Una vez, siendo niña, sentí la soledad de su resplandor, aquel brillo perdido en la inmensa oscuridad, sólo quebrada por el leve fulgor de las estrellas, sus eternas compañeras. Aunque nunca negué su belleza, no pude evitarlo, me compadecí tanto de aquel extraño destierro que en mi inocencia, fui haciendo mío y me imaginé que era una mujer...

martes, 5 de abril de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. IX. EL AHORCADO


La oscuridad y lo sueños en ocasiones van unidos y entonces hasta las peores pesadillas pueden parecernos reales.


Sí, en el lado oscuro a veces reina la confusión y hasta lo más evidente puede provocar el declive de nuestra propia existencia.


Cerca, o no tan cerca, del final…


IX. EL AHORCADO


Desperté sudando, sintiendo que me faltaba el aire.


Tuvieron que pasar unos segundos para darme cuenta de que todo había sido un sueño y agradecí que Ray durmiera plácidamente a mi lado y que no le hubiera despertado.


Con cuidado, salí de la cama sin hacer ruido y me dirigí a la cocina para beber algo. Sentía mi boca completamente seca.


Con las manos todavía temblando y con mucha dificultad, conseguí sostener el vaso de agua. Ni siquiera el primer sorbo, ni aquel dolor intenso en mi garganta consiguieron hacerme volver a una realidad templada.


Mientras trataba de calmar el temor que me recorría, las imágenes se repetían de nuevo en mi mente, y tuve esa extraña sensación de que todo lo que había soñado era demasiado real, y la certeza de que aquella pesadilla se llevaba repitiendo en mi vida demasiadas veces.


Sabía que de nada me serviría volver a nuestro lecho; quizás lo único que conseguiría sería despertarle y ver su cara llena de preocupación mientras me preguntaba si otra vez había soñado lo mismo, por lo que decidí sentarme en el pequeño sofá del salón hasta conseguir por lo menos serenarme.


“Estaba en el interior de una casa que inesperadamente me resultaba familiar. En todas las habitaciones reinaba un orden riguroso, como si todo estuviera colocado en su punto exacto y, sin entender por qué, aquella simetría me produjo cierto desasosiego.


No había nadie, excepto yo, y sin embargo percibía con claridad que la persona que vivía allí acababa de salir.


Sobre la mesa de la cocina encontré billetes y monedas agrupados de mayor a menor en montones alineados. Mientras trataba de imaginar qué tipo de persona podría haber dejado el dinero de esa manera tan escrupulosa, escuché el sonido de un disparo.


Trescientos cincuenta y tres dólares…


Salí de la casa y comencé a correr por el camino que conducía al granero. Tenía que llegar rápido, y mientras lo intentaba, a mi derecha, pude contemplar como un perro yacía muerto junto a una escopeta.


Ya sabía lo que iba a suceder y el pánico comenzó a apoderarse de mí. Tenía que llegar como fuera, aunque aquel cobertizo cada vez estaba más lejos.


A punto de alcanzar la puerta pude oír aquel golpe seco, y aunque me resistía a hacerlo conseguí abrirla y entrar.


Aquel cuerpo colgado de espaldas a mí, ya sin vida, aún se balanceaba…”


Así me había despertado aquella noche, aunque esta vez había estado cerca de ver por fin el rostro de aquel hombre, si no hubiera sido porque el pánico de descubrir la verdad me había devuelto a mi vida.


Mientras trataba de dar otro sorbo de agua, sentí de nuevo un terrible dolor en la garganta y al acariciar mi cuello, supe que algo no estaba bien.


Me dirigí nerviosa al baño y al encender la luz, y descubrirme pude contemplar en el espejo como aquella herida rodeaba mi cuello.


Quise gritar, pero no pude.


Contemplando el terror de mis ojos, tratando de descifrar si eran los míos, vino a mi mente su nombre, aquel perro se llamaba Dorkas.


Entonces lo supe, yo era aquel hombre, y una terrible inquietud se hizo, de nuevo, dueña de mí.

De lo único que estaba segura es que aquello no era un sueño, ni siquiera una pesadilla.





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lunes, 28 de marzo de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. VIII. EL LIBRO MALDITO.


Todavía hoy, los asesinos se esconden en la oscuridad para arrebatar vidas sin ser descubiertos, escondiéndose en sombras que nos les pertenecen.


En la negrura de su alma, algunos se recrean viendo, una y otra vez, el rostro de sus víctimas suplicando algo de luz, mientras sus manos negras se salpican de sangre.

VIII. EL LIBRO MALDITO

He leído cada una de las frases escritas con sangre de este libro, a pesar del hedor que desprendían sus páginas.


No puedo imaginar qué tipo de ser abominable empuñó tan fríamente la pluma en este diario, ni de cuántas atrocidades fue capaz. Ni siquiera estoy seguro de si las escribió todas, pero creo que sólo una mente perturbada es capaz de cometerlas regodeándose en los detalles.


Sin duda, se trata de un manuscrito maldito, una atrocidad llena de un odio narrado en palabras capaces de describir incluso el sonido de cómo el filo de su cuchillo, tantas veces empleado, rasgaba lentamente la piel al compás de los alaridos de sus víctimas hasta encontrar sus entrañas, buscando, quizás, el silencio sólo interrumpido, instantes después, por el eco de las gotas de sangre cayendo en el tintero de cristal.


Más de veinte de estos frascos acompañaban el libro que él mismo se encargó de hacernos llegar; finos recipientes etiquetados con sus nombres y amordazados con un mechón de sus cabellos, tal vez, para recordarlas.


Qué tipo de escritor macabro es capaz de relatar con tanta perfección la manera en la que cortaba aquellos mechones antes de amortajar a aquellas mujeres, o de escribir oraciones para el perdón de sus almas asesinadas.


Hoy, encontramos los restos de otra, y con el libro entre mis manos afirmo que no soy capaz de encontrar en mí ningún tipo de compasión por este asesino.


Martes, 22 de febrero de 1887.




Ayer no pude soportarlo por más tiempo. Rachel Withman entró, como cada lunes, en nuestra tienda pavoneándose. Mientras tomaba nota de su pedido, no dejaba de hablar, interrumpiéndose a sí misma, acompañando sus palabras con esa risa exagerada y burlona.


En un momento, se dirigió a Virginia para preguntarle cómo se encontraba mientras le detallaba, a su parecer, el mal aspecto que presentaba su rostro.


Mi pobre Virginia… Cada día se apaga más su salud y, a pesar de ello, saca fuerzas para acompañarme cada día.


Mi pequeño pajarillo lleno de pureza y dulzura, que tiene que soportar como la Señora Withman y otras mujeres, entran aquí coqueteando, presumiendo, mostrándose altivas.


Hace dos años mi esposa las hubiera silenciado a todas tan sólo con su cara lozana y sus ojos brillantes. Ahora, mi Virginia se apaga lentamente. Veo en su mirada triste y débil la aceptación de su temprana muerte, mientras ellas se burlan.


Ya lo había decidido, una mueca más de dolor en el semblante de mi mujer y ellas pagarían por nuestro sufrimiento, y ayer fue el momento de empezar a castigar sus pecados.


Sin pensarlo, me ofrecí a llevarle el pedido a su casa después de cerrar la tienda, y la Señora Withman aceptó.


Sabía que era viuda y vivía sola, así que supe que iba a ser fácil. Esperé a que anocheciera, y antes de salir, escondí el cuchillo en el bolsillo interior de mi chaqueta con la certeza de que ya nada me detendría.


A esas horas las calles permanecen casi en silencio y no fue difícil pasar inadvertido. Cerca de los suburbios aparqué mi carruaje, y me dirigí a pie hasta su casa. Al llegar, me abrió la puerta ligera de ropa, y supe que no me había equivocado con ella. Mientras la acompañaba a dejar los paquetes en la cocina, insinuándose, me ofreció algo de beber y acepté con sumo gusto.


Tenía un salón acogedor y la chimenea estaba encendida. Sobre una mesa, llamó mi atención un juego de escritorio con una pluma de plata y un tintero de cristal vacío, nunca antes utilizado.


Ella se sentó y me invitó a que tomara asiento a su lado, pero yo permanecí de píe, fingiendo que la escuchaba, mientras contemplaba como sus dedos jugaban al borde de su escote.


No fue, sino cuando se levantó y se dirigió hacia mí, como una serpiente llena de lascivia, cuando me lancé sobre ella, cayendo los dos al suelo. Con mi cuerpo encima del suyo, vislumbré en sus ojos el deseo, y en esa confianza no me supuso ningún esfuerzo taparle la boca con una mano, y con la otra, liberar el cuchillo arrastrándolo hacia su vientre, rasgándolo y adentrándolo en ella, con el pulso completamente firme, hasta que sus ojos apagaron completamente la lujuria que la gobernaba.


Ya de pie, mis ojos se hipnotizaron con el color de su sangre y de su cabello cobrizo. Tenía un hermoso cabello…


Mientras trataba de pensar como me desharía del cuerpo, volvió a llamar mi atención aquel juego de escritorio. Decidí, entonces, darle por fin un uso…”




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jueves, 17 de marzo de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. VII. VENGANZA.



Hay quienes esconden su alma en la oscuridad más fría, dejándose invadir por ella, olvidando que una vez sintieron latir su corazón.

Son aquellos que han forjado sus propias prisiones aceptando ser condenados sin mostrar rebeldía, pues alcanzaron la frontera y aunque la luz les tendió la mano, dieron la espalda, aun con dolor, a su propia salvación.

La venganza por las causas justas también se fragua en las noches más oscuras y son aquellas cuyo castigo dura toda la vida…

VII. LA VENGANZA.


Comenzó a tejer como cada noche aquella tela de odio y venganza con la que hacía años había enmascarado parte de su rostro.

Ni siquiera en la oscuridad de su dormitorio se descubría, pues se negó a contemplar, ante el espejo de su vida, el recuerdo de lo que una vez fue, y aquel encaje negro, bordado de elegancia y que tan finamente quedaba cincelado sobre su piel, le ayudaba a no olvidar en quien se había convertido.

Durante un tiempo vivió entre dos mundos porque así lo decidieron quienes golpearon y violaron su alma, que tiempo atrás estuvo llena de vida e inocencia; aquellos que la arrojaron a un infierno, donde muerta, logró curar sus heridas, alimentándose del odio recibido.

Sólo morirían los culpables…

Y aunque el mismo tártaro, ante su belleza, la nombró princesa del averno, fue expulsada de él porque, a pesar de su frialdad, en su corazón aún albergaba compasión por los inocentes.

Desterrada de ese infierno encontró refugio en su propio purgatorio, pero lejos de sanar su dolor, no escuchó ninguna plegaria en su nombre, ninguna oración de arrepentimiento de aquéllos que la masacraron, y supo que tampoco merecería el cielo.

Sólo morirían los culpables…

Fue su decisión firme de abandonar aquel retiro para cumplir su destino de rencor, la que hizo que su alma por fin ardiera en llamas clamando venganza. Y en su renacer, aprendió paciente a tejer aquella tela que también emplearía para las mortajas negras de sus víctimas, aquellas que conseguirían, con su muerte, otorgarle su liberación.

En su camino de revancha, no hubo ningún cuervo que anunciara su paso, pues el veneno de resentimiento que portaba en sus labios se cubría de silencio, y ni siquiera aquellos pájaros lograban escuchar su sombra.

Acompañada únicamente por el sigilo de la oscuridad, buscó uno a uno a aquellos incautos y seduciéndolos con su cuerpo lleno de misterio, que ocultaba a la perfección sus cicatrices, los arrinconó en sus propias debilidades hasta que la tortura de hacerles creer que la poseerían de nuevo, esta vez sin quebrantar su paz, desencadenaba su beso mortal.

Y con tanto atino acometía su obra. que nadie sospechó de ella porque había dejado de existir. Nadie reconoció su rostro porque se confundía con la oscuridad que tanto temían.

Uno a uno, los fue matando.

Aún sabiendo aquella noche que sólo restaba una muerte para cumplir su fin, supo que el resto de su existencia tendría que seguir tejiendo hasta terminar su propia mortaja, esa sería su condena por toda la eternidad.

No derramó ninguna lagrima de satisfacción, ni se dibujaron sonrisas en sus labios ante las suplicas del último.

Arrebatando aquel aliento final la memoria de su existencia se desvaneció. Su alma se liberó de todos los recuerdos que la habían hecho convertirse en una asesina, pero no del veneno que ya formaba parte de ella y así siguió tejiendo hasta que su cuerpo quedo completamente cubierto de aquel encaje.

Ni siquiera el cielo y el infierno se disputaron su alma. Solo la oscuridad se apiadó de ella…




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lunes, 14 de marzo de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. VI. MINIMEI



Ni siquiera la oscuridad respeta los rostros inocentes porque en ellos, a veces, se refugia el mal.

La perfecta ironía en la que las convicciones y creencias se derrumban rindiéndose a la evidencia de que existen seres que nacieron sin alma.

¿Quién dijo que la cara inocente de un niño es capaz de quebrar el lado oscuro?


VI. MINIMEI


No se sabe quién conjuró la existencia de Minimei, qué o quién sembró la semilla para que viniera a este mundo. ¿Fue el demonio? Lo desconozco, pero algo sí es cierto y es que esta niña alcanzó la vida sin alma, y la maldad en su primera bocanada de aire invadió su cuerpo de recién nacida.

No habían transcurrido ni unas horas desde su nacimiento cuando sus padres supieron que algo extraño le sucedía a su hija. Fue en el momento en el que su madre se dispuso a amamantarla, y la pequeña rechazó su pecho gritando.

Nunca antes los médicos de aquel hospital habían oído unos alaridos de tal intensidad en un recién nacido. Rápidamente la reconocieron pensando que podía sucederle algo, pero tras finalizar las pruebas determinaron que era un bebe normal.

Aún así, siguió rechazando el alimento materno. Pero no sólo eso, pues Minimei sólo consentía que la tomarán en brazos para satisfacer sus necesidades y rechazaba con esos gritos cualquier muestra de cariño.

Sus padres se acostumbraron a no amarla, a no acunarla, ni siquiera a cantarle nanas, porque si algo odiaba la pequeña eran las nanas; algo curioso, porque al poco de cumplir un año aprendió a tararear una (Aunque a su madre le resultaba familiar, no conseguía recordar dónde la había escuchado).

No se puede negar que, a pesar de todo, Minimei no fuera una niña sorprendente. A los dos años hablaba y caminaba con soltura, incluso se lavaba, se peinaba, se vestía y comía sola, sin necesidad de que nadie la ayudara.

Se convirtió en una niña preciosa. Su pelo en tirabuzones rubios, su rostro dulce, angelical, y sus ojos azules llamaban la atención de todo aquel que la contemplaba. Pero nadie sabía que realmente ella jugaba con el mal, y sus sonrisas más hermosas se descubrieron en su pequeña carita cuando comenzó a causar dolor en los demás.

Un día, mientras paseaba con sus progenitores, descubrió un parque cercano a su casa donde otros niños jugaban, y les obligó a que la llevaran. Éstos se sorprendieron y pensaron que sería bueno para ella. Una vez allí comenzó a tararear aquella canción, y los demás pequeños se acercaron. Todo parecía normal hasta que dejó de cantar y los niños empezaron a gritar, a golpearse, mientras ella no dejaba de sonreír.

Sus padres, espantados por lo que habían presenciado, supieron que en su hija había algo maligno, y de regreso a casa decidieron que no volverían allí.

Aquella misma noche, mientras la madre se disponía a servir la cena, escuchó a su hija tarareando, y al sujetar la olla sintió como le empujaba y como se vertía la comida casi hirviendo sobre ella. Minimei reía.

Así llegó un tiempo en el que su familia estaba tan aterrada que decidieron encerrarla en su casa, mientras trataban de encontrar a alguien que creyera que su hija no era normal y pudiera ayudarles. La idea de que estuviera loca e internarla en algún centro psiquiátrico conseguía aliviar el peso de no entender aquella maldad que la envolvía, pero en sus intentos por liberarse de ella, su hija terminaba siempre simulando ser un angel y nadie conseguía creerles.

Minimei podía haber acabado con ellos, no los necesitaba, pero sabía que aún no había llegado el momento de abandonarles y consintió paciente su prisión. Pero el día que cumplió cuatro años, desde su habitación, escuchó claramente la música de su canción eterna y supo que aquella era la señal.

Ante el asombro de sus familiares, las puertas que la mantenían prisionera se abrieron y la pequeña salió de la casa siguiendo aquella melodía. Sus notas la llevaron a una feria que estaba de paso en la ciudad y ante un carrusel antiguo. Por primera vez sus ojitos brillaron de felicidad.

Sus padres intentaron seguirla, ante el temor de que pudiera ocasionar algún daño, y al llegar a la feria la madre recordó por fin dónde había escuchado aquella nana. El día que nació Minimei habían acudido a ese mismo lugar y cerca de aquel carrusel sintió las primeras contracciones…

Entonces, oyeron su voz cantando. Estaba subida a lomos de un caballito de madera negro. Los demás niños que compartían aquella atracción, la escuchaban felices, hasta que en las últimas vueltas dejaron de hacerlo y mientras Minimei, riendo, se desvanecía ante todos, el mal que la gobernaba invadió los cuerpos de aquellos niños, incluido el de uno que aún no había nacido.

Mientras los padres trataban de entender que era lo que había sucedido, dónde estaba su hija, vieron como, a su lado, una mujer embarazada se sujetaba el vientre con el rostro lleno de dolor, y en sus mentes oyeron tararear a Minimei, y sus risas…
No se despidió de ellos.




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martes, 8 de marzo de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. V. LA LEYENDA.



Existen noches en las que el viento se alía con la oscuridad y, atravesándola, le arranca sonidos espeluznantes y voces que cuentan historias o que, en sus lamentos, revelan que fueron parte de ellas.

¿Leyendas? Hay quienes creen en ellas y las transforman en parte de sus temores llegando a condicionar su vida, convirtiéndose así, también, en víctimas de la oscuridad.

Otros en cambio se burlan, mientras el viento sólo pide respeto…


V. LA LEYENDA.


Aquella noche un viento frío cruzó el bosque cercano a nuestra aldea. Nubes negras envolvieron la luna, y tan sólo se logró adivinar su halo mortecino.

Algunos de nuestros ancianos advirtieron del mal augurio, y los más jóvenes, envalentonados por nuestra fuerza, nos retamos para acudir a aquel lugar, mientras los demás se encerraban en sus casas.

Según íbamos acercándonos, pudimos comprobar cómo los árboles se agitaban, alertándonos, quizás, para que nos mantuviéramos alejados. Pero ninguno quisimos reconocer nuestra cobardía ante el miedo y continuamos el paso.

Al adentrarnos en el bosque aquel viento extraño pareció aliviar su carga y allí nos quedamos esperando…

Conocíamos la leyenda, la habíamos oído muchas veces en boca de nuestros mayores. Juliette, la bella Juliette, era una doncella que tiempo atrás llegó a esta aldea otorgada en matrimonio. Envuelta en su inocencia no pudo decidir su destino y vendida a aquel hombre, que no tenía en su alma piedad, tuvo que consentir sus malos tratos. Aún así, cada mañana se la oía entonar una vieja canción provenzal alegre, y los que la escuchaban no pudieron olvidar aquella voz suave, llena de ternura.

Pasado el tiempo en el que su marido esperaba que ella le sirviera la descendencia debida, y viendo que Juliette no conseguía concebir un hijo, comenzó a maltratarla más duramente por culpa de su orgullo herido.

Una noche, con el cuerpo completamente magullado intentó huir y corrió a las casas vecinas pidiendo auxilio. Pero nadie se lo otorgó, dándole la espalda. Cuando el marido la encontró, la encerró en su casa y mientras la encadenaba para que no volviera a escapar continuó golpeándola.

La gente del pueblo apenas la volvió a ver, tan sólo unos pocos pudieron hacerlo algunas mañanas en las que conseguía arrastrar aquella cadena tan pesada, que la mantenía prisionera, hasta la puerta, y con la mirada completamente ausente contemplaba el bosque.

Nadie la ayudó.

Juliette comenzó a vivir como un animal apaleado una y otra vez, y los golpes recibidos se fueron transformando en un odio que perturbó su inocencia.

Una noche de viento los aldeanos oyeron unos gritos horribles y algunos al asomarse a sus ventanas la vieron adentrándose en el bosque, arrastrando algo mientras tarareaba aquella canción. Pero ninguno salió a comprobar que era lo que había sucedido.

Pasaron días sin que se supiera nada de la pareja, hasta que un vecino curioso se acercó a la casa. Golpeo varias veces la puerta, y sin obtener respuesta decidió entrar; al hacerlo se encontró el cuerpo del marido sin cabeza.

El odio te hace ser más fuerte y aquella noche mientras su marido le pegaba, Juliette condenó su alma y utilizando su cadena le estrangulo fuertemente hasta decapitarle.

Durante semanas la buscaron en el bosque, pero nadie la encontró. Algunos creyeron que había abandonado aquellas tierras, pero lo cierto es que cada vez que se extinguía completamente una generación y se daba comienzo a otra, tras noches como aquella, aparecía en la aldea algún vecino muerto sin cabeza. Juliette regresaba con el viento para revivir de nuevo aquella noche en la que intentando liberarse se convirtió en presa eterna de una oscuridad fría que clamaba venganza por el auxilio negado.

Tan sólo un día antes habíamos enterrado al más anciano, al único que nos contó que siendo niño la vio regresar del bosque. Pero ninguno le creímos, y allí estábamos nosotros para demostrar que no era cierto.

Comenzaron a pasar las horas mientras nos reíamos y nos imaginábamos cómo podía ser Juliette, cuando alguien dijo que conocía la canción que ella cantaba y al tiempo de empezar los primeros versos los demás pudimos oír como una voz hermosa cantaba con él, mientras un sonido extraño se acercaba a nosotros.

De pronto, entre la oscuridad, la vimos, joven y hermosa, dirigiéndose a nosotros arrastrando con su cadena varias calaveras que a su paso se golpeaban entre sí.

Comenzamos a correr aterrados por aquella visión mientras seguíamos oyendo su canto, persiguiéndonos.

Sentí un gran alivio al llegar a la aldea y comprobar que el viento había cesado, pero cuando me quise dar cuenta y mire hacia atrás uno de nosotros ya no nos acompañaba, aquel que cantaba.

Ahora yo soy el último de mi generación, el último que puede contar que vio y escuchó a Juliette...




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jueves, 3 de marzo de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. IV. MUERTE Y CARNAVAL.




La venganza siempre se fragua en la oscuridad, y contra ella sólo queda esperar a que, de nuevo, el amanecer nos traiga la luz, aunque a veces sea demasiado tarde y el daño ya se haya infligido.

La muerte no esconde sus dientes ante el desagravio, y sabe esperar paciente el momento de soltar su carcajada ante las almas que la provocaron.

IV. MUERTE Y CARNAVAL.


De nuevo los páganos se dispusieron a celebrar el Carnaval. Aquel, había sido un duro invierno, pero a pesar de ello todos quisieron participar de la algarabía que festejara su fin.

Ocultaron sus cuerpos con disfraces y sus rostros con máscaras en un intento por acariciar el olvido de sus desgracias. Hasta las calles se engalanaron de colorido fingiendo esplendor, tratando de encubrir su propio declive.

Lentamente llegó la noche dando paso al gran desfile. Las casas y palacios abrieron sus puertas, pavoneándose, para dar la bienvenida a los bailes y comparsas.

Invadiendo las plazas y vías, muchos detrás de la mascarada encubrieron su identidad, y en la confusión algunos traspasaron los límites entre el bien y el mal, entre la pureza y la decadencia reinante, haciendo gala de un espectáculo colmado de esperpento.

En las sombras de esa frontera la muerte les acechó con su venganza, pues mientras la oscuridad reinase aquel día no tendría que ocultar su rostro y castigaría las burlas grotescas que de ella se habían hecho durante años en esa fiesta.

Y en su conspiración... el reclamo para un ejército de almas en pena que anunciaría su paso.

Los más ebrios alabaron sus disfraces y bailaron alrededor de las ánimas sin darse cuenta del engaño, y entre alabanzas, la muerte, con su hoz invisible, empezó a mezclarse entre la gente mientras reía.

Esta vez simplemente caminaría, y danzaría entre los vivos sin importarle su linaje, pues ni los nobles escaparían de su castigo.

Los más osados, aquellos que simularon su rostro, al verla, contemplaron la pesadilla de su propia muerte y aterrorizados por la visión se escondieron en sus casas. Pasado el Carnaval fallecieron de forma extraña.

Pero los que se atrevieron a tocarla y a bailar con ella, aquellos, al enfrentarse con la nada que maquillaba el rostro de la muerte, perdieron su alma pasando a formar parte de su compaña.

Así transcurrió aquella noche de carnaval en la que se envolvió la muerte en su sátira, hasta que llegado el alba se escondió de nuevo en las sombras sin darse por satisfecha del todo en su venganza.



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lunes, 28 de febrero de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. III. EL JARDIN DE ROSAS



Hay quienes tratan de ocultar secretos en la oscuridad, ignorando que el dolor se retuerce en las noches atormentando a quien lo sufre.

La culpa no se desvanecerá nunca para los que con sus actos renegaron de la luz, y su condena dolorosa no será mitigada por el paso del tiempo, pues hay pecados que son eternos, y ni siquiera las lágrimas vertidas sobre un manto oscuro encontrarán descanso.


III. EL JARDIN DE ROSAS


La luna días atrás había marchitado completamente su luz, y esa noche se ocultaría anunciando su renacimiento. Mientras contemplaba su legado, una brisa suave meció su hermosa cabellera negra y el crepúsculo decidió acompañarla en silencio.

Sin duda aquel era el jardín más envidiado de toda Inglaterra, y sus rosas rojas, de un granate intenso y elegante, se erguían con orgullo, pues no existía flor alguna que rivalizase con su belleza y fragancia.

Un orgullo que se hacía presente cuando los centros que se elaboraban con ellas, eran preparados de una forma sublime para adornar las cenas y bailes de palacio. Hasta el mejor perfumista acudía en primavera, desde Paris, para obtener la esencia y elaborar un perfume codiciado en todo el mundo.

Nadie conocía el secreto de por qué sólo en aquel lugar se obtenían esas flores, y ahora ella tendría que custodiarlo siguiendo con aquella herencia, tal y como lo habían hecho las mujeres que en su familia la había precedido, mujeres tan cautivadoras y raras como aquellas rosas.

Guardar aquel misterio y proteger aquel jardín, pese a su dolor, se convertiría en su vida…

Giró la cabeza por un momento y miro a su pequeña durmiendo plácidamente. Algún día ella sería su sucesora. Pero ahora era su turno. Cerró aquel balcón y se dispuso a bajar al salón donde su esposo la aguardaba.

Antes de entrar, se detuvo ante el espejo del recibidor y deslizó la mano sobre su vestido. Contempló el alfiler de la rosa negra que llevaba prendido en el pecho y que le había entregado su madre, junto con el secreto, antes de morir, y poniendo su mano sobre él sintió como su alma se desgarraba. Pero no podía desfallecer y respirando hondo se dirigió al comedor.

Habían transcurrido ya algunos años desde que contrajeron matrimonio y todavía se emocionaba al verle. Pero aquel día, mientras cenaban, le costó mantenerle la mirada por miedo a que sus ojos revelaran el secreto.

Tras la cena, ella le tomó de la mano y le condujo hasta el jardín. Él sintió en ella algo extraño, quizás nostalgia por la reciente pérdida de su madre, así que la acompañó en silencio apretando cálidamente su mano.

Envueltos en aquella noche oscura, guiados apenas por los destellos débiles de las estrellas, pasearon entre aquellas rosas, que aquel día parecían expectantes para estallar su belleza.

Al llegar al centro del jardín ella se detuvo y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

El último Te Quiero, el último abrazo y mientras ella lo sentía cerca de su pecho y su boca buscaba la suya, supo que aquel sería también el último beso. Mientras lo saboreaba, a pesar de la amargura que resbalaba por su rostro, deslizó su mano hasta el alfiler y liberándolo lo clavó con firmeza en el cuello de su esposo sintiendo como sus labios poco a poco se debilitaban.

Aún abrazados, notó como la sangre de su amor se mezclaba con sus lágrimas y resbalando por su vestido, en comunión con ellas, comenzaba a humedecer el terreno bajo sus píes.

No pudo mirarle a los ojos.

Mientras aquellas rosas, comenzaban a alimentarse y a desnudarse aún más, desplegando todo su esplendor, no dejo de preguntarse si sus antecesoras habían sufrido tanto como ella.

Había cumplido parte de su legado. El resto, la condena a regresar cada noche a aquel lugar para regar la tierra y fertilizarla con su dolor y remordimiento.





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jueves, 24 de febrero de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. II. EL BOSQUE.




Barnizada de luz, la realidad resulta hermosa, sencilla, pero todo cambia cuando llega la oscuridad y se cubre de esas sombras alargadas.

He visitado lugares, he recorrido caminos, cientos, miles de veces, y todavía hoy no puedo evitar la confusión de mi mente cuando cae la noche y los convierte en extraños.

¿Dónde se esconden la luz y los colores? En su ausencia, existen crepúsculos que rompen la vigilia añorada.

Y en el develo… el miedo acecha.


II. EL BOSQUE


De nuevo despertó en aquel bosque en medio de la oscuridad.

Esforzándose para que sus ojos se adaptaran a la escasa luz que se filtraba a través de las hojas de los árboles, comprobó con temor que de nuevo estaba rodeado por aquellas siniestras sombras que pronto comenzarían a perseguirle.

Poniéndose de píe lentamente, se formuló la pregunta que noche tras noche acudía a su mente y a la que aún no había conseguido dar respuesta, aunque la idea se mostraba cada vez más clara: no conseguía recordar cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde aquel momento.

Pero no podía detenerse a pensarlo, pronto el tiempo desgastaría raudo las horas, y tenía ante sí de nuevo una oportunidad para intentar escapar de aquel lugar y de aquellos espectros.

Haciendo acopio de sus fuerzas comenzó a caminar apresuradamente eligiendo al azar una dirección. Hacía tiempo que había desistido en tratar de seguir el camino del día anterior, ya que cada vez que despertaba, aquel bosque se mostraba diferente, como si durante su letargo maquinara la forma de confundirle aún más. Llegó a pensar que aquella floresta no era sino un laberinto con vida propia que nunca permitiría su libertad.

Lo más extraño es que había dejado de sentir hambre y sed. Ni siquiera se acordaba de cuándo había sido la última vez que había comido o bebido algo. Cualquier otra persona en su situación ya hubiera muerto, pero él permanecía allí, noche tras noche. También dejó de percibir el frío a pesar de que su ropa estaba hecha jirones y hacía días que caminaba descalzo. Y sin embargo, cada día que despertaba, el agotamiento de su cuerpo y de su mente le hacían padecer más y más. Si tan sólo hubiera encontrado un claro desde el que poder contemplar la luna, si tan sólo hubiera alcanzado esa luz para tratar de orientarse…

El silencio que cubría aquel lugar únicamente era interrumpido por sus pasos y el sonido de las sombras arrastrándose tras él. Nunca escuchó algo más, como si ningún otro ser vivo habitara aquel bosque. Pero aquella noche fue diferente, aquella noche oyó como una voz lejana pronunciaba su nombre. Convencido de que por fin le estaban buscando, quiso gritar, pero al hacerlo, la voz se congeló dentro de su garganta, sin que pudiera advertir de su presencia a aquel que le llamaba.

Intentó dejar a un lado la inquietud que se había despertado en su interior, y tratando de calmarse siguió a aquella voz que aún repetía su nombre, y cuando la sintió más cerca comenzó a correr intentando dejar atrás aquellas sombras, pero éstas eran más ligeras y comenzaron a arañar sus piernas en el intento de atraparlo. Nunca antes le habían tocado, pero a pesar del dolor siguió corriendo.

De pronto contempló el final del bosque y cómo fuera de él la figura de alguien familiar pareciera esperarle. Pero cuando más cerca estaba de salir de allí, cuando sólo le quedaban unos pasos, comenzó a sentir aquel sopor y como las sombras se apaciguaban mientras caía de nuevo en el sueño.

Antes de que cerrara del todo los ojos, sintió la luz del día tratando de romper aquella maldición. Pero era demasiado tarde y el bosque comenzó a desvanecerse. Seguiría prisionero.






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lunes, 21 de febrero de 2011

DIEZ CUENTOS NEGROS. I. GRITOS



Existen días en los que la noche emprende su camino deslizándose como una bruma fría e inquieta, arañando el cielo, desgarrando la luz, que aún trata de resistir inútilmente ante el ataque de sus zarpazos infalibles.

Son noches en las que la total oscuridad se muestra con orgullo triunfante; y la luna, sintiendo su llamada, despierta en su faz más siniestra, envolviéndose en un manto que la misma eternidad bordó de negrura para ella.

Cerrando sus ojos, ante el descanso prometido, negando el consuelo de las almas atormentadas por su luz, esconde su rostro...

Hasta las estrellas, temerosas, ocultan su brillo bajo el halo silencioso de la reina negra, y la muerte, a caballo, sintiendo otra vez a la dama blanca dormida, abandona el sendero marcado de sombras, cabalgando libre, mostrando su sonrisa más hiriente.

Quién osará prender una hoguera tratando de alejar esta oscuridad cuando el mismo infierno oculta sus llamas, quién tendrá el coraje de hacerlo cuando incluso una vela, en su último temblor, acepta la soledad sentenciada en estas horas que se avecinan.

La nada se rinde con respeto, sin desafiar el orden de lo irracional, y seres oscuros emergen de su propio vacío…


MI NUEVO RETO: DIEZ CUENTOS NEGROS.


I.GRITOS.


Encerrado en su locura incomprendida no encontró ni siquiera el sosiego en la idea de abandonar su propia existencia.

Se dejaba atormentar cada noche por aquellos gritos sin rostro que le perseguían, asediándole, hasta conseguir doblegar su voluntad, convirtiéndole así en un asesino de las sombras.

Ni tan solo la luz del nuevo día concedía paz a su martirio, porque entonces eran otras voces las que escuchaba, las de sus víctimas que bramaban en alaridos. No recordaba sus rostros, peros sí los chillidos violentos que emergían de sus gargantas segundos antes de abandonar sus vidas.

Sólo algunos atardeceres, agotado en su desvelo, trataba de buscar en su memoria algún recuerdo al que aferrarse, algún instante en el que su vida hubiera sido diferente, pero al final siempre acudía a su mente la misma imagen, su madre cubierta de sangre gritándole “Eres como yo”.

Nunca supo que esa demencia no era heredada, y que fue su progenitora la que la instaló en su cerebro la noche que, dormido en su lecho, le ungió con la sangre de su último atormentado.

Al despertar y ver sus manos y ropas manchadas, oyó las risas de su madre “Eres como yo” mientras el terror se apoderaba de él.

El único grito que no conseguía recordar era el de esa primera víctima y sin embargo aquella sangre se filtró dentro de él envenenando la inocencia de su alma.

Tras la muerte de la mujer que le dio la vida, la oscuridad amordazó su propia humanidad y por las noches comenzó a oír aquella voz en su interior “Eres como yo”, una llamada que había que acallar…

Pero a pesar de las muertes que provocaba en el intento de rozar la salvación, nunca encontró el descanso del silencio.






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martes, 15 de febrero de 2011

MI PEQUEÑA APORTACION A "VERNISSAGE"




Recuerdo que una vez acompañé a mi abuelo a una de las tertulias que celebraba junto a otros colegas, todos ellos fanáticos del arte.

Oyéndoles hablar de los grandes pintores, escuché como uno pedía la palabra al grupo para revelarles que por fin había encontrado unos bosquejos que podían acreditar la existencia real del retrato de lady Warton.

Ante el silencio de los demás, aquel hombre con movimientos lentos, haciendo espacio, colocó sobre la mesa con gran delicadeza un portafolio de plástico y en su interior, aquel dibujo firmado.

Tan sólo unos trazos, y todos aquellos hombres, incluido mi abuelo, estuvieron de acuerdo que era una prueba fehaciente, aunque no concluyente que ayudase a identificar el paradero del original.

Aquel dibujo despertó mi curiosidad.

De regreso a casa, le pedí a mi abuelo que me hablara más sobre aquella mujer, y así supe de su historia y de un retrato que desapareció en el transcurso de los años……


"Había caído la noche sin apenas darse cuenta.

Mientras el viejo anticuario comenzaba apagar las luces de la galería y guardaba la recaudación del día en la caja fuerte de su despacho, no pudo evitar sonreír recordando a la pareja de pretendientes que él mismo había atendido hacía un momento apenas.

No pudo negarse la envidia sentida por la juventud que emanaban sus rostros, tampoco la pequeña satisfacción que se reservó a cambio, al mostrarles su obra predilecta, y compartir con ellos su expectación ante aquel cuadro que nunca pondría a la venta aun sabiendo que su negocio ya a duras penas conseguía sobrevivir.

Viendo aquel joven insistiendo en negociar un precio, rememoró aquella subasta en la que por primera vez contempló el retrato de Lady Warton y en cómo pujo por él convencido que a toda costa habría de ser suyo.

Entre los más expertos era sabido que aquella pintura simbolizaba el fin de una época y que estaba marcada por los rumores de un escándalo que hubo circulado de boca en boca en lo más selecto de la sociedad londinense, muchas décadas atrás.

Nunca las intrigas despertadas por una relación como la que había surgido entre aquella dama y aquel prometedor pintor que la había retratado, y del que nunca se volvió a saber, habían conseguido dar un valor tan elevado a un cuadro de una firma no consagrada en el mundo del arte.

Pero sólo podía pensar en la belleza de los ojos de aquella mujer y en como en aquella sala, ante todos, pareciese que, cobrando vida, sólo le mirasen a él.

No dejo de pujar, apostando toda su fortuna con tal de poseer aquella maravilla y al lograrlo obtuvo la satisfacción de poder contemplar aquel hermoso rostro el resto de su vida.

Aquel día se ganó el respeto de sus oponentes, y su fama se extendió al conocerse que nunca se desprendería de ella, tratando de salvar así el honor mancillado.

Antes de abandonar el local, el viejo anticuario, acudió a la pequeña sala donde la pintura reposaba. Quizás había llegado el momento de desprenderse de ella, de darle la oportunidad a que otro caballero sensible velara con respeto aquellas pinceladas tan perfectas, deslizadas tan suavemente, con tanto esmero y delicadeza sobre el rostro de la retratada.

Más, aún quedaba, sin duda, vida en su interior y no podía imaginar el resto de sus días prescindiendo de la estimada compañía de lady Warton, de su dulce mirada tierna y tolerante."




A veces, mi querido amigo Rafa, he desgastado palabras buscando el momento más sublime…

Si la intención de mis últimos trabajos fue desgranar los colores, tú has conseguido unirlos todos, en uno de los mejores trabajos que he leído, enseñándome, de nuevo, como debe ser.

Que no quedé en el olvido “Vernissage”



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lunes, 7 de febrero de 2011

COLORES. NEGRO.



“Recreo hoy aquellas tinieblas de lunas tintadas de negro, donde mi imaginación, la distancia del tiempo y mis ansias trataban de aferrarse a recuerdos dulces.

Me perdí tantas veces en sombras tratando de buscar la paz en tus ojos, que hoy me emociono al comprobar que, a pesar de mi oscuridad, aún me contemplas como tantas veces soñé.

Esta noche no podré negar mi alma, no podré evitar entregártela mientras siga sintiendo sobre mí tu mirada”

Siempre escribí tocada por sus alas. Aún así, no he renunciado a su esencia aunque haya quien vea sólo vacío. Para mí es infinito…

Negro es mi silencio cuando por fin cae la noche y cierro los ojos. Arropada por su manto consigo dibujar todos mis sueños y lo que siento y anhelo. ¿Soy yo?

Cómo pueden decir que es el final, que es la nada, cuando también es mi voz. Ayer empecé un cuento en el que el cielo se bañaba con elegancia en negros, y mis palabras comenzaron a brillar plasmando colores, pues a través del negro los he visto todos, y no me importa que digan que es sólo ausencia.

A veces me sobrecogió la tristeza, porque en él encerré lágrimas y llantos que no quise compartir. Maldita nostalgia que me hace ser en parte negra y de la que sólo mi luna me salva…

Pero no os confundáis, porque tan mío es, que en él también guardé sonrisas, y mi intimidad…

Bajo mis sábanas negras dejo que aflore mi sexo liberando mi deseo de cualquier yugo. Nunca fui tan hermosa que vestida de negro.

Llamarme oscura si queréis, pero si me acariciáis sentiréis que no soy fría pues mi alma, aunque reposa en sosiego en la oscuridad, late con fuerza y se llena de vida.

¿Veis? No temo perderme en su profundidad y que todo a mi alrededor se desvanezca, porque ya hice mío este color y en él me siento cómoda.

Y sin embargo, honestamente, no negaré la posibilidad de un abismo, de las tinieblas, pero lo veo tan lejano al negro que yo pinto…

Aunque nunca existieron, sigo soñando con que algún día broten rosas negras en mi jardín y bañarme en su aroma.

No, no hablaré de la muerte, hoy no, porque me niego a creer que sea negra.

Pobres cuervos; tampoco pudieron elegir su plumaje ni la belleza del cisne negro Pero ¿Sabéis? Ellos también vuelan acariciando el cielo.




EPÍLOGO:

"Colgó el lienzo sobre el arrinconado atril. Desmadejó los pinceles unidos por el tiempo y la desgana en el recipiente con suficiente trementina para aguantar abandonos tan prolongados. Unió la paleta a sus dedos, pulgar y centro. Con imprecisión y miedo en su pulso comenzó con el carboncillo un fútil bosquejo. El primer trazo coronó el lienzo, el segundo ubicó cintura y sexo, el tercero se perdió en la atmosfera indefinida, el cuarto quedó pausado en sus cabellos. Debiera ser el quinto la sonrisa de sus labios pero quedó prendido, sin remedio, en la imaginada mirada de sus ojos negros."





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