
He sido testigo de como, momentos antes del amanecer, el cielo oscuro se rasga con este color.
He viajado en noches opacas y llenas de confusión, pero al final siempre he acabado envolviéndome en el misterio, antes de que se hiciera la luz.
A veces, evadiéndome de mis miedos y mis obsesiones, encuentro instantes que burlan al tiempo con una quimera de ensueño. Mis ojos aún están despiertos y es difícil no dejarse llevar, pero mi espíritu sereno se resiste.
Entonces, me entrego a la meditación buscando el equilibrio entre el calor del rojo y el frío azul, entre el sol y la luna, entre el día y la noche, y sin embargo el enigma me sigue atrayendo.
Acepto que el lugar de mi espíritu se encuentra a medio camino, en una tierra aún no descubierta.
Como un personaje arcano, pago la penitencia por vivir encerrada en un jeroglífico y aunque trato de pasar inadvertida, el matiz de los ojos que esconde mi búsqueda me delata.
Nunca contemplé un campo de violetas húmedas, pero mis pupilas siempre soñaron con poder descubrir esa belleza.
Mientras deliro con ello, adorno mi retiro con pequeños tiestos de una sola flor, rechazando cualquier plegaria.
Quizás, nadie se percató de la delicadeza de su sentir, de su compasión. Violetas húmedas, que ya forman parte de mí y de mi nostalgia.
He alcanzado la verdad en esos instantes, olvidándome de lo vivido, indultando las palabras que no sentí en el pasado. Sí, he conseguido perdonar quién fui, quién soy, y ahora busco un ideal para alcanzar más conocimiento. No temo la eternidad.
Hay momentos en los que soy como una bruma fría e inquieta que se extiende, no dejando ver a través de ella, y otros en los que un legado de ausencia vuelve a mi memoria de una forma nítida, sin saber muy bien por qué.
Nunca terminé su preámbulo…
“Había transcurrido algo menos de un año desde que por primera vez atravesó aquel jardín y, ahora, al hacerlo de nuevo, era su corazón el que flaqueaba recordando sus latidos rotos ante la tumba de Esther unos minutos antes.
Aquella mañana el tren había llegado puntual a la estación, aunque Julián hubiera perdonado su retraso para no enfrentar el dolor que golpeaba sus recuerdos, esperanzas y la eterna mirada de ella.
Sin demora, al llegar, acudió al pequeño cementerio donde se sorprendió en el silencio regalado por personas que él conocía, pero que en ese momento quedaban desdibujadas porque ella ya no estaba, y ninguno había rozado tan siquiera su mano.
Al acercarse aún más, vio a sus padres, y se situó a su lado, compartiendo el dolor. El padre de Esther, al verle, apretó el brazo derecho de Julián, marcando aún más la señal de luto, y terminada la ceremonia, antes de que comenzara el reparto del pésame, se dirigió a él y le rogó que acudiera a su casa por la tarde para hacerle entrega de algo que su hija había dejado para él, quizás su última voluntad.
Al atravesar la puerta el aroma de las violetas le acogió en el último recibimiento, y en el pequeño salón el padre le entregó aquel diario.
Era Esther”














