
Mis ojos se abrieron por primera vez, y por primera vez me enfrenté a la verdad de mi vida. Y mi boca se cerró. Sólo mi mente hablaba casi de forma inteligible; se amontonaban las palabras.
Vi por primera vez el color negro, con una negrura implacable. Y, aunque quise buscar algo de luz, la habían escondido.
Sentí el mareo del deseo y viví una nausea.
Estaba sola, nunca lo había estado.
Sólo el sueño podría salvarme, pero estaba demasiado cansada, demasiado sola para cerrar de nuevo los ojos. Ni siquiera podía imaginar otra cosa. Lo intenté, pero, como en una pesadilla, volvía a abrir los ojos, y me volvía a sentir atrapada en mi futuro.
Era la agonía del escritor. Por fin lo sabía, y cuando de verdad lo comprendí, volví a soñar, esta vez consciente y con un lápiz en mi mano, pude describir la angustia, y la angustia se desvaneció.

Desde ese terror alcance mi dicha.
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