Una vez, siendo niña, sentí la soledad de su resplandor, aquel brillo perdido en la inmensa oscuridad, sólo quebrada por el leve fulgor de las estrellas, sus eternas compañeras. Aunque nunca negué su belleza, no pude evitarlo, me compadecí tanto de aquel extraño destierro que en mi inocencia, fui haciendo mío y me imaginé que era una mujer...

miércoles, 29 de diciembre de 2010

MIS MEJORES DESEOS PARA EL NUEVO AÑO. UN REGALO: "STEFAN"


Se acerca ya el final de este año y el comienzo de otro.

Es una gran ocasión, y para celebrarla con vosotros se me ha ocurrido, aparte de transmitiros mis mejores deseos para este año 2011, que hoy vea la luz un relato un poco diferente a lo que os tengo acostumbrados, y sobre todo un poco más largo.

Confesaré que es parte de un trabajo a tres bandas que se empezó hace ya un tiempo y que todavía no está acabado: ARTISTAS EN LAS SOMBRAS.

Espero que os guste de todo corazón, y para el año que viene más y mejor.

UN BESAZO Y OS DEJO A "STEFAN"




Mientras hoy contemplaba la lluvia a través de la ventana, decidí que en esta ocasión no me iba a dejar llevar por esa melancolía que a veces me acompaña cuando trato de escribir el libro de mi vida en los ratos libres.

En su lugar, a pesar de la sensación de frío que siempre me provoca sentir la mejilla contra el cristal, pensé en la calidez de una primavera que pronto iba a aparecer, haciendo que todo lo que en ese momento observaba cambiara de color.

Sí, lo sé, como en las películas, pero es que hay lugares en los que el paso de las estaciones se percibe más que en otros...

Me presentaré. Me llamo Juan y soy columnista de un periódico. Vivo en una gran ciudad, y a pesar del bullicio que eso supone, siempre me he considerado un privilegiado por despertar cada día en una pequeña calle del casco antiguo.

Aquí es como si todos nos conociéramos, y si no fuera porque los fines de semana nos invaden los locos del taberneo (Por eso de que siempre está de moda visitar los barrios de siempre), éste sería un lugar tranquilo.

No, no he pretendido que fuera un reproche, que gracias a esos locos algunos, como mis amigos Pedro y Cristina, han podido sacar sus negocios adelante. Los que vivimos aquí estamos acostumbrados pero, en ocasiones, echamos de menos un poco de quietud, sobre todo de madrugada.

La verdad es que ahora en invierno parece que hubiera más silencio, que las calles hubieran encogido a causa del frío y las horas de las tardes se hubieran multiplicado, convirtiendo a algunas en tediosas.

Pero pronto llegará esa loca primavera y en cuánto las temperaturas sean más suaves, todo recuperará su tamaño normal, y esas calles se engalanarán de un colorido que ahora parece casi inexistente.

Doscientos metros separan mi casa del boulevard principal, el corazón de este barrio, y dentro de nada los bares y restaurantes lo vestirán con esas mesas y sus manteles a cuadritos.

Incluso los bancos de madera recuperarán el brío de lo que antes fueron. Eso, o que los barnizan sin yo enterarme.

Me gustan los domingos. Algunas mañanas, mientras helena y las niñas duermen, bajo a comprar el desayuno y la prensa, y de paso, aprovecho para tomarme un café en la terraza de la cafetería de mi amigo Pedro, aunque él no trabaja los domingos por la mañana (ya se sabe… privilegios de los jefes. Aunque éste se lo ha ganado a pulso, y yo me alegro por él).

Mientras leo las últimas noticias, que últimamente siempre hablan de la crisis y acaban aburriéndome, me gusta contemplar el boulevard despertando, como si el aroma del café también le alcanzara.

Casi todas las caras que me rodean son conocidas, incluso las de algunos rezagados de la noche que, a pesar de la luz, buscan tomarse la última antes de volver a casa. Los más valientes se la juegan con una taza de chocolate con porras en la Churrería de doña Pilar; que no le quedo más remedio que aprender el arte de la masa frita cuando su marido le abandonó no se sabe por qué razón.

Hoy, después de casi 30 años , es uno de los locales más conocidos de esta zona.

Siempre me regala algunas porras de más con esa sonrisa que no le ha cambiado a pesar de su vida “Toma Juan, para tus niñas, que madre mía que grandes que están. Si parece que fue ayer…”

Es que fue ayer, pero como que hoy las niñas ya no son tan niñas y empiezan a campear solas. María, la mayor, tiene diecisiete años y Susana acaba de cumplir los quince. Ahora dice que ya tiene novio.

Sí, el tiempo pasa demasiado deprisa, pero nos va dejando algún que otro legado que siempre permanece, como el aperitivo antes de comer, algo que no perdona mi mujer (aunque yo creo que en el fondo se agarra a esa tradición porque al final la mayoría de los domingos, entre tapa y tapa, acabamos comiendo fuera).

A esa hora, el boulevard cobra aún más vida, y se envuelve de la fragancia de los puestos de flores, donde mi amiga Cristina es la reina con una pequeña tienda que reformó hace poco.

Llaman la atención sus estanterías llenas de ese colorido que recuerda a las selvas.

Los domingos su marido también le ayuda, aunque eso de preparar ramos no es lo suyo, por mucho que diga que le da un toque artístico.

Me gusta el momento de la cerveza fría… y compartirla con Helena que, a pesar de su Martini, siempre acaba tomando mi jarra helada para beber algún sorbo. Desde luego, la cerveza no sabe igual sin el roce de sus labios; esos, que a pesar del tiempo, no han cambiado.

A veces nos quedamos callados. Ella también observa en silencio, mientras las niñas no dejan de repetir que se aburren. ¿Qué sabrán ellas del aburrimiento a su edad? Pero ya llegará el tiempo en el que sepan apreciar estos momentos que, ahora , casi pasan desapercibidos a sus ojos. Será la juventud…

A la hora del café comienzan a Llegar los artistas, algunos de forma discreta, como Rafael que es un poeta y a veces se sienta en una mesa cercana a la nuestra después de saludarnos.

Siempre trato de averiguar qué libro le acompaña en cada ocasión y furtivamente le espió, mientras él, alejado de todo, lee. No sé cómo puede concentrarse.

Curiosamente nunca le he visto escribir y sin embargo su último libro me está acompañado en este invierno; en él habla de su vida y de los lugares que ha conocido.

A veces, después de un rato de estar absorto en su lectura, levanta la mirada “Bueno Juan, ¿qué tal va la vida?” y entonces charlamos un poco de todo.

Menos discretos son los pintores que con sus caballetes decoran aún más este barrio.

Invitan a los transeúntes a pararse para descubrir lo que esconden, mientras exponen algunas obras en el suelo.

Algunos pintan retratos, y otros, como Carlos, se limitan a pintar escenas de esta calle. Viendo sus pinturas incluso una persona que se prestase a decir que conoce perfectamente este lugar, descubriría, como me paso a mí, lo equivocado que está.
Es capaz de pintar lo que nadie ve. Su mejor cuadro, como dice, no está en venta porque todavía no lo ha pintado.

Llegará lejos este Carlos aunque no deje de repetir que únicamente pinta por hobbie.

Yo por si acaso compre hace ya algún tiempo una de sus obras y la tengo en el salón esperando que algún día se haga famoso. Seguro que luego vale una fortuna, aunque creo que nunca podría venderlo.

El café de por la tarde aún sabe mejor si otros artistas amenizan el momento. A veces, con música (hay un músico nuevo que se ha incorporado hace poco a este barrio, que toca la guitarra de maravilla) y otras veces, en silencio, como Stefan, que se ha ganado el corazón de todos los que vivimos por aquí.

En los años que le conozco, confieso que he hablado poco con él y, sin embargo, entre todos los amigos, hemos conseguido reconstruir la vida de este payaso; un mimo silencioso que, con gran ternura, consigue que todos mostremos una sonrisa.

¿Se nota que es mi favorito? Y no sé por qué razón ya que aún recuerdo como siendo un mocoso los payasos me asustaban.

Stefan nació en un gran circo que visitaba Budapest. Sus padres eran la pareja de trapecistas que hacían las delicias de los aficionados cada vez que en sus saltos intentaban alcanzar el cielo. En ocasiones, parecía que lo lograran consiguiendo que su público contuviera la respiración.

En sus primeros años de infancia, intentaron enseñar a su hijo las acrobacias, pero a Stefan las alturas le daban miedo, algo que no pudo superar.

Descartando que pudiera ser un digno heredero del trapecio, esperaron pacientemente a que fuera él el que decidiera su oficio. Y cuál fue su sorpresa cuando comenzó a visitar con frecuencia los ensayos de los payasos. Ellos de buen grado, pues la gente de circo ya se sabe que es como una gran familia, lo aceptaron y comenzaron a adiestrarle.

El día de su presentación ante el público, sorprendió con el personaje de un niño payaso mudo que con su sonrisa dulce encandiló a los más pequeños.

Mientras intentaba imitar torpemente las caídas del resto de sus compañeros, Stefan corría detrás de la narizota roja que le venía algo grande, provocando las risas de todos los niños.

Lo que no sabía el público es que realmente aquella nariz roja era enorme para un niño de apenas cinco años, y que cuando trataba de emular al resto de clowns, aquella bola roja siempre acababa rodando por el tapiz de la pista.

Sus padres pensaron ponerle una goma para que no se le volviera a caer, pero Stefan, recordando las carcajadas del público, se negó en rotundo.

Dicen que en toda vida hay momentos buenos y para Stefan aquellos primeros años fueron de lo mejor. Pero como tiene que haber de todo, también llegaron tiempos en los que vivir en el circo comenzó a resultar difícil, sobre todo cuando la taquilla diaria iba disminuyendo y los artistas comenzaban a despedirse.

Aunque trataron de resistir por el amor que sentían por su profesión, al final, los padres de Stefan tomaron la decisión también de abandonarlo todo y, aprovechando que el circo hacía escala en parís, reunieron todos sus ahorros y abrieron una pequeña panadería en un barrio cerca de Montmartre.

La noche en la que Stefan se despidió de sus amigos del circo, mientras no dejaba de repetirse asimismo que algún día volvería, decidió esconderse tras su nariz en el intento de no llorar, a pesar de que sus pequeños ojos brillaron llenos de lagrimas.

Horas después, en su nueva casa sin ruedas, no dejó de preguntarse con enfado qué podían saber sus padres de hacer pan, ellos que casi nunca cocinaban y se pasaban más tiempo volando por el aire que en suelo firme.

Pero el oficio no les tuvo que resultar difícil. Incluso Stefan les ayudaba y cuando no le veía nadie jugaba a embadurnarse la cara de harina y practicaba todo lo que había aprendido. No dejaba de soñar que algún día el circo volvería a Paris y se iría con ellos.

Sus primeros años en la escuela no fueron fáciles para él. Chapurreba muchos idiomas, pero el francés se le resistía, y los demás niños de la escuela siempre acababan riéndose de él. Que se rieran no le importaba, es más, en el fondo aquellas risas le conducían a sus más preciados recuerdos.

En una ocasión, en el recreo, mientras intentaban ridiculizarle de nuevo, Stefan se vistió con su nariz y actuó para ellos. Aquellos niños no supieron reaccionar y pensando que era demasiado raro, por fin le dejaron en paz.

Y así supongo que fueron pasando los años, un poco en soledad, pues no supo más de aquel circo ni de aquella gente, sus amigos, convirtiéndose en el perfecto hijo de un panadero, algo tímido y reservado, que al terminar el colegio decidió que los estudios no eran para él.

Una tarde, mientras ayudaba a sus padres, entró a la panadería una joven morena de pelo rizado y ojos profundos que consiguió cambiarlo todo, regalando a su vida los colores que casi tenía olvidados.

Sí, Stefan se enamoró de Carmen, aquella mujer hija de emigrantes españoles que con su mal francés comenzó a acudir todos los días a comprar el pan.

Aunque apenas hablaban, al llegar la tarde, una emoción se apoderaba de él y a través del escaparate de la tienda esperaba nervioso su aparición.

Y ella debía de saberlo, porque al entrar siempre le sonreía. Quizás esperaba con la misma inquietud acudir a su encuentro. Estoy convencido de que sí, porque el día que el hijo del panadero la invitó a salir, supo que nunca podría decirle que no.

Un día, Cristina me dijo que había oído decir a Stefan que Carmen había sido su vida, y es que desde aquel paseo por unos jardines cerca del Sena supo que por fin había encontrado alguien con quien de verdad podría ser él y con quién hablar.

Por supuesto, un día le habló de los recuerdos del circo, de aquellas funciones diarias, de la emoción contenida cuando salía a la pista con el resto de payasos y del sonido de los aplausos y las risas.

Carmen no se rió de él y compartió la melancolía de un niño que tuvo que renunciar a sus sueños en un tiempo cada vez más lejano, mientras ella le hablaba de la añoranza que sentía por España y de lo mucho que echaba de menos a sus abuelos.

Creo que el destino no pudo unir más acertadamente a dos personas, y lo que comenzó como unos encuentros que les hacían olvidarse de sus tristezas, acabo convirtiéndose en una hermosa historia de amor, en la que la vida les abría nuevos horizontes.

Una tarde, Stefan por fin atendió las continuas peticiones de su novia y se puso la narizota para ella. Fingiendo que se le seguía cayendo, consiguió la más hermosa sonrisa y el más cálido de los besos. Aquel día le pidió que se casara con él y ella aceptó.

Aunque Stefan ya había descartado cumplir su sueño de volver al circo, y no porque Carmen no le animará a alcanzarlo, sí quiso cumplir el de su compañera. Aunque siguió trabajando en el negocio familiar, un par de años después consiguió el dinero suficiente para regresar con ella a España.

Entonces no le fue difícil encontrar trabajo en una fábrica de coches a las afueras de Barcelona y, aunque al principio vivieron con los abuelos de Carmen, cuando ella se quedo embarazada, consiguieron dar la señal para un piso cerca de este barrio.

Mientras los años iban pasando Stefan se entregó totalmente a su familia, trabajando duramente para sacarlos adelante. Primero, llego su hijo Luis que es arquitecto y vive en uno de los barrios más modernos de Barcelona, y después, su hija Carmen, que un día visitó a sus abuelos en Paris para perfeccionar el francés y decidió quedarse allí acompañándoles en sus últimos años de vida. Hoy es ella la que continúa con el negocio.

Poco a poco aquella narizota roja quedo olvidada en un cajón. Ni siquiera sus hijos siendo niños se la vieron puesta. Es más, nunca les llevo al circo, aunque ellos conocían su historia y presumían que sus abuelos habían sido unos famosos trapecistas. Pero entonces Stefan trabajaba demasiado para sacar a su familia adelante, y con el paso de los años hasta el mismo se convenció de que había olvidado todo lo que siendo niño aprendió.

Pero los sueños siempre se llevan dentro, aunque a veces finjamos que se han quedado perdidos en algún momento de la vida.

Cuando llegaron los nietos y Stefan se jubiló, algo despertó en él mientras disfrutaba de ellos como no había podido hacerlo con sus hijos.

Un fin de semana, Carmen y él se quedaron con la pequeña Marta y con Daniel.Después de decidir que irían a un parque a jugar , oyeron como desde la megafonía que llevaba una furgoneta cubierta de carteles, se anunciaba que el Circo había llegado a la ciudad.

Tanto le insistieron los pequeños, que al final Stefan decidió llevarles junto con su mujer.

No era su circo y sin embargo todo olía igual.

Fue difícil contener la emoción mientras veía la actuación de los trapecistas. Recordó entonces lo jóvenes que eran sus padres cuando eran ellos los que gobernaban aquel cielo.

Carmen le observaba y no pudo evitar cogerle de la mano, apretándosela fuertemente, cuando los payasos tomaron la pista.Mientras los pequeños no dejaban de reírse sintió como su marido se inundaba de aquella melancolía casi olvidada.

De regreso a casa, Stefan les contó a sus nietos cómo una vez él también fue un payaso, y para demostrárselo, después de cenar, comenzó a buscar su nariz.No conseguía encontrarla hasta que su mujer la sacó de aquel cajón donde un día quedo olvidada.

Sintiéndola en su mano el tiempo desapareció, y al ponérsela y ver cómo le miraban los pequeños actuó con la misma emoción de aquel primer día en su circo.

Aquella noche lo cambió todo realmente. Escuchar los aplausos y las risas de sus nietos y su mujer, alegraron tanto su corazón que, aunque reconociendo que era tarde para embarcarse en un circo, supo que no lo era para robar sonrisas.

¿Sabeís? Comenzó haciéndolo aquí, en mi barrio.

A veces Carmen se sienta cerca de nosotros y observa a su marido con orgullo, mientras el finge estar triste porque una joven, al verle de rodillas y con una flor en mano, no ha aceptado su propuesta de matrimonio.

No hay quien pueda evitar sonreír al verle actuar. Desde luego las tardes de Primavera en este lugar no serían lo mismo sin él.

Terminadan la función, cuando comienza a caer la noche y volvemos a casa, vemos como Stefan y su mujer, cogidos de la mano, ponen rumbo también a su hogar.

martes, 21 de diciembre de 2010

FELICES FIESTAS PARA TODOS.

Os deseo a todos unas Felices Fiestas, que todos vuestros deseos se cumplan antes de que termine el año. Pero si no es así, no os preocupes que rápido vendrá el siguiente para hacerlos realidad.

Un besazo y un Cuento.


EL ESPIRITU DE LA NAVIDAD





Habéis de saber que bastará tan sólo que uno de vosotros albergue en su corazón el deseo de sentirla, para que esta noche abra sus ojos y de nuevo despierte.

Nunca llegué a contemplar el instante, pero sí creí desde niña en aquel cuento…

Existe un bosque de grandes abetos cubiertos de nieve que custodian, como fieles guardianes, un panteón tallado en hielo.

En su interior, ella duerme resguardada del paso del tiempo.

Pues fue el tiempo quien la condenó a su sueño, y quien permite realmente su breve desvelo.

El por qué de su condena, perdonadme, me lo reservo…

Pero no os apenéis por ello.

Mientras duerme plácidamente, sus sueños se alimentan de la pasión y el cariño que entregó a las almas de los que una vez la vivieron.

Sí, es un espíritu extraño, delicado, frágil, casi tanto como el agua transparente que congelada formó su mausoleo, y que sólo se abre para darle paso en ese mágico momento.

Quizás hoy será el vuestro.

Como un reloj oirá un corazón latiendo y, contagiado de su armonía, el suyo renacerá dando la orden para que comience este evento.

Algunos seres mágicos cobrarán vida para ayudarla y oyendo su tic tac acudirán a su encuentro.

Duendes, hadas, espíritus libres que fundiéndose con ella ayudarán a que su breve misión llegué a buen término.

Así que si veis sonreír a algún muñeco de nieve, no habéis de tenerle miedo, pues es seguro que ha escuchado su sonrisa atravesando el viento.

¿No os contagiaréis de ese sentimiento?

No podréis verla pero sí percibiréis su aroma dulce mientras danza cerca de vosotros y, con la alegre música que la acompaña, volveréis a ser niños acordándoos de su primer beso.

Hasta la luna brillará más por ella para alumbrar su advenimiento. Bajo su luz, con su sonrisa, dará su bienvenida a todos los nuevos.

Aunque… por qué no, este es mi cuento, también derramará lágrimas por los que se fueron.

Así que si la encontráis y sentís el deseo de compartir esta gracia con todos los que amáis, no dudéis en hacerlo.

Pero daos prisa y felicitar las pascuas porque cuando después de su danza, se entregué otra vez a su sueño, llegará otro espíritu, ocupando su lugar, el del año nuevo.

sábado, 18 de diciembre de 2010

EL PECADO NO ESCRITO, LA CARTA SIN NÚMERO.



Imagen de Calavera y Diablito.

Las sombras siempre fueron sólo eso, sombras.

En este viaje intenté serlo, desprendiéndome de mis alas llenas de luz, paseando entre pecados, portando su túnica negra.

No todos estaban escritos…

¿Quién dibujaría o escribiría el que falta?

Pensé en la tristeza del alma, en la mentira, la hipocresía y tantas otras conductas que les dan paso y les acompañan.

Al final… me olvidé de la fe. Sí, me olvidé. Ese es mi gran pecado.

CONFIESO…

No temeré nunca a la oscuridad que me rodea pues hasta en mi infierno yo cree mi cielo y mi propia luz.

Sí, me condené, quizás, desde el mismo momento de mi nacimiento, al sentir la imposición de unos límites como engaño a mi devoción, pues los ejemplos a seguir no fueron buenos, y hoy vivo rodeada de esos pecados.

¿Quién está libre de ellos?

Nunca fui inocente… ABANDONÉ MI CREDO, aunque a mi favor diré, que en la renuncia traté de alcanzar la honestidad con cierta moral, y los tuve en cuenta.

Los pecados, en su justa medida…

Podréis tacharme de oscura aún cuando mis palabras siempre fueron claras. Mi oscuridad nunca fue del todo un pecado, tan sólo un refugio.

Aunque sí, siempre guardé en ella algo para mí, y en eso quizás pequé de AVARICIA al no querer compartirlo con nadie. Pues nunca nadie realmente supo cuál fue su origen, su inspiración…

También SOBERBIA, pues no permitiré que nadie me arrebate esa idea, la que me hace soñar, escribir y ser en parte yo. No me oculto.

LUJURIA. Porque no concibo mi sexo sin una de sus caricias. Una caricia sutil, sin extremos, ya os lo he dicho, cada pecado en su justa medida.

ENVIDIA, de emociones aún no sentidas y que me hacen pensar cuánto camino me queda aún por recorrer, en el tiempo, en mi vida.

GULA, de aprender… No me canso de gastar el tiempo. Por eso eliminó de mi lista la PEREZA, aún cuando hay días que cuestan…

Y por último, el que no pronuncio no existe, aunque a veces siento como ruge cuando soy testigo de lo que considero injusto. Acallarlo es complicado.

Os lo dije nunca fui inocente.
Y quién este libre de pecado...








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miércoles, 15 de diciembre de 2010

EL SEPTIMO. LA IRA





No lo hagas.

Cállate, necesito gritar. Voy a hacerlo.

No, Cálmate, respira hondo, tienes que controlarte nos ha llevado mucho tiempo llegar hasta aquí y lo sabes perfectamente
.

Es como si la sangre en mi cuerpo comenzará a hervir y sé que cuando llegué al cerebro no podré controlarla y se hará conmigo.

Piensa en otra cosa, aléjala de ti.

No puedo. No me siento bien, me ahogo por dentro ¿no lo escuchas?

Sí, escucho tu sangre.

No, mi sangre no, a ella. No oyes sus gritos y sollozos. Nadie hace nada y yo estoy a punto de bajar y matarlo.

No podemos meternos, serénate.

¿No podemos? ¿Ya no recuerdas cuando era a mí al que golpeaba?

Él no es tu padre.

¿No recuerdas cuando llegada la noche escondido debajo de mi cama lloraba, sin sentir el frío, pensando que era lo que hacía mal? ¿Cuántos años tenía entonces?

Cuatro o cinco, creo.

Fue hace mucho tiempo. Tienes que intentar dejar de lado aquello de una vez.


Otra vez, la ha pegado otra vez.

Recuerdo cuando cumplí diez años. Mi madre me preparo una tarta y cuando llegó él y nos vio riéndonos, se sentó con nosotros. Por un momento al verle sonreír me sentí casi feliz. Pero entonces se levantó y comenzó a golpearnos, y yo no dejaba de preguntarme ¿Por qué?

Viendo a mi madre en el suelo inconsciente, juré que le mataría, pero el desgraciado se fue. Pasaron años hasta que un día volvió y ella le abrió otra vez la puerta.

Decía que había cambiado pero ese mismo día…

De nuevo, ¿No lo escuchas? LA VA A MATAR.


¿Dónde estás? ¿No tienes nada que decirme?

Estoy aquí, siempre estoy aquí contigo.

Ya no puedo soportarlo, Lo voy a hacer, tengo que hacerlo.

LO SÉ, HAZLO, MÁTALE DE NUEVO.




Marginados que viven en el odio
Alimentados únicamente de él
vestidos con su propio desprecio
delirando con un mundo hostil.

Sin duda el que siempre más odié
Y al que menos conseguí entender.



"La razón trata de decidir lo que es justo. La cólera trata de que sea justo todo lo que ella ha decidido"

Séneca






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lunes, 13 de diciembre de 2010

EL SEXTO. LA ENVIDIA.




Imagen de Calavera y Diablito.


Como un nido de cucarachas que fue creciendo en tu interior, así era la ENVIDIA que te corroía…

¿En qué momento la hiciste parte de ti, alimentando con ella tus cobardías y desconfianzas?

Tus entrañas comenzaron a pudrirse verde expiando ¿Y tú? Sin aceptarte, sin soportar tu imperfección, fijando tu atención en los demás, tratando de agotarlos, de extinguirlos…

Cucarachas que en hilera fueron recorriendo tus venas nutriéndose de tu ponzoña agria.

En un principio te conformaste con imitarlos, acercándote sigilosamente a sus vidas, regalando falsedades en halagos, tratando de que nadie te descubriera. Hipócrita.

Después, apareciendo y desapareciendo, y volviendo a aparecer para acecharlos aún más, tratando de imponerte a ellos como un fiel depredador devoto de su inseguridad; intentando convencerlos de tu inocencia, engañándolos, y todo por envidia.

Laceraste tu propia mirada al comprobar que tus intentos a muchos no les ensuciaban, a pesar de tu deseo por dañarlos, porque ellos miraban tus ojos y sólo veían cucarachas que caminaban lento, despacio, expectantes.

No pudiste desprenderte de ella, ni siquiera lo intentaste. Su aroma fue impregnando hasta tu sombra. La envidia siempre tuvo ese olor a podrido.

Si tan sólo te hubieras conformado con ser tú, quizás hubieras logrado alcanzar tus propios sueños, sin querer absorber en tu codicia el de los demás.

Pero las cucarachas hicieron bien su trabajo envenenando lentamente la poca compasión que quedaba dentro de ti. Y cuando por fin lo consiguieron, tu pecho cobarde se abrió para ellas.

Aún hoy, te prestas a seguir tu camino, sin sospechar que ELLAS anuncian tus pasos.



Guardar el rencor de la imperfección
sacrificar tu propia fe, tu esperanza,
renegando del sol que te alumbra ,
obsesionándote por la luz de otros

Aprender : Nunca Podrás liberarte

Olvidar: con tu maldad, imposible


ENVIDIA… ARMA DE LOS INCAPACES




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viernes, 10 de diciembre de 2010

EL QUINTO: LA VANIDAD.




Imagen de
Calavera y Diablito.




Te contemplo…

No eres tan hermosa como te crees, a pesar de lo que la gente te diga.

¿Tu cabello? No está del todo mal. Pero mira tus ojos, están tristes, apagados, sin luz, con unas ojeras que siempre tratas de ocultar sin mucho acierto ¿verdad?

Y qué labios… Secos como tu persona, sin vida. Deberías elegir otro color, el carmín que llevas no te favorece.

Además ni siquiera puedes disimular ya el paso de la edad. En tu rostro comienzan a aparecer las primeras arrugas que tanto te horrorizan, tanto como tu vientre flácido.

Parece que no te sientan bien mis palabras, querida amiga. No te enfades, solamente trato de ser sincera contigo. Deberías cuidarte más, como yo.

Sé que lo intentas buscando la adulación, que eres de esas vanidosas que les gusta ir a la peluquería sólo para sentir la envidia del resto de mujeres que esperan ser atendidas. Ellas mal vestidas, mal peinadas...

Sí, desearías deslumbrar a todo el mundo, jugando con esa provocación que tan bien dominas, pareciendo del todo inocente, aunque las dos sabemos que no lo eres, creyéndote única, especial.

Me das pena, y en el fondo de mi corazón te compadezco. Parecerse a mí es totalmente imposible.

Todavía no he encontrado a nadie que consiguiera hacer de mí una sombra; que despertara en mí un ápice de inseguridad en la belleza que me envuelve.

¿Tú? Tú eres diferente. A ti te tengo que ver todos los días. Estamos condenadas la una a la otra, lo quiera yo o no.

Lo sabes perfectamente, necesitas mirarme cada día, incluso dos o tres veces, y hasta cuatro.

Y te engañas. Eso es lo que más me divierte. Nunca llegarás a parecerte a mí.

Aunque te gustaría y eso te corroe por dentro a pesar de tu falsa sonrisa.

Hoy me besarías tratando, en tu falsedad, de hacerme desaparecer. Pero a mí no me puedes engañar.

Sí, claro, ahora huye, vete, inténtalo de nuevo, pero te será imposible, y cuando te des cuente volverás a buscarme.

Ya sabes dónde estoy. Siempre en el mismo lugar. Nunca me oculto. Sólo tienes que mirar y si reúnes el valor suficiente, atravesar este espejo que nos separa, hasta llegar a mí.

Aún así… tenerme más cerca no te hará ser yo.





No me vanaglorié de ser hermosa
y sin embargo ostenté la belleza,
la presunción de que lograría todo
pues mi modestia resultó vencida
Por aquellos que creyeron más allá.

¿ Persuasión?

Sí, una fantasía adorada por fausto


“Alejaos de mi, no ayuda la fe, no ayuda el conocimiento, todo es vanidad”




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martes, 7 de diciembre de 2010

EL CUARTO. LA PEREZA.



Imagen de Calavera y Diablito.



…Pero yo ya no estoy y vuelvo a mi cama. Me tapo con las sábanas y cierro aún más los ojos.

Con un poco de suerte dormiré hasta mañana…

… Pereza … Pereza … Pereza … Pereza …

Aburrimiento…

Abro los ojos…

Una pequeña luz se filtra entre las pequeñas aberturas de la persiana. Tendría que haberla bajado mejor.

Ya amaneció, pero no tengo prisa por empezar el día. Quizás hoy ni salga de aquí, de esta cama.

No sé cuánto tiempo pasa, quizás horas, y escucho el teléfono.

Seguro que es mi madre. Habrá llamado a la Universidad y le habrán dicho que hoy tampoco me presenté a trabajar. Ahora llamará cada media hora o cada veinte minutos.

Pero no voy a responder, no tengo que darle explicaciones y no me apetece que esté continuamente preguntando qué me está pasando, porque lo haría, estoy segura.

Mejor me giro, acurrucándome entre mis sábanas, y trato de seguir durmiendo…

Otra vez el teléfono…

No se va a cansar, y al final me va a obligar a levantarme y a desconectarlo.

Quizás sea lo mejor.

Así que me levantó, y de paso aprovecho para darme un baño.

Me gusta que el agua cubra mis oídos y oírlo todo y no oír nada. Y me dejo llevar…

Cómo puedo explicarle lo que me está pasando si ni yo misma lo sé.

Bueno, sí lo sé. No tengo ganas de nada.

Antes no era así. Todos esperaban lo mejor de mi persona y por ellos lo hice. Pero de repente me di cuenta de que aquel no tenía que ser el motivo.

Ahora no encuentro mis razones, y todos siguen a la expectativa, y yo, vacía.

Incluso hubo quien me llamó genio. Si vieran al genio ahora desnuda en su bañera…
No, ni siquiera buscaré justificaciones para mi desgana.

Mejor me sumerjo unos segundos completamente en el agua…

Me gusta que el agua cubra mis oídos y oírlo todo y no oír nada. Y me dejo llevar…


Pero ya comienza a enfriarse, así que salgo y me pongo mi albornoz azul celeste y voy a la cocina a comer algo.

Tengo la nevera casi vacía, pero hoy no iré tampoco de compras. No necesito mucho, unos cereales y un poco de leche bastarán.

Mientras trato de llevar la cuchara a mi boca, suena el portero automático.

No creo que se haya atrevido a venir.

Sí, probablemente lo haya hecho.

Escucho como alguien la ha abierto, seguro que la vecina del piso de abajo.

Oigo sus pasos nerviosos subiendo por la escalera y como se acerca a la puerta.

Primero tocará el timbre dos veces, luego comenzará a golpearla.

“Sé que estás ahí hija, abre, abre la puerta”.

Pero yo ya no estoy y vuelvo a mi cama. Me tapo con las sábanas y cierro aún más los ojos.

Con un poco de suerte dormiré hasta mañana
.

… Pereza … Pereza … Pereza … Pereza …

Aburrimiento…

Abro los ojos…

Una pequeña luz se filtra entre las pequeñas aberturas de la persiana. Tendría que haberla bajado mejor…




Dejarse hasta que el vacío lo es todo…
como un río que malgastó su agua
y aún así siguió dibujando el terreno
trazando líneas desiertas, sin vida.


Abandonarse a instantes perdidos…
sin dejar que la lluvia te despierte,
esa lluvia que un día consiguió llenarte
y que hoy se pierde por tu inercia.


DESPIERTA PEREZA…




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miércoles, 1 de diciembre de 2010

EL TERCERO. LA AVARICIA.




Imagen de Calavera y Diablito.



Tomás de Aquino escribió “La avaricia es un pecado contra Dios, en el que el hombre peca al condenar las cosas eternas por las cosas temporales”.

¿Eternidad? ¿Quién la quiere? Cuando el fin de mis días estaba próximo la codicié pero después me di cuenta de que nada de lo que yo atesoraba podría hacer que la consiguiera.

La verdad es que no hubiera estado mal, una eternidad para conseguirlo todo… No, no hubiera estado nada mal. Y hubiera pagado cualquier precio, porque la verdad puedo pagarlo.

Aunque ahora que lo pienso, supongo que este Tomás se refería a una eternidad sin nada, en cuyo caso, que se quede él con ella, con la nada, y a mí que me deje que me muera con todo lo que tengo.

Sí, todos venimos a este mundo, desnudos, pero luego unos visten mejor que otros.

Yo, de niño vestía muy mal. No soportaba la pobreza en la que vivíamos, los zapatos desgastados de mi madre, los pantalones zurcidos una y otra vez.

Ella siempre dando gracias cuando algún vecino se dedicaba a hacer caridad con nosotros. Siempre al servicio de los demás, trabajando por nada…

No os podéis imaginar el asco que sentía cuando tenía que llevar la ropa de otro.

Cuando murió, supe que tendría que salir de allí, no para ser feliz, no, sino para construirme a mí mismo y conseguir más que todos los que me rodeaban. No quería volverme a sentir inferior.

Pobre mujer si supiera lo desleal que fui con mis hermanos. Ni sé que fue de ellos, cogí lo poco que se podía vender y me largué de allí.

No fue fácil. Al principio tuve que llevar una doble vida, por un lado trabajar en lo que fuera y por otro aprender, estudiar: idiomas, arte, economía, sociedad…

Cuando tuve creado el personaje, haciéndolo completamente mío, lancé mi engaño al mundo de los ricos: Un huérfano adinerado con mucha educación que rápidamente fue acogido en las altas esferas. Claro que también ayudó conquistar a la infeliz hija de un potentado y casarme con ella.

Su padre siempre tuvo recelos de mí, pero en el fondo le hice un favor y él a mi cuando me condecoró con ser su mano derecha (supongo que para tenerme vigilado).No me importó, sólo tuve que esperar y observarle…

Cómo disfrute el día que murió y me hice con el control de todo.

Comencé a llevar la vida que siempre había querido, buenos coches, buenas casas, cuadros con firma reconocida, y sobre todo, buena ropa, la mejor. Todo era poco, y cada día que pasaba quería más, sobre todo cuando en mi camino me encontraba con alguien que tuviera algo que yo no tenía.

¿Sabéis? El mundo de las finanzas se aprende rápido si no tienes escrúpulos y sabes cómo emplear realmente el dinero.

TODO. LO QUERÍA TODO...

¿Mi mujer? Ella sólo quería el título de esposa; se lo di, y cuando no necesité de nadie para poder alcanzar mis objetivos, me deshice de ella.

Tranquilos, no la maté.

Nunca entendí a las mujeres, la verdad, pero de igual modo que con las riquezas hubo a más de una que ambicioné como objetos que robar a sus dueños. Y robé, asalté, traicioné por tenerlas. Luego, cuando por fin las conseguía, dejaban de importarme, ya había obtenido todo de ellas y fuera de dos momentos de placer sexual no necesitaba nada más.

Un día de camino a mi oficina, parado en un semáforo, vi a un hombre trajeado con la corbata más impresionante que había visto nunca.

Aparqué y le dije que cuánto dinero quería a cambio de aquella prenda. Me dijo que era un regalo de su mujer en su primer aniversario y que no estaba en venta.

Erró su respuesta. Todo, todo en esta vida está en venta.

Le seguí, averigüé quien era, y se la quite, a su mujer, y luego ella me regaló aquella corbata. Todavía la tengo.

Seguro que no lo entendéis ¿Cómo podría explicarlo? ¿Alguna vez quisisteis algo que sabíais que no podríais tener? Los cobardes renuncian. Yo no. Y hago lo que sea por tenerlo. Pero voy más allá, hago lo que sea por tener lo que yo ambiciono y lo que ambicionan los demás.

Creo que morir tampoco está tan mal, y además ya tengo preparado mi funeral, hasta el traje y zapatos que llevaré. Será único. La pena es que mi panteón dorado no valdrá mucho una vez que haya muerto, pero entonces supongo que ya nada me importará porque no puedo llevarme todo lo que tengo conmigo.

¿Quién quiere la eternidad sin nada?

No soy tan codicioso.



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Enturbias con usura mi afán
condenándome con anhelos

Codicia me llaman…

Pero quién no me ambicionó,
quién no soñó con poseerme.

Quererlo todo…

Desear algo con toda tu ansia,
que te duela el alma amarilla

Ambicionar tal vez…



¿AVARICIA?



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lunes, 29 de noviembre de 2010

EL SEGUNDO. LA GULA.





Normalmente no suelo traer aquí relatos espeluznantes. Pero hablar del pecado de la gula conduce mi mente rápidamente a esta historia, que hasta se podría clasificar de atroz.

Fijaros que es curioso, porque de todos los pecados, quizás éste es el que mejor aceptación tenga entre las personas. Hasta inspira compasión. Pero después de que os narre la historia de Roger, seguramente vuestra opinión cambiará.

Roger había nacido en el seno de una familia cristiana que practicaba con severo rigor los ritos del catolicismo.

Siendo un bebé ya despuntó su glotonería; parecía que nunca estaba satisfecho con el alimento que recibía de su madre.

Claro está, en ese momento, su familia no pensó que con tan sólo unos meses su hijo estuviera pecando; todo lo contrario, estaban convencidos de que Roger se convertiría en un joven de gran fortaleza. Por eso siempre acababan satisfaciendo esa necesidad.

Pero cuando comenzó a crecer se convirtió, para su vergüenza, en un niño rechoncho que siempre andaba merodeando en la cocina en busca de algo que llevarse a la boca.

Hasta le llevaron al médico que les aconsejo no darle demasiada importancia al asunto, y que tratarán de modificar un poco su alimentación haciéndola más saludable; obligándole también a practicar algún deporte.

Pero de nada sirvió. Todo lo contrario, el hambre de Roger fue a peor.

Por la noche cuando ya no se escuchaba ningún ruido en la casa, aprovechando la oscuridad y la quietud, bajaba a la cocina y se hinchaba a comer hasta quedarse satisfecho, sin pensar en que al día siguiente sus progenitores le reprocharían su conducta, gritándole, insultándole, llamándole gordo.

Cuánto más le gritaban, más hambre sentía. Un apetito, imposible de calmar. Ni él mismo lo entendía.

Pronto empezó a hacerse famoso en el vecindario. El resto de niños se burlaba de él, Pero no sólo ellos.

La humillación de los padres fue en aumento. Incluso los domingos, cuando acudían al servicio de los domingos, sentían como todos les miraban, y es que con trece años ya era más grande que cualquier hombre adulto. Era algo que no podían soportar; ser el hazmerreír.

Fue entonces, cuando la madre, en pleno estado de desesperación, acudió al sacerdote de su parroquia pidiéndole ayuda, y éste espantado afirmó que la conducta de su hijo rozaba el pecado claramente, haciéndole responsables a ellos que eran los encargados de su sustento.

Aquel día, cuando regresó a casa y vio a su hijo sentando en la mesa de la cocina comiendo las sobras del día anterior, comenzó a golpearle con rabia “Esto es lo que tendrás si te vuelvo a ver comiendo algo más de lo que yo te dé…”.

Pero lo único que consiguieron maltratándole es que Roger, al verse privado de lo que más le gustaba, se sintiera enfermo y se obsesionara aún más.

Incluso en el colegio, abusando de su tamaño, robaba los almuerzos a sus compañeros y les quitaba el dinero para comprarse todo tipo de dulces y alimentos que sus padres se habían negado a tener en casa.

De nada sirvió que su madre por las tardes le recitará una y otra vez los proverbios que sentenciaban su conducta, ni siquiera sus palizas... Eso no hacía más que enfurecerle aún más. Hasta el punto que un día fue él el que la empujo y la golpeó.

“Es que no entiendes que tengo hambre”

Enfrentándose a la conducta de su hijo, los padres decidieron encarcelarle, hacerle prisionero en su habitación, privándole al máximo del alimento, hasta que se diera cuenta de que tendría que desprenderse de su gula.

Como un preso, encadenado a su cama, recibía sus raciones de comida mínimas que no hacían más que hacerle pensar en todo lo que no estaba comiendo.


... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...

... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR...

... EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...

A la semana de su cautiverio, sus padres comprobaron como Roger parecía más calmado e incluso había bajado bastante de peso, y decidieron mantenerle por más tiempo allí enclaustrado. Creían convencidos que le estaban salvando.

Roger no les habló…

... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...

... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR...

... EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...

Pasaron aún algunas semanas hasta que una vecina comenzó a preocuparse. Llevaba mucho tiempo sin ver a la familia. Así que se acercó a la puerta de entrada y sintió un olor putrefacto.

Asustada, llamó a la policía.

Roger desde el principio supo perfectamente cómo acabar con su problema.

Habían pasado diez días desde que sus padres le habían encerrado, y aquella noche SE LIBERÓ CON LAS HERRAMIENTAS QUE MAS AMANO TENIA...SUS DIENTES, de igual manera que los uso para deshacerse de aquellos que vetaban sus fines.

Sí. Devoró parte de su mano para liberarse de sus ataduras, y una vez liberado, mientras dormían, de igual forma mató a sus padres y los fue engullendo hasta que no pudo más, y aún así continuó sin parar hasta que su estomago reventó y murió junto a sus restos.

... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...

... NO HACÍA MÁS QUE PENSAR...

... EN TODO LO QUE NO ESTABA COMIENDO...



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Cómo poder explicarlo…

Desgastar la ansiedad por devorarlo todo,
masticarla, ensalivarla, engullirla entera,
hartar el vacío de las entrañas condenadas.

Un imposible en mi…

Siento inalcanzable sentirme satisfecho.
No , no creeré en la abstinencia impuesta
Ní acataré aquellas limitaciones escritas.

Llamarme Pecador...




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jueves, 25 de noviembre de 2010

EL PRIMERO. LA LUJURIA.






VALE, TE CONFIESO QUE HE PECADO.

¿Es lo que querías oír? ¿Te sientes ahora mejor? ¿Has calmado tu conciencia?

¿La condena…? Me rio, y no vayas a escandalizarte.

Nunca la temí porque desde el momento de mi nacimiento supe que estaba maldita, y no me importó. ¿Quién crees que me engendró? Mírame bien y responde. Fue ella, mi madre. Ella fue el origen. Y el tuyo también.

No me hables de Dios…

Si quieres que siga contándotelo, no me hables de Dios.

No ansío el perdón de nadie, y menos de él. Simplemente te lo cuento porque estoy asqueada de tanta censura hipócrita que me rodea.

¿Que Cómo es? ¿A qué te refieres? ¿A pecar o a ser una maldita?

No sabría explicártelo pues al principio ni me lo cuestionaba.

Fue hace tiempo cuando alguien que deseaba me etiquetó de enferma. Sí entonces me plantee si realmente lo era; una enferma, no una pecadora ni una maldita.

Incluso intenté olvidarle, alejarle de mis pensamientos.

Pero llevo a mi madre tan dentro… que respirar me dolía si no era imaginando su sexo en mi interior. Después desee otros. He perdido la cuenta.

Sí. El deseo punzaba mis entrañas de una forma angustiosa. Pero reconozco que disfrutaba con ese dolor inagotable y todas las sensaciones que le rodeaban. Así que supe que no estaba enferma y decidí no reprimirlo, y saciarme…

Sí. Satisfacerme, buscando lo que necesitaba, completamente sedienta, hambrienta. Y esa búsqueda lo fue todo.

La noche era el mejor momento. Desnuda, trataba de atormentar sus desvelos. Les sometía a mi voluntad llena de mi lascivia y les hacía creer que me sometería a las suyas.

Pero las suyas… las suyas nunca fueron tan fuertes.

Llego un momento que comprendí que era imposible calmar mi alma oscura y cada día que pasaba quería más.

Mi cima: alcanzar un dominio sexual sin ningún tipo de restricción.

Y hasta hoy he continuado la búsqueda de ese ser que me codiciara con igual apetito que el mío. Hoy te encontré a ti, me buscaste, pero lo siento, tú no eres, aunque no estuvo mal.

¿Qué cómo me llamo?

Soy la hija de Lilith, de la madre expulsada, con eso te basta.

Pero antes de que te vistas y te vayas, mírame…

No seas hipócrita, sé que te ha gustado.

¿Tienes algo más para mí?


…………………………………………………………………………………………………………………………………………………


No me temas…

Sólo encierro en mí el deseo de la noche,
la lujuria de mi sexo que ya no entiende…

La Oscuridad… YO…

Anoche me encontré envuelta en sus brazos
y aunque hubiera escapado no pude negarle…

A veces soy débil…

Pero solo me entrego en momentos fugaces,
mi sexo vivo no me permite doblegarme más

Me has buscado…

Pero no profanaré mi condición de oscura
ni expiaré culpas porque no me avergüenzo




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lunes, 22 de noviembre de 2010

LOS PECADOS CAPITALES. INTRODUCCIÓN.






Hoy me envolveré con una túnica oscura y larga.

Cubriré mi cabello, ocultaré mi rostro, para así poder caminar libremente entre vuestras imperfecciones y culpas sin ser reconocida. Como una sombra más…

En mi búsqueda, abriré y descubriré siete puertas, siete cajas, siete libros, siete cartas… Al final entenderéis que no fueron siete.

No me temáis por la vestimenta que porto, pues no juzgaré ni castigaré vuestros pecados.

Lo sé...

Habrá quien se crea inocente aunque en su ignorancia ya fue condenado; también quien desde su nacimiento fue declarado maldito sin tener culpa; aquel que nunca llego a saborear realmente la caricia de la tentación, y por qué no, el que se cree vivir comulgando de pecados sólo escritos pero no vividos.

Y pecadores…

Pero seréis vosotros quienes lo decidáis y creareis su infierno.

La tentación… ¿Quién alguna vez no fue tentado? ¿Quién no se sintió seducido por un deseo prohibido? ¿Quién no ambicionó estallar su cólera y alimentarla?

Mi primera confesión. Dejé de creer en quién continuamente me recordaba mi imperfección, con la falsa esperanza de enmienda en un cielo que ya hice mío al venir a este mundo impío.

¿Quién determina donde empieza y termina un pecado?

¿Sacrilegio, blasfemia?

No. El mío no está todavía escrito. No, no lo está. Tan cierto como que en mi no encontraréis en estos cuentos el destello de lo que una vez fui.

Perdí mis alas.

Sí. En estas noches que os traigo portaré otra oscuridad que encubrirá mi trabajo, una toga negra que al final caerá convirtiéndome quizás en pecadora, y no juez.

¿Quién no tendrá miedo y me acompañará?

Quizás tú, el que siempre observa desde lejos… ¿Serás tú?

Se acerca el primero…





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miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL CUENTO Nº91 DE LA LUNA OSCURA. DE FANTASMAS... PENSANDO EN LA LUNA OSCURA.




Aquella noche sentí como la brisa arrastraba una melodía y entre notas pronunciaba suavemente mi nombre.

Aún dormida en mi sueño eterno, me deje llevar dulcemente por ella, por la brisa…

Elevándome, flotando etérea…

Un instante o dos, y noté su luz sublime sobre mis párpados. Aquellos destellos que una vez lo fueron todo.

Lentamente, abrí mis ojos y en la emoción de ese tiempo fugaz, volví a contemplar la luna.

Nunca la oscuridad dolió tanto en su ausencia…

Quise alcanzarla con mis dedos, atraparla para mí, y en el intento mis cabellos, agitados por el viento, ocultaron mi rostro alejándome de ella.

Y bajo mis pies, el mar, y su reflejo perfecto.

Intenté pedirle al compañero de aquel extraño viaje, que descendiera conmigo y me dejará caer en la profundidad de aquel fuego blanco que ardía entre aguas; rogarle continuar mi sueño, dormida, en el fondo de aquel océano bañado en su sombra brillante…

Pero mi voz se perdió en algún momento, apagándose en segundos que ya no me pertenecían.

Sí. Mi alma se había olvidado en la quimera de un cielo hecho sólo para mí, un cielo imposible, y en mi egoísmo me enterré en sombras.

Mientras el espejismo de aquella ilusión comenzaba a desvanecerse, mis ojos muertos se llenaron de lágrimas.

Y continué dejándome llevar por ella, por la brisa… renunciando a la muerte.

Según iba avanzando mi noche, sentí como el viento iba llenándose de más brío, y en su empuje, el intento de combatir el dolor derramado en mis mejillas.

La melodía que con aquellas notas frágiles había conseguido despertarme, comenzó a perderse a lo lejos, hasta deshacerse.

Y de ella sólo quedó un recuerdo, otro murmullo lánguido en el tiempo.

Como aquel mar… completo de su luz.

Nunca un llanto dolió tanto en mi pecho sin alma…

Comenzamos a descender, y pude contemplar como el paisaje se había tornado más oscuro.

Y, mientras me liberaba de mis lágrimas, sentí mis pies fríos sobre la tierra.

El viento cesó y tan sólo escuché el aliento que se escapaba de mis entrañas.

Miré a mi alrededor y aquel paisaje comenzó a resultarme familiar.

Y caminé... como si la noche condujera mis pasos, sin voluntad.

Quise mirar atrás, pero ya no quedaba nada, tan sólo un vacío sin color. Ni siquiera el viento me esperaba.

Y, de nuevo, me deje llevar aunque empecé a ser consciente de dónde me llevaría…

En el camino abracé en mi memoria cada árbol conocido, y en sus rugosidades, mi vida.

Y cuando por fi llegué frente a aquella casa, contemplé su jardín y supe que era el otoño quien realmente conducía aquella noche y mis pasos…

Las rosas...

¿Pensasteis alguna vez que sólo la primavera ofrece la belleza de las rosas?

¿Creísteis que sus espinas quedaban olvidadas tras una tarde de lluvia?

¿No sentisteis su dulce fragancia soñando serena en las noches frías bañadas de luz?

Yo sabía dónde me encontraba y que en esa casa, en una de sus ventanas, las rosas más valientes en otoño tientan con su hermosura.

Y su color enredador…. ¿No lo adivináis? El de la luna.

Acercándome despacio, descubrí que aquel año habían florecido más. Y supe que aunque el viento volviera para deshojar la suavidad de sus pétalos, ellas no mostrarían temor, pues ya triunfaron venciendo mi olvido.

Tratando de alcanzar su perfume, de recordarlo, sentí como aquellas flores seducían mi tristeza, recordándome que aunque los colores de mi alma se perdieron, aún en ella quedó un latido de vida blanco.

Y me acerqué aún más, casi rozando el cristal de aquella ventana.

Quizás ella había separado los tules de su cortina para dormir contemplándolas.

Y la busqué entre sombras…Hasta que la luna volvió para regalarme un reflejo.

Apenas pude contemplar su rostro escondido en aquel pecho y aquellos brazos que siempre la habían protegido y la habían brindado su calor.

Por un momento pensé que no lo volvería a ver…

Aquel rostro…

Pero entonces, la luna lo inundo todo y como si ella supiera de su presencia despertó también de su sueño…

Incorporándose desnuda se apartó los mechones de su cabello y por fin pude ver sus ojos.

Su piel, alejada de él, comenzó a sentir frío, pero aún así se acercó a la ventana, y arropándose con aquellos tules transparentes miró a través del cristal, atravesándome… perdiéndose en la oscuridad que había tras de mí.

¿Qué sentiría?

¿Qué Pensaría?

¿No notó mi ausencia en este tiempo?

¿No echo en falta su reflejo?

Y entonces... contempló las rosas ,y al alzar sus ojos se posaron en mí.

Vi como su mano llamaba a la mía y como las nuestras se juntaban sobre el cristal.

¿Quién derramaba lágrimas? Quizás, las dos.

Sí. Fuimos las dos.

Un instante más y el viento volvió meciendo las rosas, desprendiendo suavemente sus pétalos blancos…

Supe que era el momento de volver a esconderme en mi sueño hasta que ella volviera a querer saber de mí.

Mientras me alejaba, escuché entre pétalos un susurro perdido…

“Sí. Te eché de menos…

Mis noches nunca fueron igual sin ti, sin esta dulce melancolía…

Pero las dos sabemos que no siempre la luna fue oscura y que a pesar de todo en cada una de sus noches guardó un reflejo lleno de luz.

Hoy, te regalaré un último cuento y en él todos los que escribí pensando en ti.

Descansa en mis sueños, y quizás algún día…”


Título: De Fantasmas. Pensando en la Luna Oscura.

“Aquella noche sentí como la brisa arrastraba una melodía y entre notas pronunciaba suavemente mi nombre.

Aún dormida en mi sueño eterno, me deje llevar dulcemente por ella, por la brisa…
Elevándome, flotando etérea..........


sábado, 6 de noviembre de 2010

EL CUENTO Nº90 DE LA LUNA OSCURA. SIN TÍTULO POR EL MOMENTO. TERCERA PARTE.





En el camino abracé en mi memoria cada árbol conocido, y en sus rugosidades, mi vida.

Y cuando por fi llegué frente a aquella casa, contemplé su jardín y supe que era el otoño quien realmente conducía aquella noche y mis pasos…

Las rosas...

¿Pensasteis alguna vez que sólo la primavera ofrece la belleza de las rosas?

¿Creísteis que sus espinas quedaban olvidadas tras una tarde de lluvia?

¿No sentisteis su dulce fragancia soñando serena en las noches frías bañadas de luz?

Yo sabía dónde me encontraba y que en esa casa, en una de sus ventanas, las rosas más valientes en otoño tientan con su hermosura.

Y su color enredador…. ¿No lo adivináis? El de la luna.

Acercándome despacio, descubrí que aquel año habían florecido más. Y supe que aunque el viento volviera para deshojar la suavidad de sus pétalos, ellas no mostrarían temor, pues ya triunfaron venciendo mi olvido.

Tratando de alcanzar su perfume, de recordarlo, sentí como aquellas flores seducían mi tristeza, recordándome que aunque los colores de mi alma se perdieron, aún en ella quedó un latido de vida blanco.

Y me acerqué aún más, casi rozando el cristal de aquella ventana.

Quizás ella había separado los tules de su cortina para dormir contemplándolas.

Y la busqué entre sombras…

Hasta que la luna volvió para regalarme un reflejo.


Siento hacer esto pero continuará.
Un beso para todos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

EL CUENTO Nº89 DE LA LUNA OSCURA. POR AHORA SIN TITULO. SEGUNDA PARTE.




Según iba avanzando mi noche, sentí como el viento iba llenándose de más brío, y en su empuje, el intento de combatir el dolor derramado en mis mejillas.

La melodía que con aquellas notas frágiles había conseguido despertarme, comenzó a perderse a lo lejos, hasta deshacerse.

Y de ella sólo quedó un recuerdo, otro murmullo lánguido en el tiempo.

Como aquel mar… completo de su luz.

Nunca un llanto dolió tanto en mi pecho sin alma…

Comenzamos a descender, y pude contemplar como el paisaje se había tornado más oscuro.

Y, mientras me liberaba de mis lágrimas, sentí mis pies fríos sobre la tierra.

El viento cesó y tan sólo escuché el aliento que se escapaba de mis entrañas.

Miré a mi alrededor y aquel paisaje comenzó a resultarme familiar.

Y caminé... como si la noche condujera mis pasos, sin voluntad.

Quise mirar atrás, pero ya no quedaba nada, tan sólo un vacío sin color. Ni siquiera el viento me esperaba.

Y, de nuevo, me deje llevar aunque empecé a ser consciente de dónde me llevaría…


Continuará...

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL CUENTO Nº 88 DE LA LUNA OSCURA. SIN TITULO POR EL MOMENTO.





Aquella noche sentí como la brisa arrastraba una melodía y entre notas pronunciaba suavemente mi nombre.

Aún dormida en mi sueño eterno, me deje llevar dulcemente por ella, por la brisa…

Elevándome, flotando etérea…

Un instante o dos, y noté su luz sublime sobre mis párpados. Aquellos destellos que una vez lo fueron todo.

Lentamente, abrí mis ojos y en la emoción de ese tiempo fugaz, volví a contemplar la luna.

Nunca la oscuridad dolió tanto en su ausencia…

Quise alcanzarla con mis dedos, atraparla para mí, y en el intento mis cabellos, agitados por el viento, ocultaron mi rostro alejándome de ella.

Y bajo mis pies, el mar, y su reflejo perfecto.

Intenté pedirle al compañero de aquel extraño viaje, que descendiera conmigo y me dejará caer en la profundidad de aquel fuego blanco que ardía entre aguas; rogarle continuar mi sueño, dormida, en el fondo de aquel océano bañado en su sombra brillante…

Pero mi voz se perdió en algún momento, apagándose en segundos que ya no me pertenecían.

Sí. Mi alma se había olvidado en la quimera de un cielo hecho sólo para mí, un cielo imposible, y en mi egoísmo me enterré en sombras.

Mientras el espejismo de aquella ilusión comenzaba a desvanecerse, mis ojos muertos se llenaron de lágrimas.

Y continué dejándome llevar por ella, por la brisa… renunciando a la muerte.




Pdta. Y aunque no lo parezca. Continuará. Un beso para todos.

sábado, 23 de octubre de 2010

EL CUENTO Nº85 DE LA LUNA OSCURA. EL FIN DEL VIAJE POR EL ALMA. EL SUEÑO DE UN ANGEL...




Mi viaje comenzó aquí, ya hace algo de tiempo…

Hoy he vuelto para terminarlo, y tenía que ser en este mismo lugar. No había otra forma de hacerlo.

¿Lo recordáis?

Aquella noche la luna despertó en el viaje de su alma, llena de aquella nostalgia que tanto ahondaba en su sentir, la tristeza que le hacía ser única aunque a veces consiguiera olvidarla, la melancolía que nacía en su interior y proclamaba en brillos llenos de toda su luz.

Buscando el silencio regalado por instantes solo suyos, escuchó el sonido de lágrimas que eran derramadas en la sinceridad de una emoción que en sus noches cobraba vida, y así llegó de nuevo hasta un jardín de piedra donde pudo observar a un ángel en forma de mujer que caminaba lentamente.

En aquel lugar apagado en sombras, fue testigo de cómo a cada uno de sus pasos, la dulce humedad derramada por los cálidos ojos de aquel ser, regaba aquella tierra oscura alimentándola con sus propios latidos y consiguiendo fecundar en ella una maleza de un verde tan intenso como el color de aquellos ojos.

Compartiendo aquel momento, la luna quiso regalarle el más hermoso de sus esplendores guiando aquellos pasos, y fue testigo de cómo su búsqueda se llenó de un misterio que profanaba las reglas de otro cielo, mientras la maleza comenzaba a extenderse y a cubrir las lápidas olvidadas.

Nunca la luna había contemplado a un ángel llorar en sentimientos prohibidos.

Cerca del amanecer, aquella criatura extraordinaria encontró lo añorado y, sabiendo que aquella sería la última vez que desplegaría sus alas, se elevó gritando al cielo el amor que había sentido en su guarda.

Mientras descendía en su renuncia, pidiendo perdón, supo que para ella no habría nuevos amaneceres si no era con él.

Cuando por fin sus pies se posaron de nuevo en la tierra, sintió como su vida comenzaba a escapar suavemente y se recostó sobre la piedra fundiéndose en ella, tratando de sentirle por última vez.

Como si un sueño de paz le embriagara, pudo observar la luna como aquel ángel cerraba los ojos arropada por aquel manto lleno de nueva vida y prometió volver cada noche de nostalgia para regar aquel jardín con sus propias lágrimas y velar por el amor dormido en aquel sepulcro...

Pero la luna no cumplió su promesa.

Después de aquella noche sintió tanto dolor en su corazón que decidió continuar su viaje por el alma para ahondar en sus sentimientos y tratar de desprenderse de esa melancolía que tanto la entristecía.

Fue un viaje largo y en cada una de sus noches comprendió que nunca dejaría de ser luz y oscuridad en ella misma. Que la felicidad y la alegría de la vida la acariciarían también llenándola de un sentimiento vivo que palpitaría en su interior, que apaciguaría sus sueños...

Y que el amor… el amor añorado no siempre se bañaría en nostalgia.

Cuando por fin llegó a su destino y lo alcanzó, poniendo fin a su travesía, sintiéndose aún más viva, volvió a aquel lugar, y al hacerlo observó en silencio como aquel sepulcro apenas había cambiado, y aquel ángel que una vez baño su luz de lagrimas, permanecía recostado sobre la tumba de su amor.

Contemplando aquel rostro lleno de paz, la luna se sintió contagiada y aunque ya casi no recordaba cómo hacerlo, descendió serenamente a través de su luz.

Hubiera podido tentar a la magia y devolverla a la vida, pero era tanto el amor que esa piedra fría transmitía, que se negó a sí misma el egoísmo de hacerlo.

¿Quién podría quebrar una imagen tan bella?

Sentándose a su lado acarició sus cabellos y su rostro, y una suave sonrisa se dibujó en su blanca luz al darse cuenta que aquel ser aún conservaba sus alas.

No. No las perdió.

Mientras besaba delicadamente su mejilla se prometió que ella no sería la que rompiese su sueño, y permaneció a su lado hasta que llegado el amanecer, el alba le recordó que había llegado su tiempo y se retiro sin miedo a quedarse dormida y volver a soñar...

Y hasta aquí llegó este viaje.

No puedo acabarlo, sin dar las gracias de nuevo a mis dos amigos, Rafa y Diablo que también viajaron conmigo, regalándome dos cuentos maravillosos que siempre guardaré y no sólo aquí.

Gracias por ser quienes sois, por animarme, por alentarme, por compartir algo más que simples palabras escritas en un papel…

Sí, gracias por vuestra amistad, y sobre todo por estar.

También tengo que agradecer a Julio Verne y a su obra “La vuelta al mundo en ochenta días” que me inspiró en el recorrido de este viaje.

Y también a todos vosotros que me habéis acompañado.

Habrá más viajes, seguro, y espero contar con vosotros, con los que lleváis conmigo desde el principio y con los que os habéis ido incorporando y compartís con esta servidora las noches de mi luna oscura.

jueves, 21 de octubre de 2010

EL CUENTO Nº 84 DE LA LUNA OSCURA. UN VIAJE POR EL ALMA. SHAMAIN.






El fin de la cosecha había llegado, y con él el astro sol abandonó aquel lugar haciendo que las noches se tornasen más largas y que los viejos druidas iniciaran su camino hasta el sagrado bosque.

A pesar de la oscuridad reinante, la luna les fue indicando el camino hacia el momento mágico, la noche en la que el tiempo, violando todas las leyes existentes, permitiría que la distancia que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, se desvaneciera.

La gente de aquel lugar sabía que la rueda de la vida comenzaba a marcar el fin, pero también que pronto llegaría un nuevo comienzo, y con alegría fueron preparando y adornando los altares.

Incluso los niños participaron de los preparativos, dejando manzanas y nueces para los espíritus perdidos...

Mientras, ya en el bosque, entre cánticos, ellos dispusieron la gran hoguera con troncos de madera impregnada del olor de la salvia y la menta.

Hasta la mandrágora, paciente, esperó el ritual en el que los llamarían, y aguardó con sus conjuros secretos.

Al llegar el día de Shamain, los druidas se vistieron con sus mejores túnicas y cuando percibieron en el aire que la gente del pueblo comenzaba a encender las velas en las ventanas de sus casas, prendieron el gran fuego y entonando los himnos sagrados en círculo, comenzaron a llamarlos.

Una vez despiertos del largo letargo, el impulso de la añoranza de lo que una vez amaron les hizo sentirse de nuevo vivos y caminando lentamente se dirigieron hacia sus hogares, excepto los viejos ancestros que permanecieron junto a la hoguera para compartir la magia con los que una vez fueron sus discípulos…

Enai, aquella noche recordó su nombre y mientras sentía de nuevo la tierra húmeda bajo sus pies se preguntó si él la estaría pensando, pues llevaba tiempo sin oír su voz.

Al llegar cerca del pueblo, tuvo el deseo de acariciar la vieja cruz de piedra pero al intentar hacerlo, su mano resbaló en la imagen y por un momento pensó que seguía dormida, aunque todo le resultaba real.

Cerca del viejo camino que conducía a su casa sintió una fría oscuridad. Las ventanas estaban cerradas. No había luz que aguardara por ella.

Y su hogar comenzó a desvanecerse ante sus tristes ojos, sin que pudiera hacer nada.

Trató de recordar, pero tan sólo llegaron a su mente vagos retazos de lo que fue su vida, tan frágiles como su figura etérea en aquella noche. Sólo el rostro de aquel al que una vez amó permaneció dentro de ella.

Sin saber dónde ir, volvió al bosque y cerca de la hoguera oyó su nombre, y bajo la luz de la luna le vió.

Era casi un anciano, pero ella supo que era él.

Él la había llamado y la esperaba.

Mientras se acercaba, por fin pudo recordar y pudo ver a una pareja de enamorados que en Shamain acudían al bosque para festejar el fin del año y el comienzo del nuevo.

“Elai ¿has vuelto a mí?

“Sí. Estoy aquí, de nuevo mi amor, como cada año y que esperanza siento al saber que no me has olvidado.”

Juntos, en silencio, permanecieron aquella noche uno al lado del otro hasta que el fuego comenzó a extinguirse al llegar el alba.

El año nuevo había llegado y habría que esperar su fin para que de nuevo se encontraran.



Mis queridos amigos, he aprovechado que mi viaje hacía una parada en Irlanda y que estamos en vísperas de Todos los Santos, para traeros este cuento. Espero que os guste.

martes, 19 de octubre de 2010

EL CUENTO Nº 83 DE LA LUNA OSCURA. UN VIAJE POR EL ALMA. LA LEYENDA DE FARKA.






Mi abuela siempre estuvo orgullosa de ser una descendiente del pueblo maorí, a pesar de la distancia que la separaba de su continente.

Recuerdo que siendo niña, las noches que mis padres salían y nos quedábamos solas, ella era la que me arropaba. En mi dormitorio descubría la ventana para que el reflejo de la luna quebrara la oscuridad que yo tanto temía. Entonces comenzaba a relatarme leyendas de su pueblo y los colores de su tierra iban envolviendo su voz.

Así supe de Rangi que era el cielo, y de Papa que era la tierra, y que en un principio ellos lo fueron todos unidos por un abrazo, que sólo fue roto por sus hijos, provocando la entrada de la luz en el mundo.

En los días de lluvia la pareja lloraba por su separación, y con ellos aprendí a escuchar en silencio el sonido de esas gotas.

Pero de entre todas las historias que ella me narró, una se ha quedado grabada en mi recuerdo, y hoy soy yo la que se la cuenta a sus hijos. Es la historia de la única guerrera del pueblo maorí.

Taimu, jefe de una de las siete tribus, era venerado entre los suyos por su sabiduría y por su valor y habilidad en el combate. Los pueblos rivales le respetaban y gracias a ello después de años de guerra su gente había vivido en paz.

Pero él sabía que cuando muriese todo cambiaría pues entre el resto de los miembros de su clan ningún guerrero compartía su destreza, y a su pesar, la vida no le había agraciado con un descendiente varón al que poder transmitir su legado.

Su única hija fue Farka, y aunque desde su nacimiento la amó, no pudo evitar sentir el fin de su dinastía y el de la paz.

Siendo testigo de cómo el resto de hombres enseñaba a sus hijos y viendo las ceremonias en las que los jóvenes se tatuaban el rostro y cuerpo en señal de su preparación, tomó una decisión, y tentando a Tu, el dios de la guerra, cuando su hija tuvo suficiente edad, rompió la tradición y la fue instruyendo en las danzas que escondían el secreto de la victoria, en el combate, pero también en el amor hacia su pueblo.

Y si bien el rostro de su hija no podía reflejar con dibujos su valentía, fue el tatuándose por ella el resto de su cuerpo, y en cada logro una marca….

Farka atesoró con gran habilidad cada segundo de las enseñanzas de su padre, y con su complicidad supo ocultar su destreza a todos los demás, convirtiéndose en el orgullo de Taimu.

Lo único que no pudo encubrir fue su belleza de mujer, que pronto despertó el interés entre los varones de su tribu, pero también en el de las rivales.

Y Tu se aprovechó de eso para comenzar su castigo…

Un día un jefe vecino acudió con su sequito para comprobar si era verdad que tal mujer ensombrecía la belleza de la luna, y asombrándose de que así era, lleno de codicia, la quiso para sí y propuso al padre que se la entregara transcurridas diez noches a cambio de una alianza eterna de paz, o en caso contrario se iniciaría la guerra.

Aunque estuvo tentado, viendo como su hija aceptaba el sacrificio, no pudo si no rechazar la propuesta pues también leyó en su corazón el dolor de Farka por alejarse de los suyos.

Aquella noche las sombras enemigas, aprovechando la debilidad de aquel guerrero que ya no era tan joven, le sorprendieron y sin darle opción a que se defendiera, le arrebataron furtivamente el alma.

Ante su lecho mortuorio, recorriendo con la yema de sus dedos aquellos tatuajes, Farka, cubierta en lagrimas, tomó la mano inerte de su padre, y llevándola hacia su rostro juro vengar el daño que se les había hecho.

No se respeto el duelo y la amenaza siguió latiendo. Nueve noches. Sintiéndola, Farka acudió a los suyos para que se organizaran e hicieran frente al pueblo causante de aquel dolor. Pero todos la culparon de la muerte de su gran guerrero; y con miedo a la derrota, pues él no dirigiría más la danza, la repudiaron, asediándola para que se entregara y así por lo menos expiar su culpa.

En un último intento trató de hacerles ver que, a pesar de su entrega, los enemigos volverían para imponerse a todos, que su vida sólo era la excusa para iniciar la guerra, pero ninguno le escuchó.

Mientras intentaban apresarla, Farka consiguió escapar, y huyendo hacia los bosques cercanos, se escondió en la séptima noche.

Apenas pudo dormir, y agotada se sintió culpable por existir, porque su padre la enseñara rompiendo la antigua tradición y por ser mujer…

Pero nunca percibió el miedo, porque ya había perdido todo lo que amaba, y cuando se dio cuenta de ello comenzó a sentirse fuerte y vio claramente lo que tenía que hacer.

En la sexta noche comenzó el ritual para la batalla y templando un cuchillo al fuego, cinceló su rostro negándose a sentir dolor, pues ella era un guerrero.

Las noches siguientes observó con sigilo como avanzaba el pueblo enemigo, y como el suyo permanecía acobardado dispuesto a rendirse sin mostrar su valentía. Y eso la enfureció aún más.

Y así llegó la última noche llena de nubes oscuras que trataron de ocultar la luz de la luna…

Mientras los rivales se acercaban, se oyó un canto. Una voz desgarradora; y bajo la escasa luz, una sombra que empuñando una lanza danzaba amenazante sin ningún tipo de miedo.

La tribu invasora al ver que sólo un guerrero se enfrentaba a todos ellos, se atemorizó pensando que el mismo Tu había mandado un rival invencible para castigarles por la muerte de Taimu. Y con miedo a su venganza huyeron regresando a sus tierras.

Cuando el clan de Farka se dirigía a agradecer a aquel valeroso personaje el auxilio prestado, la luna en el cielo consiguió imponer su luz e iluminándola, la convirtió en leyenda.

Pero sólo pudieron verla durante un fugaz instante, y después desapareció en la oscuridad sin que nunca más se supiera de ella.

Cada vez que mi abuela terminaba de contarme esta historia, me decía que estaba convencida de que Tu, asombrado de su valor, decidió llevársela a su lado para hacerla su esposa, que la eternidad de su compañía templó su carácter y entre las gentes de su raza nunca más hubo guerras.

miércoles, 13 de octubre de 2010

EL CUENTO Nº 82 DE LA LUNA OSCURA. UN VIAJE POR EL ALMA. FEVER.




Aquella noche volvía de regreso a Manhattan después de otro día duro de trabajo. Como siempre, en el metro, me refugie detrás del periódico aislando mi mundo, vaciándolo.

Poco antes de que el tren llegara a mi parada me levanté, me acerqué a la puerta, y allí estaba ella de espaldas a mí con una figura peligrosamente moldeada, con unas curvas que casi rozaban la perfección de la palabra mujer.

Mirando a su alrededor observé cómo nadie de los que compartían con nosotros el vagón había escapado de sus terribles encantos, y leí en el rostro de ellas la envidia y en el de ellos el deseo.

Un último frenazo del tren a mi favor y aquella mujer se tambaleó contra mi pecho, rozando mi mejilla con su melena ondulada y fragante.

Nunca olí un perfume igual…

Y entonces… el deseo en mi rostro, al tiempo que girándose hacia mi se excusó con aquella sonrisa sigilosa que prendió la luna de aquella noche y la tiño por momentos de caoba, el color de su pelo.

Las puertas se abrieron y ella emprendió su camino con paso rápido y decidido. El mío, el de la perdición.

No sé qué paso por mi mente en aquel instante. Bueno, sí lo sé, su sonrisa seductora, sus labios tersos, suaves, aquellos ojos oscuros como el terciopelo negro, y su cuerpo… aquel maravilloso cuerpo.

Siguiendo un impulso comencé a seguirla. Nunca había hecho nada igual pero tenía claro que no quería que aquel momento se desvaneciera.

Guardando las distancias fui enloqueciendo poco a poco contemplando cómo caminaba, expiando la desnudez de aquellas piernas esculpidas finamente y que se adornaban con unos zapatos negros de tacón de aguja, que a cada paso se clavaban más en mi.

No sé cuántas calles atravesamos. Por momentos pensé que ella era consciente de mi persecución. Y yo, hipnotizado con sus pasos.

De pronto todo empezó a resultarme familiar. Habíamos llegado cerca del bloque de pisos donde yo vivía y empecé a estar seguro de que aquella mujer sabía perfectamente lo que estaba haciendo conmigo.

Me apresuré, tenía que alcanzarla, pero de repente de nuevo el ruido del metro, y antes de que la puerta se cerrara tras ella, se giro para mirarme y rematar su obra de seducción.

Y yo... inmóvil frente a ella.

Mientras moría lentamente perdido en su boca, el tren inicio de nuevo su marcha, alejándola de mí.

Sí... Estoy convencido... ella sabía perfectamente lo que estaba haciendo conmigo.