuvo delante, lo supo y se arrojó a sus brazos. Le amaba.

-        -  ¿Podrías repetir el número que has hecho para mí?

Y él, algo extrañado, contemplando los ojos brillantes de aquella jovencita no pudo negarse y  lo hizo.

Era un truco, él no tenía ese fuego dentro de su cuerpo. Pero a pesar de su gran decepción, ella no se resistió ante la ocasión y mientras aquel hombre escupía llamas ella abrió la boca y las aspiró hondamente.

Sin pararse a contemplar la cara atónita de su primer amor, decidió regresar a su casa con aquel fuego dentro y los ojos llenos de lágrimas. Pero antes de abandonar el circo,  aquel hombre consiguió alcanzarla.

-          -Hay un joven y él si lo escupe de verdad. Hace años vino como tú a este circo y como tú se marchó con los ojos llenos de decepción.

Mucho tiempo después recordó aquella noche y la ilusión con la que se alimentó durante demasiados años buscándole sin lograrlo.

Un atardecer, una cortina de humo rompió el cielo. Un bosque ardía  y aunque luchaba consigo misma, tratando de mitigar sus anhelos, no pudo evitar acudir a él.

A pesar de las advertencias de las personas que, a su alrededor, trataban de extinguirlo, ella no le temió y  penetró en él respirándole profundamente, logrando extinguir parte de él hasta abrir un camino. Siguiéndolo por fin le encontró. Allí estaba él, aquél a quien tanto añoró.

Mientras él contemplaba como ella se acercaba clavándole su mirada, escupió un fuego intenso y ella comenzó a absorberlo, haciéndolo suyo, acercándose cada vez más y más a él hasta que sus labios por fin se unieron…

Y en aquel beso alcanzaron su paz.

miércoles 15 de febrero de 2012

LOS RELATOS DEL FUEGO 1. CUÉNTAME UN CUENTO IV


De nuevo contemplé el fuego y antes de unirme a él y permitir que desatara su furia dentro de mí,  vi en sus llamas un ángel y en mi ingenuidad me dejé cautivar por su mirada cálida.






Erase una vez un ángel que nació desterrado en un fragmento perfecto de oscuridad.

Desconociendo cómo había sido engendrado y quién le había otorgado su existencia, permaneció simplemente inmóvil en aquel lugar vacío.

Nadie le enseñó a respirar ni a volar, pero un día, sin pensarlo, inspiró quizás tomando conciencia de la existencia del tiempo  y en aquella primera respiración sus alas se desplegaron.

Y en su primer vuelo aquel fragmento se hizo infinito…

Tampoco nadie le enseñó a escuchar ni a sentir su propia piel, pero en uno de sus viajes, atravesando aquel espacio, descubrió el viento y percibió como se filtraba entre las plumas delicadas de sus alas frías. Fundiéndose con él, escuchó su voz y ya no pudo silenciar sus pensamientos.

Y en sus primeras palabras quiso descifrar por qué no podía dejar de temblar…

Tampoco nadie le enseñó a caminar, pero en una ocasión confundió el cansancio y descendiendo lentamente, advirtió como sus pies rozaban el suelo. Erguido, dio sus primeros pasos descubriendo la tierra  y se sintió aún más confuso pues sobre aquel espacio ilimitado nada parecía real.

Y en su primer paseo, supo que vivir no podía ser fácil…

Tampoco nadie le enseñó a llorar, ni siquiera a sonreír, pero en una ocasión algo extraño comenzó a golpearle lentamente, suavemente. Aunque padeció aún más frío no supo por qué pero aquella primera lluvia le pareció hermosa. Así, con una sonrisa, descubrió el agua y mojó sus labios en ella.

Y en su primer sorbo fue dolorosamente consciente y a su alrededor todo se llenó de vida, frágil y fugaz.

Nadie le enseñó a ver ni a contemplar lo que había a su alrededor,  hasta que en uno de sus descansos sobre la tierra sintió ante él,  por primera vez,  algo cálido. Sin saber cómo,  sus párpados por fin se sintieron libres. Así, descubrió el fuego y entendió que ese era su hogar.

Y en aquel único instante supo quién era realmente, mientras contemplaba los días y las noches.

Y en aquel único instante comprendió su soledad y su corazón por primera vez empezó a arder sin miedo a morir, pues ya no podría desprenderse de aquel calor.

Y en aquel único instante supo que él custodiaría el fuego, poniendo fin a su dolor y sus alas se engalanaron con llamas, al tiempo que de sus ojos brotaban sus primeras y últimas lágrimas.

lunes 13 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 13. TIERRA, MUJER, VINO, FUEGO... ROJO

Hoy iba a permitir que la muerte hablara sin embargo...

Ya lo dije. No puedo olvidar la tierra roja en la que vivo.

La primera vez que la contemplé de verdad, supe que podría abandonar este lugar pero que aquel color me perseguiría siempre allá donde fuere.

Confieso que de verdad nunca me he considerado una persona aferrada a un sitio en concreto, aunque los recuerdos me hagan creer que sí. Aún creo que no encontré una tierra solo para mí. Pero sí sé que ésta  que parece en ocasiones sangrar,  me pertenece. Llamadme egoísta.

Mujer, Tierra, vino, fuego…  No encuentro un mejor relato para acabar con la tierra, para empezar con el fuego y que plasme en parte quién soy.

Ya estaba escrito, quizás mucho antes de que derramara estas palabras. Hoy de nuevo, es el rojo…

Sí. Hoy iba a permitir que la muerte hablara, pero otra vez  ganó esta partida la vida.







Soy una mujer bañada por la tierra roja. No encomiendo mi alma ni la vendo, más que al destino que la gobierna, que es el mío y por el que lucho, como un guerrero sin miedo (aunque a veces lo olvide).

Y aunque es el color de diablo, de la ira, de la rabia…

Hoy decido sumergirme en un abismo sin fin de pasión roja; me persigue la vida, la sangre bombeada con fuerza en mi interior, y su calor.

Incluso dormida escucho sus latidos.

Pintaron con sus dedos de rojo mi cuerpo desnudo, encendiéndolo, tatuándolo con fuego; quemando y convirtiendo en cenizas el rubor que una vez asomó en mis mejillas.

Todavía existen bosques y en ellos niñas que cubren su cabello con caperuzas bordadas. En su inocencia, aún no tienen miedo.

Una copa de vino mientras escucho de su boca una poesía.

Y de nuevo… el fuego… atormentando mis sentidos.

Sujetando el fino vidrio que separa la cordura del sentir, lo acerco lentamente a mis labios, seduciéndolo en mi deseo.

Un pequeño sorbo impregna todo mi paladar del aroma antes adivinado hasta que su sabor y textura llenan y acarician mi boca.

Sabiendo que podría rebelarme a la atracción de sus llamas,  que podría utilizar sus sombras para no sentirme doblegada, vuelvo a inundar mi boca desatando el delirio, mientras dejo vacía su copa.

No olvidé las rosas y los pétalos que extendió sobre su lecho aguardando mi entrega, ni aquellos poemas escondidos bajo almohadas mientras llegaba el momento.

Las rosas…

Tiño las más blancas con mi sangre, sin miedo a las espinas que puedan clavarse en mi pecho. Como aquel ruiseñor.

Todavía guardo anudada alrededor del cuello, su ofrenda, aquella que gané con mi deseo en un torneo que nunca tuvo fin.

Y desnuda… la danza del fuego, hipnotizando mi cuerpo a pesar del suelo frío, espantando cualquier luna roja que pueda amenazar nuestro momento.


¿Otra copa?

domingo 12 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 12. HOY RECUERDO QUE TÚ FUISTE LA TIERRA



 No dejo de preguntarme por qué la tierra me recuerda tanto a ti.

¿Sabes? Hace un rato ha vuelto a mi memoria una mañana que me llamaste por teléfono. Era temprano y yo aún permanecía atrapada en mi pereza, entre las sabanas, para no abandonar esa cama que aún conservaba tu aroma y tu calor.

Estaba tan enamorada de ti que cuando te ibas a trabajar me cambiaba a tu lado, me abrazaba a la almohada y desnuda, volvía a quedarme dormida, imaginando que aún estabas a mi lado.

Recuerdo que al ver que eras tú el que llamabas me preocupé pensando que te había pasado algo.

“Ana, si vieras como huele hoy la tierra. Mientras sentía el frío en mi rostro, he llenado mis pulmones. Nunca sentí ese olor tan dentro de mí. Si estuvieras aquí…”.

Solo me llamaste para decirme más o menos esas palabras y después de colgar el teléfono sentí que seguías a mi lado, que no te habías ido y hasta me pareció oír tu corazón.

Hubo un tiempo en que traté de acompañarte y compartir aquellos paseos por el campo. Tú, tratabas de explicarme cosas sobre los árboles y las plantas. Me gustaba escucharte mientras cogía tu mano entre las mías.

¿Sabes? Nunca me importó que tus manos no fueran tan finas y suaves como las de un escritor. Las tuyas, eran las manos de un trabajador, duras, incluso ásperas, pero me hacían sentirme tan orgullosa de ti y tan segura…

Inspiraste tantos cuentos.

Un año me convenciste y plantamos un huerto inmenso. En verano, al caer la tarde, muchos días iba a buscarte allí. Trataba de ayudarte, pero los dos sabíamos que lo mío no era el campo. Al final, terminábamos riéndonos con mis intentos de ser la perfecta agricultora y me obligabas a sentarme en una piedra desde la que contemplaba como regabas aquella tierra, como tratabas de enderezar aquellas pequeñas plantas.  

“Ana, lo tuyo son las rosas…”

Y al caer la noche regresábamos a casa.

Aunque después plantamos muchos más huertos, ninguno fue como aquel primero ¿verdad?

Aun hoy, algunos de nuestros recuerdos hacen que me llene de nostalgia y que eche de menos pasear con mi mano entrelazada a la tuya.

Sí, es difícil que escriba sobre la tierra y no te recuerde.

sábado 11 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 11. LA MEMORIA DE LA TIERRA




La tierra tiene memoria, siempre la tuvo…

Hace tiempo comencé un viaje, decidí caminar por tierras extrañas sin miedo a lo desconocido, con valentía.

Hubo noches en las que el cielo fue mi techo, noches en las que me perdí en bosques solitarios con la única compañía de aquellas sombras alargadas que parecían perseguirme para arrebatarme mis sueños. Pero aún así no me acobardé y cada día caminé más y más.

Un día, cansada, llegué a un lugar. Me resultó familiar, como si siempre hubiera estado allí. Incluso encontré una casa que se parecía tanto a la mía que decidí tomarme un tiempo y descansar allí.

Por las mañanas me levantaba, abría las ventanas y dejaba que el aire fresco acariciara mis mejillas, como entonces. Pero el sol no era el mismo.

Por las tardes, paseaba con mi libreta a cuestas buscando un lugar para escribir nuevos relatos. Pero qué curioso que en mis intentos siempre acababa escribiendo el mismo cuento.

Solo por las noches, contemplando a la luna,  era capaz de distinguir que,  aunque lo pretendiera, aquel no era mi lugar.

Hace tiempo comencé un viaje. Necesitaba huir de todo incluso de mí misma porque ya no sabía quién era. Y cuando casi me encuentro, detuve mis pasos y permití el engaño de creer que podría ser como entonces.

Renunciando a la cobardía que, de nuevo se había apoderado de mí, decidí que ningún recuerdo puede volverse a vivir y una vez más, fui más yo que nunca.

Cerré las ventanas, compré una nueva libreta y una noche me negué a contemplar la luna. Acordé conmigo misma que era el momento de continuar y quizás algún día, cuando terminara mi viaje, volvería allí a recuperar la  memoria de un tiempo pasado.

jueves 9 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 10. PARIS.




Pensando en la tierra he de admitir que hace tiempo hice un viaje en el que recorrí muchas ciudades en busca del cuento perfecto.

Hoy, alguien me habló de una ciudad y recordé…

PARIS…

La noche para quién la espera puede hacerse de rogar, pero para la luna el momento de despertar y dejar su sueño siempre llegaba demasiado pronto. Y lo más frustrante es que en contadas ocasiones conseguía recordar lo que había soñado. Por eso,  en sus viajes,  procuraba ser parte del anhelo de otros soñadores.

Aquel día decidió visitar una ciudad iluminada por su reflejo en aguas negras, vestidas elegantemente con puentes de piedra; puentes en los que los besos y suspiros llenaban el aire de ese deseo anhelado.

Tratando de respirarlo, se encontró con una mujer que parecía formar parte de aquel lugar, como si siempre hubiera estado allí acariciando las barandillas sobre las que, tal vez alguna noche, un joven le hubiera robado un beso despertando por fin la pasión.


Decidió acompañarla en aquel paseo para compartir quizás esa soledad y aquellos sueños nunca olvidados que sólo se podían respirar en instantes como aquel.


Caminando ambas en silencio llegaron al último puente  y antes de abandonarlo la mujer sacó de su pequeño bolso un papel doblado que arrojó a aquellas aguas. Mientras caía, la brisa nocturna consiguió desplegarlo y antes de que el agua borrara la tinta, la noche susurró aquellas palabras escritas. 


“Mi querido amor, volví de nuevo a esta ciudad para encontrarme contigo.

En estos días he paseado por todos y cada uno de los lugares que compartimos. ¿Sabes? Pensaba que no los reconocería y que mi recuerdo podía haberlos transformado, pero hasta el aroma que creí olvidado es el mismo, y cómo me gusta este olor…


Ayer, mis hijas me acompañaron, visitamos museos y cerca de la plaza donde nos encontrábamos cada tarde, les hablé de ti. Se reían y me miraban con sorpresa, creo que no se pueden imaginar que hubo un tiempo en que fui joven y alocada.


Qué locos fuimos ¿verdad? Entonces siempre me decías que llevara el pelo suelto, pero yo te provocaba recogiéndomelo en una coleta que tú al final acababas deshaciendo en sonrisas. ¿Lo recuerdas? Fuimos los mejores amigos, aquellos que siempre tenían cosas que contarse y risas que nacían en esa locura de ser joven.

Anoche estuve en aquel pequeño café donde tantas conversaciones compartimos y donde los sueños de ser llenaban nuestras horas, pero el camarero que cada noche nos echaba, despertándonos, no me reconoció, quizás porque ahora llevo el pelo corto y me acompañaba él.

Sí. Él. Le quiero, no puedo mentirte, y soy feliz aunque aquí he vuelto a soñar contigo y no dejo de pensar en ti. ¿Quién decidió que no volveríamos a vernos y lo selló con un beso que no he conseguido arrebatar de mis labios en este loco recuerdo? ¿Fui yo?

Quizás la ciudad no ha cambiado, sólo yo lo he hecho, y sin embargo en este momento me siento como entonces.

Al final, no he conseguido verte, quizás también regresaste a tu hogar, como yo, aunque tu sueño era vivir siempre aquí. ¿Llegaste a acariciarlo?

Se agotan las últimas horas de este viaje y sé que tengo que despedirme, pero no de tu recuerdo que siempre me acompañara,  aunque no sé si algún día volveré de nuevo a este lugar, a esta ciudad donde, en su última noche, dos jóvenes enamorados recorrieron juntos todos sus puente y sobre cada uno de ellos él la besó a ella con la promesa de que sería su más bello recuerdo”.


Mientras la luna contemplaba aquella despedida y vio alejarse a aquella mujer, volvió a su memoria aquel tiempo en el que una pareja compartió con ella sus sueños. Y en el recuerdo se sintió feliz.


martes 7 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 9. UN DESIERTO DE MENTIRAS...




Agoté pensamientos en la búsqueda de la verdad.

Medité  noches confusas, avergonzada en mis sombras, mientras el rubor de mi piel disculpaba mi alma.

Admití el dolor, respirando la oscuridad, desgastando las palabras,  envuelta en tu razón.

Y solo cuando alcancé la perfección del silencio fui consciente del engaño.

No, no me alivió el discurso embaucador del tiempo, pues el argumento de mi existencia agonizaba en un ahora o nunca.

No, no encontré el sosiego contemplando cicatrices.

Ahora respiro y soy consciente de que podría haber disfrazado la vida, cubrirla con sedas y terciopelos, adornarla de esperanza para alcanzar el olvido.

Sí, podía haber renacido en la hipocresía, envenenando aún más mi espíritu.

Hoy por fin lo admito…

 Perseguí la quimera de la verdad y acabé en un desierto vestida de negro escuchando cada una de sus voces.

Ahora sé dónde se esconden las mentiras.

Una vez escribí sobre un desierto…

“… Algún día te traeré aquí y juntos contemplaremos las noches en las que el viento dibuja olas sobre la arena, brindando un horizonte cubierto de estrellas, mientras la luna en su engaño arrebata el sueño  prometiendo otro instante de belleza. Es entonces cuando las dunas adoptan las curvas de una mujer, tumbada,  contemplando el cielo…”

Yo también contemplé un firmamento infinito, pero nunca  fue mío. Aún así no dejé de soñarlo mientras dibujaba estrellas y mi mano anhelaba acariciar esa luna.

Apartada de los juicios, desamparada, fría, sola, añoré un abrazo en aquella tierra estéril.

Y solo cuando me vacié por completo, encontré el espejismo, el delirio que alguien inventó para mí.

Ahora sé donde se esconden las mentiras y en mi verdad, vestida de blanco, aún herida por haber abandonado aquel desierto,  busco mi propio sueño.

¿Quién dijo que todos los cuentos son mentira?

lunes 6 de febrero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 8. LA INSPIRACIÓN DEL ÁRBOL


(cuadro de Jose Perona.)


“Levantarse todos los días siendo libre no tiene precio”

Erase una vez un hombre que tenía un extraño don. Cada vez que sentía su tierra bajo los píes y pensaba en ella, con su espíritu de poeta, se transformaba en árbol; un árbol grande con un tronco firme, resistente y una corteza curtida por el sol, también por la luna y sobre todo por la vida; un árbol frondoso en el que anidaban hermosos pájaros que aparecían sin más,  quizás escapados de algún cuadro, con un canto silencioso.

Lo curioso es que la gente que le conocía no se sorprendía de ello, es más les parecía algo normal pues en esa tierra libre él era un artista, un escritor capaz de pintar amanecer con sus palabras;  un pintor que derramaba las más hermosas poesías en sus lienzos inacabados.

 (Conservaré siempre aquellos poemas vertidos en mis paredes blancas).

Pero lo que pocos sabían es que, bajo aquella apariencia,  él era feliz pues podía percibir como la brisa suave y fresca mecía sus ramas.

El viento una vez descubrió el alma frágil y delicada que se escondía en su interior. Una tarde de sol templado le escuchó reír y no porque tuviera miedo de sus sombras  y aquel mismo día, al llegar la noche, veneró su silencio ante el “llanto vestido de luna castrando el cielo”.

Apreciando como sus ramas eran acunadas por aquel fiel amigo, aquel hombre, aquel árbol, era capaz de crear, de hacerse infinito…

Una mañana aquel hombre se despertó y como tantas otras se dispuso a su transformación. Lo intentó  pero por alguna extraña razón no pudo lograrlo.

Pasaron días, semanas y la preocupación se apoderó de él al verse incapaz de respirar como un árbol. Incluso la gente que le conocía se extrañó pues pasaba el tiempo y el artista no mostraba  ningún poema ni ningún cuadro nuevo.

Hasta que por fin, en uno de sus silencios, se percató de que era el viento el que le había abandonado.

Erase una vez un hombre que cambió por un tiempo su extraño don.  Y cada vez que sentía su tierra bajo los píes y pensaba en ella, con su espíritu de poeta, se transformaba en brisa…



Mi querido José Perona, me faltan palabras para agradecerte la amistad que me has brindado en este corto tiempo…

Hoy eres tú el que has inspirado con tus palabras este relato. Es tuyo, un regalo.

Os podría decir muchas cosas de él,  que es un poeta, que es un pintor, pero si no os dijera lo buena gente que es no me sentiría a gusto con mi conciencia ni con mi corazón.

Hoy me acompaña y he tomado prestado dos de sus poemas.

Uno, es de su tierra, de ese Linares de la Sierra que tanto ama y que espero que algún día me enseñe  para aprender a respirar ese silencio…


Linares de la Sierra,
siempre acudo a ti buscando
silencio, el verde, aire limpio y joven.
En ti, dejo mis miedos y mis sombras.
Cuánto añoro la libertad que me confieres,
el verde de tus campos,
el reencuentro con mis sueños,
el crepitar de tu sierra,
el silencio,
el aire,
la lluvia de tu cielo,
y, como no, la humildad de sus gentes. (José perona)


El otro, no encuentro palabras para describirlo, imágenes que casi abofetean en cada uno de sus versos y que hoy, a punto de terminar mi relato, descubrí. No, yo no podría enterrar tus palabras.


Cómo curar una herida de decepción
un antídoto para la mentira,
una cruz para la conciencia
una tierra para enterrar la palabra,
una memoria para ocultar el olvido
un eco para una voz muda,
un columpio para mecer los recuerdos,
un lugar para refugiarse... (Jose Perona)


Muchas gracias, mi querido amigo...












martes 31 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 7. MI TIERRA




Quise sentir la tierra a través de tus ojos, a través de tu piel, mi querida amiga y hoy que por fin la mostraste, no puedo sino ver la madre que se encierra en ti, el respeto por la vida, la tierra en su sentido más amplio, un suelo desbordado en oraciones en verde y lleno de luz.

Sí, olvidé mis sombras leyéndote pues nuestra luna rompió el verso con el más hermoso blanco mientras el sonido del mar acariciaba de nuevo la orilla.

No, no me olvido del sol…

Te vi a ti, mujer plena, con lagrimas brillantes y sonrisas hermosas. Cuánto de ti has compartido, dime,  cuántas derramaste.

Pero no, no me lo digas aún, pues ya atardece en naranja y hoy me siento cerca de ti.

Un momento de silencio roto por tu poesía que grita.

Una plegaria, un latido…

Pronto llegara la noche y como entonces ¿Lo recuerdas? Soñaré estrellas contigo...


Gracias mi niña pues hoy contigo mi tierra se llenó de vida.


DESDE EL PRINCIPIO Paquita Pedros Espinosa (luna de Medianoche) HA SIDO ALGUIEN QUE SIEMPRE HE SENTIDO A MI LADO Y HOY PUEDO DECIR CON ORGULLO QUE ES UN PLACER QUE ME HAYA HECHO EL REGALO DE SU AMISTAD.

JUNTAS, ESTAMOS CRECIENDO EN ESTE MUNDO DE PALABRAS, TAN LOCO A VECES, PERO DONDE SIEMPRE HAY UN “BUENOS DÍAS” Y UNA TAZA DE CAFÉ…

HOY ME ACOMPAÑA AQUÍ CON UNO DE SUS POEMAS Y ME SIENTO MUY ORGULLOSA DE QUE ASÍ SEA.

MI TIERRA

Mi tierra femenina, dulce
cariñosa, agradecida…
Si la cuidas como si fuera
una mujer bella,
te dará el color verde de la esperanza
el amarillo del sol, el blanco
resplandeciente de la luna,
el azul del mar.
Naranjas de los atardeceres.
Cuídala, no la hagas sufrir
porque su alma llora
formando fuertes lluvias,
desbordando ríos.
Cuídala, haz que tenga siempre
una bella sonrisa.
Te dará días llenos de sol,
cielos llenos de estrellas brillantes,
valles verdes llenos de hermosas flores,
Arboles, grandes, verdes.
Tierra femenina, como una dulce mujer
acompañada siempre de la luna y el sol,
detrás las estrellas que iluminan el
cielo de la noche.
Tierra hermosa, cuídala, llénala de mimos
y ella te lo agradecerá.

lunes 30 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 6. CONFESIONES DE UN SER DE TIERRA.


Tratando de encontrar cuánto había de este elemento en mí, he decidido no mentirme más, no engañarme y reconocer que soy también un ser de tierra, pues no he dejado de caminar descalza sin importarme lo frío que estuviera el suelo sobre el que se deslizaran mis pies.

Aunque quizás nunca hallé mis propias raíces en esta tierra roja que contemplo cada día y que encumbró uno de mis mejores poemas, tendré que admitir que mis recuerdos sí quedaron aferrados a muchos lugares, algunas lejanos, que seguramente algún día volveré a visitar pues aún mis ojos no olvidaron el color de sus bosques, ni mis sueños su olor.

Y mientras los barrotes de mi ventana esta mañana me anunciaron que pronto se cubrirán con las más inmaculadas y que en mis noches, sus pétalos brillarán de nuevo bajo la luz de mis lunas, afirmo que seguiré soñando con primaveras descalzas sobre mi jardín y que, de nuevo, brotarán de mi vientre rosas cuyas espinas no rasgarán más mis entrañas.

Almendros estallando al margen de las carreteras por las que, cada día, paso…

Esta semana todavía recogen, sobre el suelo helado, los hombres de campo, los frutos negros de los olivos centenarios, recordándome que el tiempo es eterno y las estaciones se suceden sin piedad. No esperarán por mí, lo sé, pero yo pronto adornaré mi pelo con las flores del cerezo, mientras aguardo que el pequeño pájaro que siempre me visita vuelva a hacerlo y cante mis mañanas y mis anocheceres.

No me olvido del jazmín ¿Cómo hacerlo? Ni de las flores que de nuevo plantaré, ni de las gotas de lluvias rezagadas sobre la hiedra que rodea mis paredes, tratando de retenerme en este lugar…

Cómo negar que soy un ser de tierra si, desnuda, me imagino como el barro, esperando que sus dedos moldeen, cada noche, mis pechos. No, no temo manchar mis manos cuando es su tierra la que me cubre y la siento temblar sobre mí pues mañana será la mía la que le acaricie resguardándole del frío.

Y aún de rodillas, enteramente viva, no temo su castigo, ni a la muerte que, sigilosa, se desliza al tiempo que las campanas vuelven a anunciar su victoria y de nuevo alguien llora sobre un manto de flores. Quizás pasados unos días me olvide de su sonido, mientras resuena el eco de unos primeros pasos y otras lágrimas bañan otras tierras.

No, no puedo negar que forma parte de lo que soy, de mi vida.

domingo 29 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 5. RECUERDOS EN BICICLETA


He visto como crecían mis hijos en la misma tierra en la que yo lo hice y no he podido evitar, en ocasiones, sentir cierta tristeza porque no hayan tenido una infancia como la que algunas personas de mi generación tuvimos la suerte de disfrutar. Éramos niños que vivíamos en pequeños pueblos, rodeados de campo, y que íbamos prácticamente a todos los sitios montados en bicicleta.

Algunos, la heredaban de sus hermanos mayores, incluso de sus padres, tíos y otros, como yo, ni siquiera tuvimos esa posibilidad.

Recuerdo algunos sábados entristecerme cuando veía como mis amigos paseaban con sus bicicletas. Aunque siempre había alguno que me llevaba sentada sobre la barra, no era lo mismo y muchas veces era yo la que decidía quedarme en casa esperando su regreso para escuchar la aventura que habían vivido.

Nunca quise pedirles a mis padres que me compraran una, pues sabía que las cosas no eran fáciles en casa y trabajaban muy duro para que no nos faltara lo esencial. Por eso trataba de poner mi mejor sonrisa en esos momentos en los que me creía una niña desdichada, para que no se dieran cuenta de cómo me sentía.

No sé si fue uno de los días más felices de mi vida, supongo que de mi infancia sí, pero nunca olvidaré cuando cumplí ocho años y mi padre se presentó en casa a la hora de comer con la bicicleta más bonita del mundo. Era roja, brillante y con un timbre plateado; quizás un poco grande para mí, pero sí, mis pies consiguieron llegar a los pedales.

Creo que nunca me sentí tan orgullosa como aquel día, cuando entre lágrimas de emoción, me monté en ella mientras mis padres reían y comencé a dar vueltas a su alrededor.

La de excursiones, con la merienda a cuestas, que hicimos mis amigos y yo, aventuras llenas de todo nuestro entusiasmo por descubrir nuevos lugares, por sentir esa libertad y como nuestros cabellos se agitaban porque eramos capaces de romper el viento.

Sin duda fue un tiempo maravilloso en el que íbamos casi a todos los sitios sin que nuestros pies rozaran la tierra y no importaba que lloviera...

En el transcurso de estos años he podido ser testigo de cómo este lugar crecía, de cómo cambiaba y he vuelto a pasear, muchas veces, por aquellos sitios en los que parece que quedaron atrapados nuestros gritos, nuestras risas y aquellas canciones que cantábamos, pero ya no es igual.

Qué lejos nos parecía entonces que habíamos llegado en nuestras expediciones y qué cerca me parece ahora, si apenas salimos del pueblo.

Todavía conservo aquella bicicleta y aunque mis tres hijos han aprendido a montar sobre ella y supongo que guardaran también un recuerdo de aquel momento, no, ellos no han vivido como yo una infancia en bicicleta.

¿Sabéis? Todavía pienso que es la más bonita del mundo.

jueves 26 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA 4. BARRO Y VIDA.



“Entierra lentamente tus manos en el barro, siente el frío en tu piel y como se desliza suavemente entre tus dedos. Entonces, cierra los ojos e imagina aquella figura a la que darías vida...”

No podía recordar la primera vez que en su infancia comenzó a jugar con la tierra. Quizás como otros niños, ella también se divirtió simulando cocinar tartas, ensuciándose toda la ropa.

Pero sí había algo que no podía olvidar, aquel verano que sus padres, por vacaciones, la llevaron a la playa y allí aprendió a hacer castillos de arena con murallas finamente labradas y torreones adornados con algas y conchas.

Cuando en septiembre regresaron a casa, comenzó a echar tanto de menos trabajar con sus pequeñas manos que aprovechaba cualquier ocasión, en la que su madre trabajaba en el jardín, para ayudarla y volver a sentir el barro entre sus manos.

Sus padres no tardaron en darse cuenta de la afición de su hija y decidieron fomentarla apuntándola a una academia en la que la enseñaron a trabajar con arcilla. Era la alumna más joven, y sin duda la que más rápidamente aprendió la técnica.

Comenzó haciendo ceniceros, vasijas, fuentes, pero un día su profesor le dijo que moldeara con sus manos lo que quisiera. Se sintió confusa pero, entonces, sin saber muy bien por qué, cerró sus ojos y se imaginó un árbol mientras sus manos comenzaban a darle forma.

Aquel día su profesor supo que ya no podría enseñarle nada más.

Sus padres la permitieron montar en el garaje su pequeño taller y poco a poco fue llenándolo de aquellas figuras que imaginaba. Cuando eran personas, tenía la extraña habilidad de perfeccionar tanto las facciones, dotándolas de expresividaD que, por momentos, aquellas figuras parecían realmente estar vivas.

La primera vez que supe de ella organizaba una exposición aquí en Madrid. Vi en una revista algunas fotografías de su obra, pero hubo una que me impresionó. Era un árbol y es extraño porque era exacto a uno que veo cada día cuando vuelvo a casa del trabajo, un árbol solitario en mitad de un extenso campo que siempre me ha inspirado mucho. Cuando por fin tuve aquella figura delante, lo supe, era el mío o yo quería que lo fuera.

Tuve la suerte de conocer a Mercedes y nos hicimos amigas. Así pude saber, según pasaba el tiempo, como otras personas, al igual que yo, reconocían entre sus esculturas, objetos, animales, personas que formaban parte de lo que eran.

Un día la pregunté cómo era posible y ella no supo responder…

¿Mi opinión? Yo creo que ella da vida a sus obras para nosotros, para que los que las contemplamos veamos en ellas lo que anhelamos ver. Sí, es una artista.

lunes 23 de enero de 2012

LOS RELATOS DE LA TIERRA. 3. LA MUJER ÁRBOL



Erase una vez una mujer que creyó que era un ser de tierra y en su vida trató de caminar con pasos firmes, procurando no separar demasiado sus pies del suelo.

No os confundáis, pues hubo un tiempo en que viajó y se maravilló contemplando el mar, dejándose mecer por las olas, incluso conoció otros países en los que el viento susurraba a sus oídos poesías en otros idiomas, pero siempre terminaba volviendo al lugar que la había visto nacer y un día ya no lo abandonó.

Sí, en el fondo de su corazón, amaba aquel sitio, aquel pequeño pueblo que conservaba en sus rincones todos sus recuerdos y en el que vivía su familia, a la que dedicaba la mayor parte de su tiempo.

Nunca hubo una mujer que se entregara como ella a su gente y que disfrutara tanto haciéndolo.
Sobre todo, le encantaba acompañar a su abuela, dar largos paseos con su padre, y comer los domingos en casa de su tía rodeada de todos aquellos seres que tanto quería y que, como ella, permanecían en aquel lugar al que el tiempo, para ellos, les había concedido el regalo de no cambiar.

Como un árbol, fue echando raíces hasta que un día sin darse cuenta quedó atrapada en ellas y comenzaron a asfixiarla.

Algunos atardeceres, se sentaba en el jardín y miraba, con cierta nostalgia, las fotos de aquellos viajes. Habían pasado muchos años y aunque alguna vez soñaba con volver a viajar siempre encontraba alguna excusa para no hacerlo.

Un día un pájaro se posó en sus ramas decidiendo permanecer a su lado y hacerla compañía. Cantaba sus amaneceres con alegría y al anochecer se acurrucaba cerca de ella. Pero aquella mujer árbol no entendía por qué aquel pequeño no volaba lejos. Si ella hubiera tenido alas, pero no, ella en su lugar tenía raíces y pensándolo mucho entendió que a lo mejor aquel gorrión se había cansado de volar.

Pasaron los años y una mañana al despertar no oyó su cantó. Pensó que por fin se había ido pero no, había muerto. Mientras lo enterraba escarbando aquella tierra, se dio cuenta de lo fácil que sería desenterrar sus propias raíces.

Aquel día llenó una maleta, cerró la puerta de su casa y emprendió un viaje sabiendo que pasado un tiempo volvería de nuevo a aquel lugar, pues era un ser de tierra pero eso no significaba que no pudiera soñar…