Una vez, siendo niña, sentí la soledad de su resplandor, aquel brillo perdido en la inmensa oscuridad, sólo quebrada por el leve fulgor de las estrellas, sus eternas compañeras. Aunque nunca negué su belleza, no pude evitarlo, me compadecí tanto de aquel extraño destierro que en mi inocencia, fui haciendo mío y me imaginé que era una mujer...

Mostrando entradas con la etiqueta Compartidos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Compartidos. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de marzo de 2010

EL CUENTO Nº71 DE LA LUNA OSCURA. UN VIAJE POR EL ALMA. EL SONIDO DE SUS PIES


Hoy de nuevo comparto este viaje y es el diablo el que me acompaña narrando una historia y llenando este espacio de palabras que envuelven como la música que le acompaña.

Confieso que nunca las noches de la luna estuvieron mejor acompañadas, mi querido Diablo.

Hoy no hay retos.




Allí donde confluyen los dos grandes ríos, plagada de puentes que suturan esas dos grandes venas. Ciudad sagrada de entre las sagradas...Dios creador... en vísperas del kumbh mela, cuando reina en el firmamento la oscura noche lunar. En ese momento, en ese lugar.

El sonido del ghatam, el sagari y el sitar me guiaron hasta aquel recinto creado por la naturaleza. La disposición de su bóveda rocosa hacía que la música envolviera los sentidos. Una completa oscuridad, rota por algunas antorchas y la luz que emitía el incienso que ardía en unos recipientes colocados en el suelo. Y con la intensidad de las brasas que flameaban en esos grandes cuencos brillaban sus ojos rasgados. Tal vez incluso destacaran más en la negritud de la piel que se mostraba en todo su esplendor, en desafiante desnudez.

Mientras yo me encontraba paralizado ante su extraña belleza, ella alzo sus cuatro brazos, moviéndolos suave y sinuosamente como se mueve el gran río sagrado, mientras oscilaba en una de sus manos la brillante hoja en forma de media luna, los miedos cercenados en otra e invitaba con las otras dos libres a adorarla y amarla.

Como acompañantes en su danzar cuatro cobras blancas imitaban a la perfección su ritmo. La madre oscura miraba fijamente e incitaba al deseo con su lengua agitándose lujuriosamente, recorriendo los cuatro puntos cardinales de su boca entreabierta. Su dermis, pese a la distancia, emanaba perfumes a curry, a anís, a sésamo, nuez moscada, tamarindo...como en su día brotara el sudor que dio ser a sus dos hijos, verdugos del gigante con engaños anudados.

Sus pechos, teñidos de rojo, eran enmarcados por un collar de cincuenta trofeos, liberando mantras que forman su naturaleza divina. No dudo fueran adquiridos de predecesores a mi contemplación.

En cada movimiento de cadera, su carnal falda ensartada de extremidades, deja entrever el yoni como uno de sus símbolos, desafiantemente sensual. A sabiendas del poder hipnótico que ejerce, mira de reojo, con una ligera sonrisa, y acompasa el vaivén de su cuello con el de sus coristas serpenteantes.

Sin darme cuenta, turbado por sus voluptuosos movimientos, alcanza mi vera envolviéndome con sus largos y atezados cabellos al subacuático ritmo del ghatam. Sus pies, cuajados de áureas pulseras en los tobillos, baroda, gujaratg, golpean grácilmente el enarenado suelo. Puedo identificar el sonido de sus pies porque es a través de ellos que la vida se está moviendo en mi dirección...


Creado por Calavera y Diablito.

jueves, 18 de febrero de 2010

EL CUENTO Nº66 DE LA LUNA OSCURA. UN VIAJE POR EL ALMA. CONFLUENCIAS


Hoy otra luz rompe este alma llenándola de colores cálidos y aromas intensos; una pequeña parada en el viaje en el que la luna de mis cuentos se oculta ante la pretensión de los que alguna vez creyeron que los sueños son sólo nocturnos.

Hoy que las sombras son otras, a pesar de la escasa luz relatada en señal de respeto, duerme la dama sin melancolías.

Hoy vivo y comparto, permitiendo que la única oscuridad se encuentre en la profundidad de unos ojos que no han podido ser mejor descritos con tus palabras.




Y si no puedes hacer tu vida como la quieres,
en esto esfuérzate al menos
cuanto puedas: no la envilezcas
en el contacto excesivo con la gente,
en demasiados trajines y conversaciones.
No la envilezcas llevándola,
trayéndola a menudo y exponiéndola
a la torpeza cotidiana
de las compañías y las relaciones
hasta que llegue a ser pesada como una extraña.

C. P. Cavafis (1863-1933)



Cuando nuestra embarcación a vapor enfiló su proa al querer adentrarse en puerto un resoplido hueco e intencionado despertó a todo el pasaje anunciando el próximo desembarco. Los prácticos en sus lanchas vinieron a nuestro encuentro para guiar las maniobras de atraque con la precisión que debiera proceder sin el más mínimo infortunio. La mañana se presentaba limpia y, aunque el Sol intentaba despuntar en un lejano horizonte dejado atrás, el aire era tibio, húmedo, así como agobiante por su densidad.

Desplegado el puente los viajeros aun permanecían repartidos por las barandillas de la cubierta, ensimismados en la contemplación del gentío que esperaba en los alrededores de la dársena. El equipaje, aunque listo, esperaba en los camarotes. La euforia de los que aguardaban abajo se iba tornando en impaciencia interesada. Me tomé un buen tiempo para hacer señal de vida por la escalinata que me dejara en tierra firme, la muchedumbre, algo mas disminuida, seguía siendo enorme como bulliciosa.

Con la ayuda de mi joven asistente que, a dos manos, cargaba nuestras pocas pertenencias, fuimos con pasos tranquilos confiándonos a la concurrencia aún reunida a la espera de algún rezagado pasajero. Cuento que al pisar suelo infiel, a los ojos del buen cristiano, un remolino humano su fue agitando, nervioso e impaciente, alrededor nuestro. Entre tantas invitaciones e instancias al buen servicio, un chiquillo, escuálido como mal nutrido, intentaba hacerse oír entre aquella turbulencia humana. Pies descalzos, pantalón y camiseta de fibras desgastadas, pelo apelmazado sobre la frente sudada. Con palabras titubeantes y afrancesadas pregonaba con voz apenas sobresaliente un albergue tranquilo en algún lugar no muy distante.

— ¿Está lejos lo que voceas?
— ¡Muy cerca!… Yo acompaño.
— ¿Qué precio?
— ¡No preocupa! …Venir… venir… siempre contento de amigo madre… hermana también.
— ¡Está bien muchacho! Guíanos y veremos si son ciertas tus palabras.
— ¡Yo ayudo,… brazos fuertes!

Sus ojos negros y vivarachos eran lo único que pudiera considerar en poco desarrollo, pues, una vez, por insistencia, haber hecho carga sobre sus hombros de nuestros pocos bultos, sus piernas de hueso enfundadas en piel sin apenas músculos daban pena, pero, fue tanta sus instancias que, tras varios intentos por mi parte de conmiseración, dejé hacer no sin cierta duda, teniendo en cuenta su ahínco y sincero propósito.

Por suerte para él tanto como para nosotros el trayecto hasta los aposentos previstos no se encontraban a larga distancia de la zona portuaria. Después de alejarnos apenas de las lindes asediadas por las voraces gaviotas nos adentramos en callejas estrechas donde el Sol persistente en su intento de reinar con poder absoluto en los firmamentos apenas hacia mella. Tras guiarnos por aquel laberinto de callejuelas flanqueamos un portal que daba a un patio interior lleno de plantas, en tiestos y macetas, donde jilgueros y canarios enjaulados entremezclaban sus alegres cantos aprendidos en su involuntaria vida holgazana. Con una retahíla ininteligible para nosotros nuestro joven guía anunció nuestra llegada. Al instante apenas una mujer de mediana edad, aunque algo avejentado su semblante, salió a nuestro encuentro. Con continuos gestos y flexiones intentaba manifestarnos su satisfacción y contento por nuestra presencia en su humilde hogar. Ayudando a su desfallecido hijo con el equipaje que esté había cargado, no sin cierto evidente sobreesfuerzo, nos invitó a pasar al interior de la vivienda.

Aunque se trataba de una casa indiscutiblemente de familia humilde, las estancias eran amplias y frescas, de típica arquitectura musulmana, sus paredes enjalbegadas de blanco y casi en su totalidad alicatadas en su mitad inferior con azulejos y teselas así como sus suelos completamente embaldosados permitían a sus moradores mantenerla a base de mucha agua clara y aljofifa impoluta de polvo y suciedad.

Se nos adjudicó dos cuartos contiguos de mediano tamaño pero que nos pareció muy adecuado para nuestro propósito, pues, estando sus aperturas dirigidas al patio, el ruido del exterior era inexistente, solo el canto de los pájaros cautivos llegaba a nuestros oídos. Celosías en las ventanas y puertas con rejas y cortinas vaporosas de finos hilos impedían que el calor penetrara manteniendo los aposentos en una agradable temperatura y luz tamizada que invitaba al letargo y ensueño.

Una vez instalado cada cual en su pieza vino una joven muchacha a traernos agua limpia para poder refrescarnos en la dispuesta aljofaina de porcelana. Sin duda debiera tratarse de la hermana de nuestro joven y descarnado guía porteador. Sus inmensos ojos negros evitaban con firmeza mi mirada, con ademanes precisos como tranquilos vertió el límpido liquido con templanza bien aprendida. Vestida a la manera árabe con una falda que le llegaba a los tobillos, su corpiño sin mangas dejaban ver unos torneados brazos de piel cobriza, unas bien proporcionadas caderas y cintura hacían idealizar, sino intuir, el resto de su indudable hermosura. Al volverse para querer marcharse no pudo evitar encontrarse frente a frente con mi persona que, paciente, esperaba concluyera su faena junto a la entrada. Su mirada se alzó un instante, en un quiero pero no debo, encontrándose con la mía. Dos ojos encerraban todo la magia de aquellas tierras, la antigua y oriunda, la asentada y venida de tierras de oriente, la sortilegios que aun habría de llegar por mor a mujeres que, como ella, podían enloquecer a príncipes y sabios, serenos guerreros y viajeros que, como en este caso, tuvieron el infortunio de que se les cruzara en su pasajero camino.

— Madre prepara té para señores, pronto yo…
— ¡Muchas gracias! No es necesario que os molestéis…
— No molestia, madre hacer… pronto listo,… no tarda.
— Está bien, nos refrescaremos y cambiaremos nuestra indumentaria por algo más fresco y saldremos al patio. ¿Podéis prepararlo fuera? Me apetece respirar el aire de la mañana.
— Yo prepara mesa fuera para señores…
— ¡Sois muy amables!… enseguida estaremos listos.

Pasado escasamente una media hora decidí salir al exterior del patio. Una mesita baja compuesta de una bandeja circular de cobre o bronce estaba extendida sobre un trípode que la sustentaba sobre sus delgadas patas de madera repujada. Dos asientos de cuero o piel a modo de cojín se habían colocado a uno y otro lado junto a los muros blanquecinos para que el sol del mediodía no les alcanzara con su insolencia. Al poco tiempo mi asistente y yo departíamos amigablemente sentados casi en cuclillas con nuestras espaldas reposando sobre el resguardado e impoluto muro blanco.

Tras un intercambio de impresiones sobre nuestra ruta dejada atrás y nuestro nuevo albergue recién habitado quedamos casi en tabla en nuestras precisiones. Estábamos en tierra firme rodeados ambos de una cierta familiaridad que nos reconfortaba. En eso que por un flanco nos llegó la presencia de nuestro heroico guía de la mañana de desembarco.

— ¿Gusta a dos… casa… chambre?
— Todo nos complace joven amigo. Estamos más que…
— Madre hace té… pronto…
— No hay prisas, una buena infusión tomada en este…

En eso que su joven hermana hace presencia. Sus ojos nuevamente bajados a la bandeja que báscula apenas en su andar meditado, uniforme como sensual en sus pasos leves pero voluptuosos a la vez. Intento llegar a sus pupilas, puerta de sus secretos. No hay tregua. Imposible. Su pelo desatado apenas deja vislumbrar su barbilla y parte de su labio inferior. Al descargar las tazas y querer verter en ellas el contenido humeante percibo como gracia de Dios sus bucles negros con un vaivén de casualidad que me impregnan de inquietud y deseo al llegar su perfume de hembra a mi olfato y sentidos.

La estancia programada en aquel rincón del mundo no estaba premeditada más de lo que pudiera tardar nuestro próximo enlace hacia un nuevo enclave y destino. Conscientes de nuestra efímera huella en aquellas tierras quisimos afianzar nuestros recuerdos con las más imprescindibles visitas a sus alrededores que pudieran marcar nuestra memoria con estampas inolvidables. En ese afán nuestro tuvimos el apoyo de nuestro joven amigo enclenque. Siempre predispuesto y con sus miras volcadas hacia nuestra satisfacción indudable por sus servicios.

Visitamos tanto palacios y edificios casi en ruina, aunque lo más que perdura hoy día de aquellas excursiones son los artesanos y talleres. Muchos de ellos trabajaban en minúsculos habitáculos repletos de labores ya ultimadas, sumidas en el olvido de clientes ávidos de piezas únicas. Cuero troquelado; alpaca con diversas formas, diseño o utilidades; tejidos vaporosos o ligeros para el tacto; alfombras tramadas con los mejores vellones de las comarcas circundantes.

Entre descansos largos en las mañanas y visitas guiadas durante el día nuestra estancia fue transcurriendo hasta llegar la fecha contratada para nuestro próximo embarque hacia otras tierras. La última tarde fue un reflejo de nuestra primera mañana en aquel barrio intrincado de enredadas esquinas sumidas en quietud y sombras no muy lejos del puerto.

Dejamos nuevamente nuestro joven guía y ya compañero más que maltrecho junto a la escalinata de embarque. Su voz siempre débil como amigable sonaba esta vez más triste y sentida. A pesar de nuestra ostentosa propina por sus atenciones desmedidas se notaba que algo le fallaba en su sincero intento de despedido. La noche se vertía como un fardo inevitable. Una travesía apalabrada se balanceaba junto a los últimos abrazos.

Por coincidencias o mala fortuna el capitán de la embarcación decidió que los vientos no eran favorables a nuestra predestinada travesía. Con suerte, a la mañana, los intempestivos aires que azotaban los mares quedarían algo más calmos y a la espera de otra noche donde hacer gala de sus desaires mal ajustados.

En eso que a la marinería y pasaje se le dio consentimiento u opción de pernoctar en sus camarotes o, por instancia algo remachada de cierto hincapié, ocupar sus respectivas cabinas y departamentos donde, una vez liberados del peso de todo equipaje y bultos que pudiera molestar, acceder a un corto desembarco que no trascendiera más allá de la medianoche, momento en que por seguridad se levantaría la pasarela una vez que, tripulación que no estuviera en aquel momento de servicio y viajeros que hubieran optado por una corta salida, estuvieran nuevamente de regreso al buque a la espera de una inaplazable partida a cualquier hora imprevista al alba, en cuanto amainaran los vientos y la bonanza regresara por sus fueros.

Fue así que decidimos aprovechar esas últimas horas para bajar de nuevo a tierra firme y buscar en las cercanías alguna taberna o fonda donde se nos permitiera tomar un trago mientras degustábamos algún plato de carne o pescado aderezado a la manera local. Pues el cocinero de nuestra embarcación acostumbraba a preferir las recetas y menús propios de la Francia ya algo dejada atrás desde hacía varios días con sus respectivas noches.

No tuvimos que deambular mucho rato para encontrar una cantina de entre tantas que rodeaban los embarcaderos en callejas lindantes al puerto. Adentrados al azar en una que parecía prometer los servicios y viandas de nuestras pretensiones, una atmosfera turbia y agria, mezcla de humo y vapores de vino añejo, golpeó nuestros sentidos hasta entonces despiertos y despejados gracias al fresco y agitado aire que soplaba en el exterior en aquellas horas tempranas de la noche.

Las voces de la marinería que ocupaban gran parte de las mesas como del mostrador estallaban en un embrollo de lenguas y dialectos propios de la mezcla de razas, nacionalidades y diferentes colores de piel y cabello. Algún que otro despistado viajero, que como nosotros, habían optado por aventurarse en tan peculiar hostería, no sin cierto grado de peligro, permanecían casi en silencio degustando su pedido con ojos avispados, atentos, siempre, en guardia, pues era frecuente en aquellos tugurios portuarios las disputas y reyertas donde, en cuestión de segundos, aparecían cuchillos y otras armas además de los puños bien endurecidos y curtidos en los aires y trabajos del mar.

Estábamos mi asistente y yo haciendo los honores a una bandeja de estofado de cordero con nuestra jarra de oscuro tinto casi vaciada, cuando un grupo de músicos en una amplia tarima dieron rienda suelta a sus instrumentos de cuerda y viento. Al compás y ritmo marcado por los timbales y sonajeros, flautas, chirimías, violines y laudes tejían sus melodías y fraseos con la exactitud y filigrana tan propia de los bordados y entramados más exquisitos de tejidos y tapices ofertados en los no muy distantes bazares.

Aquella primera pieza ejecutada con brío y meticulosa interpretación, fue celebrada por la variopinta concurrencia con muestras de satisfacción y apruebo a base de aplausos, chiflidos, golpeteos de jarras y vasos sobre las roñosas mesas, también vocifero aprobante que se sobreentendía o traducíamos como un -¡bravo!- en los escenarios y salones más elegantes.

Tras aquella primera muestra aprobatoria del público asistente los músicos reanudaron su arte con una segunda pieza. Una larga introducción rítmica a base de percusión acalló los ánimos exaltados por la bebida y la música. Fue cuando el resto de instrumentos debiera entrar en el compás preciso que una bailarina salió al entarimado. Siguiendo los dibujos sonoros que los instrumentos de cuerda y viento diseñaban, su cuerpo, de esplendorosas formas, se balanceaba con movimientos serpenteantes de brazos, cintura y torso a la par que sus pies y piernas se afanaban en rítmicos pasos ligeros como cadenciosos.

Ataviada con un conjunto de prendas casi en su totalidad confeccionadas con tules de sensual transparencia, excepto en las partes más pudorosas, su cuerpo semidesnudo, de una perfección casi insultante saltó de aquel escenario que ocupaban los atareados músicos. Al caer en su brinco sobre el suelo, los cascabeles atados a modo de esclava en sus tobillos atrajo nuevamente los bramidos y el éxtasis del aquel rudo público masculino. Sin dejar en ningún momento su carnal contoneo fue sorteando con su baile las manos y brazos que, en señal de súplica, intentaban un roce de su piel o de su cabello que aplacara la libido que se les desataba sin decoro ni remisión.

En eso que la grácil y joven danzarina, con pasos rítmicos, vino, petulante, hasta donde me encontraba sentado con mi servil compañero. Sin dejar sus movimientos sinuosos como sugerentes hizo una corta pausa en la itinerante representación de su arte frente a nuestra mesa. Aunque de espaldas a nosotros el brillo de su cabello ondulado como negro e impenetrable hizo que por un instante evocara la tímida muchacha que horas antes habíamos dejado atrás en nuestra corta visita de escala que, pronto, habría de concluir con la inminente partida hacia otros rumbos. En eso que, en una voltereta lenta, incitante como provocativa por las oscilaciones de su cuerpo, queda ante mi vista su rostro de doncella, dueña de tantas lascivias contenidas en aquel momento. Dos ojos me traspasan con mirada acusadora. Dos ojos no son suficientes para que acapare el deleite y complacencia que se me brindaba por una última vez. Dos ojos que me miran y transmiten última despedida muda pero significativa. En aquel momento supe, vislumbré, que mi paso por aquellas tierras quedaría en el recuerdo de dos personas, de dos corazones que guardarían en su más profundo, no sin cierto desconsuelo, un amor que pudo ser y se evaporó por la lejanía de los mares en la distancia del tiempo.

A la mañana siguiente nuestra embarcación despidió aquellas tierras míticas, de culturas que se adentran en los anales de la historia, con un último golpe de vapor sonoro. El Sol despertaba, la Luna, oculta durante toda la noche por las inclemencias, miraba con ojos tristes y compasivos antes de desfondarse por un horizonte impreciso e indulgente.


Rafael Martín (Palma de Mallorca, 12-02-2010)


jueves, 31 de diciembre de 2009

UN CUENTO DE NAVIDAD CONJUNTO: "LA ILUSIÓN DE LUCÍA"



Fue una idea, de esas que a veces se me ocurre. Quería escribir un cuento de Navidad y al empezarlo pensé que estaría genial escribirlo con todos vosotros. Pero con todos ha sido imposible, sobre todo por falta de tiempo.

Nota: Para el próximo año lo planificaré con mucha más antelación ja ja ja ja ja ja.

Aún así, la experiencia de haber compartido esto con muchos de mis queridos amigos ha sido un placer.

Mi queridos Anabel,Milagros, Eurice, Gara, Sandra, Silvia, Cornelis, Adolfo Payés y todos los demás que me dejo en el tintero y que sois muchos, queda pendiente el que algún día escribamos algo juntos ¿vale?.

Y a los que habeis escrito, joder, y perdonar la expresión que se que es Navidad y no debería decir tacos, QUE OS LO AGRADEZCO DE TODO CORAZON:
YARDAN , CHARO, ANA, YAIZA, ARWEN,MANOLO JIMENEZ, JUAN, RAFA, SENSACIONES, HARGOS, LUNA, MARIA, ADELFA MARTIN, PACO ALONSO, NEL, MARI, REY SAGRADO, SIAB-MINIPRINCESAAZUL, NOE, CALAVERA Y DIABLITO.

REALMENTE ESTE CUENTO LO HABEIS ESCRITO VOSOTROS. Para mi desde luego será un recuerdo.

Y ya no digo nada más, simplemente desearos lo mejor para el año que se avecina. Que todos vuestros sueños y deseos se hagan realidad. Y nos vemos en Blogger, que lo sepais.

CUENTO DE NAVIDAD CONJUNTO: "LA ILUSIÓN DE LUCÍA"

Caía la noche y la pequeña Lucía apoyaba su carita contra la ventana para perder su mirada en las luces de las guirnaldas que adornaban la calle. Pronto sería Navidad y en sus sueños, papá regresaba a tiempo para cenar como una familia de verdad. Eran pocas las Navidades que podían estar juntos, los tiempos eran difíciles y las necesidades imperiosas, pero aquellas luces brillantes de colores la hacían creer que todo era posible.

De pronto comenzó a nevar, lo que era extraño porque en su ciudad nunca lo hacía. Siempre había visto en la televisión esos paisajes blancos donde los niños jugaban con sus trineos y hacían muñecos de nieve con una zanahoria por nariz. Se sintió feliz, tal vez aquellas imágenes tan lejanas podrían hacerse realidad. Por la mañana todo estaría cubierto de aquel manto inmaculado. Sería la mejor Navidad que recordaba de su corta vida.

Hacía mucho tiempo que soñaba con la nieve, y al comenzar a caer esos copos diminutos, que ella pensaba que eran de algodón, abrió la ventana y quiso tocarlos. En ese momento comprobó que, al calor de sus manitas, los copos se convertían en agua, limpia y fría, pero agua al fin y al cabo. Le sorprendió su suavidad, y aunque no fueran algodón, su tacto le encantó. Alzó su vista al cielo, para después cerrar los ojos y pedir ese deseo que tanto ansiaba. Alguien, hace mucho tiempo le dijo que el día que nevara en su ciudad podría pedir un deseo, y que la nieve se encargaría de cumplirlo.



Había llegado el momento, Lucía cerró sus preciosos ojos azules, y sintió como el corazón se salía de su caja, solamente de visualizar ese gran deseo, ese deseo que llevaba pidiendo mucho tiempo, y que casi nunca se cumplía. Recordó aquella Navidad cuando mamá y papá discutieron por algo que nunca llegó a comprender, pero desde ese día sus Navidades fueron muy distintas, ya no existía esa alegría, y papá se pasaba mucho tiempo fuera. Alguna vez había visto llorar a su mamá hablando por teléfono. Deseó con todas sus fuerzas verlos unidos, volver a ser esa familia feliz que tiempo atrás habían sido.

Tan fuerte fue su deseo de Navidad, que fue escuchado por la gran Dama Blanca que desde los confines del eterno tiempo escuchaba los deseos de los mortales. Le sorprendió ver el alma tan pura de la pequeña Lucia, que no pedía nada para ella, solo quería que su papa y su mama volvieran a encontrar el camino de su amor perdido, por ello por su bello corazón, la bondadosa Dama blanca decidió concederle su deseo, pero antes debería pasar una dura prueba.

La Navidad era la fiesta de la solidaridad y el compromiso con los demás, Lucía había pedido un deseo que era precioso pero había olvidado, sin darse cuenta, a todos para los que la nieve era frío, buscar un techo, algo de comida caliente... era preciso que recordará que el Amor es para con todos, especialmente para con los que menos tienen.

¿Cómo hacérselo comprender sin dañar tanta inocencia? Para ello la gran dama intento explicarle de la forma más sencilla, como podría conseguir ese Amor para todos los que lo necesitaran, y le dijo: “mira Lucia cuando vayas por la calle con tus amigos y veas a una persona ciega que quiere cruzar la calle, cógela de la mano y se sus ojos para ella, cuando veas a una persona mayor que lleva peso en sus manos, ayúdala liberándola de ese peso que lastima sus brazos y espalda, con todo esto conseguirás que su corazón y el tuyo latan de una forma muy especial y ambos sentiréis lo que es el amor en vuestros corazones”.

Así pues la pequeña Lucía salió a la mañana siguiente dispuesta a sentir en su compasivo y limpio corazón la señal de aquello que los mayores denominaban amor, desinteresado amor, aunque no sin cierta inquietud y desasosiego.

Ya vestida con su abrigo bien abotonado, su bufanda anudada al cuello, y sus pies bien enfundados en gruesos calcetines bajo las botas, abrió la puerta de la casa. Una ráfaga traicionera quiso impedirle con gélidos motivos la expedición que se proponía. Encogida y algo más desorientada que en los días anteriores, en que la nieve solo era un sueño, una quimera imposible de estampa navideña, enfiló sus pasos por las calles solitarias en busca del ser desvalido, necesitado de su pronto cuidado, aquel que habría de facilitarle, una vez consumado el buen gesto, la obtención del deseo que en su más intimo seguía anhelando con toda sus ansias y fervor.

Pero no había contado la pequeña Lucía que con la llegada de la nieve también el frió había hecho presencia con más furor y rabia de lo que era costumbre en su pequeña ciudad. Tras deambular por las principales calles seguía sin encontrar alguien que necesitara de sus favores, de su cariño y disposición. En verdad, tras más de media hora rondando de aquí para allá solo encontraba calles vacías y los pocos viandantes que se le cruzaba iban con prisas, deseando regresar nuevamente al calor del hogar.

El frío se había hecho intenso, duro y consistente, y Lucía empezó a no sentir sus pies y su cuerpo comenzó a temblar. Continuó caminando lentamente, apenas le quedaban fuerzas. Así que decidió regresar a casa antes de acabar congelada. En el camino de regreso, cuando sus esperanzas parecían esfumarse, divisó a lo lejos algo oscuro entre el manto blanco. Parecía un bolso o una maleta, se acercó y comprobó que era una manta gruesa de color burdeos y se sorprendió, casi se asustó, al percibir movimiento. Se inclinó para cogerla y al levantar su mano observó a un gatito tiritando. Lucía se emocionó al ver que el pobre gatito tenía tanto frío como ella y lo envolvió en la manta, se lo puso entre sus brazos y como pudo continuó caminando hacia su casa.


Cuando llegó, inmediatamente colocó al gatito justo al lado de la chimenea, con una mantita limpia y le acercó un tazón con leche. Se sentó a su lado y no se separó ni un instante del gatito y lo mimó muchísimo, acariciándole a cada momento, y hablándole dulcemente. Su madre le preguntó qué dónde lo había encontrado, que posiblemente sería de alguien y tendrían que devolverlo. Lucía se echó a llorar porque quería quedárselo, pero en seguida comprendió que su madre tenía razón y que si en algún hogar había un niño que había perdido su gatito estaría triste.

Pero de momento lo tendría, mientras el viento soplara con su aliento frio, ella lo tendría. Se abrazo a él, dándole el calor de su pequeño cuerpo, se recostó a su lado, mientras sus pequeños ojos azules, buscaban luces de colores entre las llamas de la chimenea. Su dama blanca estaba en ellas, mostrando una bella sonrisa. Bien hecho pequeña, todos necesitamos el calor de unas manos.

Al día siguiente Lucia salió de su casa dispuesta a encontrar al niño que había perdido a su gatito; triste porque le había cogido mucho cariño, pero sabiendo que lo tenía que devolver porque su dueño seguro que estaría más triste que ella, y buscando, encontró en la calle a un niño llorando y Lucia intuyó enseguida que aquel era su dueño. Mostrándole el gatito rápidamente el niño lo cogió en sus brazos y dejando de llorar le dio las gracias de corazón.

Contenta por tener dos nuevos amigos Lucia se despidió de ellos y siguió buscando lo que le había dicho la gran Dama blanca, alguien desvalido, para poder ayudar y conseguir su deseo. Llena de ilusión así lo hizo con la esperanza de que sus padres volvieran a estar juntos.

Ahora se sentía más segura, si había conseguido devolver al niño su gatito perdido podría ayudar a más personas y así la Dama Blanca le concedería su gran deseo.



Hacía un intenso frio pero ella iba con la esperanza de que habría alguien que necesitara de su ayuda. En un asiento del parque se encontró cartones amontonados y pudo comprobar que había alguien dentro. Sintiendo una gran pena y tristeza porque no tuviera un hogar y alguien que le brindara cariño y una taza de chocolate caliente, se acercó despacio y le preguntó si se encontraba bien y necesitaba algo.
De entre tanto cartón asomó una señora con la piel arrugada, sorprendida de que una niña estuviera preguntándole a ella, cuando todas las personas adultas no se dignaban ni tan siquiera a mirarla.

“¿Qué me puedes ofrecer dulce niña?”, le dijo aquella señora, y lucía con una gran sonrisa le respondió “Mi casa, un plato de comida caliente y ropa que seguro que mi mamá tendrá para Usted para abrigarla de este frío”.

Sorprendida, la anciana la miró de nuevo comprobando que lo que aquella niña decía salía de su corazón, y se alegró de encontrar un alma limpia, sincera, capaz de solidarizarse con personas que lo habían perdido todo.

“¿Pero tu mama me dejará entrar contigo?,” Preguntó la anciana y Lucía le respondió que no lo dudara tendiéndole su mano.

La pobre mujer, ante esa petición, se levantó y tomo aquella cálida mano y juntas se encaminaron a su casa. Al llegar y abrir la puerta, su madre se sorprendió, y Lucía le explicó porque la había invitado. Mirando a la anciana no pudo negarle el auxilio y más cuando su hija le estaba enseñando a ser solidaria “si su padre viera que grandes sentimientos tiene su hija…” pensó la madre.

Preguntándole a aquella mujer si no tenía ninguna familia y al ver que su respuesta era que no tenía nadie en el mundo, sintió que tenía que abrir esa puerta y dejarla entrar.

Lucía enseguida invitó a la anciana a sentarse delante de la chimenea mientras que ella y su madre se encaminaron a la cocina. Y en la espera, la anciana se quedo agradeciendo a Dios haber encontrado dos almas tan iguales que le estaba brindando un poco de calor.

Mientras que su madre calentaba un poco de sopa, Lucia cortó un trozo de queso y pan y al llevárselo la anciana comenzó a llorar y a darle gracias por el gesto. Con el tazón de sopa en sus manos bendijo a la madre por tener un ángel en su casa, y la madre de Lucía al oírla se conmovió pensando que aquella anciana debía haber sufrido mucho en la vida. Intentando no llorar se dirigió a su habitación para ofrecerle un baño caliente y ropa limpia para que se sintiera mejor.

La anciana por un momento pareció resistirse y Lucia empezó a sonreír diciéndole que a ella tampoco le gustaba mucho bañarse en días de frió. Y aquella mujer se rió. Hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Cuando por fin se reunió con lucía, la niña la abrazó y le preguntó cómo se llamaba. “Me llamo Irene, ¿Y tú cómo te llamas?” le dijo la anciana.
“Lucía” le respondió la niña, un nombre que le gustaba mucho a mi abuelita paterna que falleció antes de yo nacer. Mi mamá se llama Ana y mi papa Gustavo. Nuestro apellido es Robles”

La anciana se puso seria primero, luego pálida, y lágrimas incontrolables rodaron por sus mejllas “Dios mío .¡gracias!, he encontrado a mi familia”.

Ana, al escuchar aquel grito, llegó rápidamente donde ellas se encontraban preguntando qué sucedía, y lucía emocionada se dirigió a su madre “mamá, mamá, que la señora dice que ha encontrado a su familia”

“Gracias al cielo he podido volver a casa. Ana yo soy Irene, la madre de Gustavo”.
Y sin mediar palabra Ana, al escucharla, corrió a los brazos de aquella mujer, entre sollozos, mientras le decía lo mucho que habían sufrido desde el día en que se fue de su casa, al poco de conocerla Gustavo a ella y dejarla embarazada y de cómo su marido le había culpado a ella de que no viviera con ellos, y de cómo sus discusiones eran diarias.

Irene, calmándola, trató de explicarla que al enterarse de que su hijo le había dejado embarazada, sabiendo que quería que se fuera a vivir con ellos, pensó que sería una carga y por eso se fue pensando que saldría adelante y que cuando lo lograra se pondría en contacto con ellos.
Lucía, empezando a comprender lo que estaba escuchando, le preguntó a la anciana “¿Entonces tú eres mi abuelita?”

“Sí hija mía yo soy tu abuela. Cuántas veces he pedido al cielo encontrarme con todos vosotros y al fin me ha escuchado”.

A la pequeña se le iluminó la cara y abrazó, de nuevo, con gran alegría a aquella mujer que había encontrado en la calle y que resultaba ser su abuela, a la que creía fallecida, pero la madre de Lucía no podía dejar de sollozar.

“¿Por qué lloras, hija mía? Al fin vuelve a estar la familia unida” dijo, preocupada, Irene.

“Porque no quiero ni pensar en todo lo que habrás tenido que sufrir durante todos estos años” contestó Ana. “¿Por qué no viniste antes? Aquí siempre has tenido las puertas abiertas, nos temíamos lo peor…”.


“Ciertamente no lo he pasado bien” contestó, pensativa, la anciana. “Verás, cuando marché tenía suficientes ahorros para intentar empezar una nueva vida y pensaba volver a ponerme en contacto con vosotros en cuanto pudiera valerme por mí misma… Cogí todo lo que me quedaba y marché en el tren, pero al llegar a mi destino unos vándalos me robaron todo lo que poseía, con lo que me quedé tirada en la calle, sin nada.”

“Vagué por aquella ciudad viviendo de limosnas y cada día veía más lejana la posibilidad de volver, a pesar de que lo deseaba más que nada en el mundo. No quería ser una carga para nadie ni que vierais lo bajo que había caído. Así fueron pasando los años y mi corazón se fue llenando de tristeza.”

“Pero hace unas pocas noches, en la primera nevada que había presenciado en mi ya larga vida, mirando las guirnaldas que adornaban la calle, sentí por primera vez en mucho tiempo un poco de calor en mi corazón y el deseo de regresar a mi ciudad se adueñó de todo mi ser. Tenía el dinero justo para el billete de tren, así que a la mañana siguiente me subí a él y emprendí el viaje de regreso a la ciudad adonde anteriormente había sido tan feliz, con la esperanza de volver a encontraros.”

“Pues Irene, estoy muy feliz de haberte reencontrado”, respondió Ana, aunque esta Felicidad no puede ser plena, pues Gustavo no está en esta casa”.

Sintiendo el amor en la voz de Ana, no lo dudó y pidiéndole el número de teléfono de su hijo le rogo que le dejara hablar a solas con él. No quería que ni ella ni Lucía se enteraran de lo que quería hablarle, porque Intuía que una buena parte de culpa del huir de Gustavo había sido por la desilusión de no tener presente a su madre en la nueva y maravillosa vida que habían decidido tener tras quedarse Ana embarazada…

Irene pulsó la tecla de llamada. Un tono, dos tonos, tres… cuatro… cinco… hasta que la voz de su hijo se hizo presente.

“¿Qué quieres esta vez, Ana?” fue la respuesta que escuchó la anciana llenándole de una gran emoción pues hacía mucho que le hubiera gustado hablar con su hijo.

“ No, te equivocas, Gustavo, hijo mío, soy tu madre” respondió Irene con la voz casi quebrada.

Se hizo un silencio sólo roto por el latido de sus corazones.

“¿Eres tú realmente, madre? ¿Cómo es posible?” preguntó Gustavo.

“Sí, soy tu madre y necesito hablar contigo para decirte, Gustavo, que dentro de poco estaremos todos reunidos de nuevo. Lo sé”.

“Madre, tengo tantas cosas que preguntarte, que decirte, quiero verte…”

“Y nos veremos, hijo mío, mañana, por la tarde en la plaza donde te llevaba a jugar de pequeño el día de noche buena ¿lo recuerdas?.

"Claro que sí madre, y allí estaré. ¡Dios, no puedo creerme que esté hablando contigo!"

"Pues esta soy yo, y no es un Sueño, hijo mío".

"Está bien, madre. ¡¡Allí nos vemos!!".

Irene, tras colgar el teléfono, salió de la habitación. Madre e hija le vieron un brillo muy especial en los ojos y una fuerte determinación…

“¿Qué te ha dicho?” preguntaron ambas a la vez, e Irene, con una sonrisa les respondió “Mañana por la noche, él mismo os contestará a esa pregunta”.

La noche se llenó de emoción y a Lucía le costó dormirse. Habían pasado tantas cosas ese día... Pero al final el sueño la venció y la mañana llegó rapida. Al despertarse fue corriendo a la cocina y allí se encontro con su madre y su abuela que charlaban mientras preparaban el desayuno. Al contemplarlas se sintió feliz.

Durante casi todo el día charlaron las tres tratando de resumir aquellos años de ausencia. Y hubo lágrimas y hubo risas, y la tarde también llegó rapidamente.

Casí habían olvidado que era el día de nochebuena y mientras Irene se preparaba para salir a encontrarse con su hijo, Lucía y su madre, sin saber lo que iba a pasar, comenzaron a preparar juntas todas las viandas que servirían en su mesa.

Cuando Lucía vió que su abuelita iba a salir a la calle, sintió miedo al pensar que a lo mejor no volvería, pero Irene la calmó "En un ratito volveré, mi querida niña y celebraremos esta noche".

Nunca un camino se le hizo tan largo para Irene. Quizás sí, el camino que recorrió el día que se separó de su hijo. Pero por fin llegaba a aquel parque y cerca de un banco reconoció a su hijo, y él a ella. Antes de poder decir nada, Gustavo corrió hacia ella para abrazarla, sintiendo como sus lagrimas mojaban su cara ¿o eran las de ella?.

Cuando por fin ambos se calmaron, hablaron largamente de todo lo sucedido, de por qué Irene se fue y lo que después ocurrió. Y hubo un tiempo para el perdon por la ausencia, en el que Gustavo sólo podía sentirse dichoso por haberla encontrado, y de qué forma tan extraordinaria. Y hubo un tiempo para la reflexión por entender cómo podría sentirse su hija con su propia ausencia"

"Tienes una familia Gustavo que te quiere, una mujer enamorada y una hija adorable. El motivo que os separaba ya no existe y tienes que volver porque ellas te esperan, siempre te han esperado", le dijo su madre. "Hoy he sentido cómo duele perder los momentos con quién de verdad se ama, y no quiero que a vosotros os pase lo mismo, pues veo tanto amor..."

Gustavo escuchó cada una de esas palabras y presa del temor de que a lo mejor fuera tarde para recuperar lo que había perdido, corrió hacia su casa. Al llegar frente a la puerta tocó el timbre y espero a que le abrieran y al ver que nadie lo hacía, decidió usar su llave. Mientras abría esa puerta el corazón se le revolcó de nervios y angustia al no saber dónde podría estar su familia.

Entró, recorrió la casa y en cada rincón sintió lo mucho que amaba a su mujer y lo que, con desesperación y locura, sentía por su hija. En el salón, tomó una foto que estaba colgada en la pared y no pudo contener las lágrimas mientras cerraba los ojos y pensaba que estúpidos habían sido sus pensamientos, el temor de perder lo que más amaba, primero, su madre, y ahora, quizás su propia familia. Y abrazó fuertemente esa foto de su hija contra su pecho, rompiendo el cristal que la cubría, al tiempo que la pequeña Lucía y su Madre aparecían en el salón llevando unas bandejas con dulces de navidad.

“Papá” Gritó Lucía, soltando la bandeja que cayó al suelo y corriendo para abrazarlo.

Mientras sostenía a su hija, Gustavo giro su cara para contemplar el rostro de su mujer. “Perdonadme las dos, he sido un estúpido al no darme cuenta de que estaba perdiendo lo que más amo en esta vida, simplemente por no querer perderlo y separándome más y más de vosotras”.

Ana simplemente corrió a abrazarlo al tiempo que le decía “Gustavo ésta es tu casa, ésta es tu familia, y nunca te vamos a dejar amor”.

Mientras le besaba en la frente sonó la puerta y Lucía corrió abrir sabiendo que la que llamaba era su abuela.“Abuela, Abuela, papá ha regresado a casa, ven rápido para que lo vea con tus propios ojos”.



Antes de empezar a cenar Lucía contempló a su familia. Por fin estaban todos juntos. Quizás era pequeña para entender algunas cosas pero no para sentir que, sin darse cuenta, había encontrado el espíritu de mi navidad, de vuestra navidad. En definitiva, como la dama blanca dijo, el espíritu de la navidad de todos y cada uno de nosotros, el que alberga luces de colores y estampas navideñas de otras épocas y que habita en nuestros corazones.

Entonces oyó música y voces. Asomada a la ventana vio a un grupo de niños que cantaban villancicos y llamó a su familia, y sintiéndoles a todos tan cerca de ella dio gracias por aquella navidad.

Al despertar a la mañana siguiente su habitación se encontraba llena de luz, y al mirar a la calle vió como el sol brillaba con más intensidad que nunca reflejándose y multiplicándose en las aceras cuajadas de nieve. Un año más, como desde antaño, se alzaba el Sol invicto...Y con él la esperanza de millones de personas celebrandolo.